sábado, 24 de abril de 2010

HOMILIA DEL DOM 4 DE PASCUA - Ciclo C

P. Adelino Dos Santos

“Que el rebaño en su fragilidad alcance la fuente donde proviene la fuerza de su Pastor”.

La liturgia de hoy continúa los temas de la semana pasada en muchos sentidos y al igual que la semana pasada tenemos muchos símbolos, pero de todos no podemos dejar de hablar del tema principal que es Jesús el Buen Pastor. Vamos a pensar este tema desde dos aspectos como dos caras de la misma moneda.
El evangelio comienza con la clave para que entendamos todo el contexto de la liturgia: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen…” Desde aquí podemos hablar de muchos temas, pero antes es conveniente pensar que la idea de pastor de rebaño que tienen los de la época de Jesús no es la misma idea que tenemos nosotros hoy. Jesús adopta siempre un lenguaje comprensible, de la actualidad y de la vivencia del pueblo, por eso ante Pilato él dice: “yo he hablado abiertamente”. Eso no significa apenas que habló en público sino también que habló desde lo que todos ya conocían, resignificando cada cosa, cada sentido, cada gesto.
El pastor se iba al campo y pasaba todo el día con sus ovejas y pasaba toda la noche vigilándolas. En esta jornada le iba hablando para que cada oveja se acostumbrara con su voz, les daba nombre y las conocían por su nombre, cantaba a las ovejas, el silbido significaba mucho para las ovejas porque sabían lo que tenían que hacer. Cuando se tenían que cambiar de pasto bastaba un silbido y el pastor salía adelante y sus ovejas atrás… podemos pensar que el pastor iba hablando, cantando o silbando para que las ovejas supieran donde está su pastor. En otras palabras el pastor “perdía el tiempo con sus ovejas”, las conocían, les daba atención y cuidado. Las protegía de lobos o de ladrones.
En este sentido, nosotros los pastores del rebaño del Señor tenemos que hacer un profundo examen de conciencia.
Jesús como el Buen Pastor es el que ha vencido la tentación de estar en un gran puesto para estar con sus ovejas, hablándoles y dedicando su tiempo para que ninguna de ellas se perdiera. En el mismo evangelio de San Juan capítulo 17, Él hará esta oración: “Cuando yo estaba con ellos en este mundo, los cuidaba y protegía con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado. Y ninguno de ellos se perdió, sino el que ya estaba perdido…”(vers. 12). Hay un misterio, un don que Jesús nos regala que es LA VIDA ETERNA y esta vida es fruto de la unidad de Cristo con el Padre. Tal unidad nos conduce a la fuente del agua de la vida (segunda lectura), que es Dios mismo. En este sentido, Jesús como Pastor tiene la misión de conducirnos a la contemplación del Padre y nos da una vida que nadie nos puede quitar porque Él es uno con el Padre.
El otro lado de la moneda nos toca a nosotros como rebaño de Cristo y volvemos al principio del Evangelio: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen…” Sabemos nosotros que Jesús ha dado su vida por nosotros sus ovejas, que nos ha salvado, nos ha dado vida eterna. Pero tenemos que pensar nosotros como ovejas qué voz escuchamos hoy, qué pastor tenemos, qué caminos seguimos. Somos llamados, hoy, a seguir al Cordero por donde él vaya, solidarios con él en la muerte y en la vida, entonces participaremos de la vida de la cual él mismo vive, la vida de Dios. Debemos dejarnos guiar por un pastor que da su vida por nosotros. Podemos pensar en los numerosos líderes de ideologías filosóficas, políticas, culturales… ¿cuál o cuáles de ellos daría la vida por usted?
Hoy tenemos un Pastor que es el sucesor de Cristo, que conduce su Iglesia y nos revela al Padre. Escuchémoslo, oigamos su voz y recemos por él para que permanezca fiel al proyecto del Padre. No nos olvidemos de pedir por nuestros sacerdotes, son nuestros pastores en cada comunidad. Si sus comunidades parroquiales no rezan por ellos, ¿quién lo hará?

MISIÓN LAICAL EN EL DA


Vocación de los discípulos misioneros.

Haciendo referencia al Documento de Aparecida (DA), cap. IV (129-153). Mons. Eichhorn llamó a tomar conciencia de la "vocación bautismal". Invitó a recomenzar desde Cristo, es decir, vivir la experiencia de Jesús. “La vida es un tema fundamental en el documento de Aparecida.” La Vida se obtiene a través del encuentro con Jesús porque ese encuentro es lo que dará verdadero sentido a toda nuestra vida. Aparecida hace hincapié en el encuentro con Jesucristo , como punto de partida esencial e ineludible.
El bautismo es el nacimiento a una vida de hijos, allí recibimos el don del Espíritu. Por gracia, somos hijos de Dios, familiares íntimos de Jesús. (Cf. Jn.15; Mt.23; Jn.1, 12-13).

La clave de la vocación de todo discípulo de Jesús, es el Bautismo. Y la respuesta a dicha vocación es un don que el mismo Dios da, que es la fe, el decir, “creo”.

“Hoy en día se necesitan hombres que sepan plantarse ante la vida y hacer su profesión de fe” , señaló Monseñor, aclarando que “el llamado a una vida de fe es un llamado a compartir la vida y la misión de Jesús. Entonces, estamos llamados a anunciar el Reino, porque el Señor nos eligió para ser discípulos y nos envía a ser instrumentos, fermentos de comunión, de paz, de unidad, de amor. Es la tarea que tenemos”.

Animados por el Espíritu Santo (DA 149 sigs.)

El Bautismo y la Confirmación, que lo completa, dan el don del Espíritu Santo . El Espíritu es el que da la Vida y el que anima. Esto se expresa en dones y frutos, carismas y oficios. El Espíritu forja misioneros , señalando lugares y agentes. La Iglesia continúa la obra de Jesús.

“Debemos, pues , dejarnos guiar por el Espíritu Santo , haciendo propia la pasión por el Padre y el Reino, anunciando la Buena Nueva a los pobres, curando a los enfermos, consolando a los tristes, liberando a los cautivos y anunciando a todos el año de gracia del Señor” (157).

"En virtud del Bautismo y la Confirmación, somos llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo y entramos a la comunión trinitaria en la Iglesia, la cual tiene su cumbre en la Eucaristía, que es principio y proyecto de misión del cristiano. Así, pues, la Santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y fin de toda la vida sacramental" (153).
Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús, luz del mundo.

En DA 209 al 215 se describe al laico en la Iglesia, su vocación y misión como discípulo-misionero.

"Los fieles laicos son 'los cristianos que están incorporados a Cristo por el Bautismo, que forman el Pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo'. Son 'hombres de la Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia'" (209).

La misión del laico:

En el mundo:

“Con su testimonio y su actividad, contribuyen a la transformación de las realidades y a la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio..."Hacen creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta" (210).

Todo esto en ámbitos propios: la política, la realidad social y económica, la cultura, las ciencias y artes, los medios de comunicación, la vida internacional, y especialmente las realidades del amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento.

En la Iglesia:

Los laicos están llamados a participar en la acción pastoral con el testimonio de su vida y con acciones (evangelización, liturgia, diversos apostolados), bajo la guía de los Pastores. Los Pastores deben abrir espacios de participación, confiarles ministerios y responsabilidades (en especial, se anima a los catequistas, delegados de la Palabra, animadores de comunidades).
“Para esto se necesita una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual, y un adecuado acompañamiento. Es mi preocupación, la formación de los laicos” , remarcó con mucha fuerza el Sr. Obispo.
El DA dedica un denso y riquísimo capítulo a la formación del discípulo misionero. Precisamente, de lo que se trata es de formar un cristiano, un discípulo misionero. Es, por tanto, una tarea catequística más que académica, un profundizar en la experiencia y la vida de fe que en un profundizar racionalmente conceptos teológicos.
Aparecida describe el proceso de formación, desde un método netamente evangélico: "Cristo nos da el método" (Cf. 276). Esto es necesario para todos los laicos de la Diócesis. Lo cual plantea el interrogante: ¿Cómo hacer para que todos tengan la posibilidad y la oportunidad de contar con espacios formativos integrales? Es un tema que aún no tenemos resuelto”, compartió, invitando a ser creativos para encontrar las respuestas.

Hoy, la Iglesia en Latinoamérica quiere ponerse en estado de misión , y los laicos deben ser parte activa y creativa en la elaboración y ejercicio de proyectos pastorales. Se debe profundizar en el SER y HACER. “La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es un solo y único movimiento” (215).

viernes, 23 de abril de 2010

EL LAICO MISIONERO, UNA APROXIMACIÓN TEOLÓGICA (Parte 3)


EL MULTIFORME COMPROMISO MISIONERO DE LOS LAICOS
"Cristianos laicos Iglesia en el mundo" es el título afortunado y expresivo publicado por los obispos españoles: los laicos son ante todo cristianos (bautiza­dos en y como Iglesia), son la Iglesia en el mundo, porque especialmente en ellos la Iglesia y la Alianza encuentran las realidades mundanas en las que los hombres realizan su vida y construyen su futuro. Ya hemos mencionado, dentro de esa lógica, el dinamismo y los ámbitos que dan dimensión universal al testimonio de su fe. Los laicos cristianos (los cristianos laicos) deben ser educados en estas perspectivas, para que descubran nuevas vías a su inserción eclesial y vivan permanentemente de la fuerza rejuvenecedora y de la alegría de la misión.

Los laicos profesionales deben generar asociaciones de carácter técnico o especializado para afrontar la evangelización en los "nuevos horizontes de la misión". Es un modo de vivir comunitariamente la propia vocación cristiana. De modo especial las iglesias locales deben estimular este tipo de agrupaciones, que responden a la dinámica eclesial, para hacerse presente a través de ellas en los nuevos horizontes de la misión. Se debe evaluar y apoyar lo que de "salida" y "éxodo" hay en compromisos semejantes, especialmente si tenemos en cuenta que en buena medida los nuevos mundos de nuestra civilización se apoyan sobre bases paganas (al margen por tanto del relato cristiano de la Alianza de Jesucristo).

Este tipo de asociaciones pueden servir también de cauce para envíos a otras zonas geográficas. De hecho este tipo de asociaciones es en la actualidad más abundante que las señaladas en el párrafo anterior. Estas asociaciones muestran otro modo, profundamente significativo, de la salida. Las comunidades eclesiales no deben ver tales iniciativas como algo distante sino como prolongación de la misma vida de la comunidad. Desde esta perspectiva las comunidades eclesiales pueden valorar también como servicio misionero la variedad de actividades que llevan adelante los laicos (cooperación, desarrollo, promoción, educación, pacificación...).

También en la vida cotidiana de la comunidad el laico debe conservar y cultivar su dimensión misionera. Debe hacer posible que la comunidad viva en estado de misión, como testimonio en su entorno, y con la mirada abierta a las ne­cesidades evangelizadoras del mundo entero. La información, la oración, el apoyo económico, los contactos personales, la escucha de los relatos misioneros de quienes los han protagonizado... han de formar parte del tejido cotidiano de la vida comunitaria. El bautismo y la inserción ec1esial deben mostrar su fecundidad en el entramado de la cotidianeidad ec1esial. De ello depende el optimismo y la juventud de cada una de nuestras iglesias. Por eso la animación misionera debe integrar estos nuevos planteamientos, pero tampoco ello será posible si los laicos no lo asumen como competencia propia.


CONCLUSIÓN
Tal vez algún lector pueda pensar que no hemos hablado suficientemente de los laicos misioneros, o que no lo hemos hecho de modo directo. Queremos recordar sin embargo que hemos insistido fundamentalmente en el hecho de que la Iglesia debe estructurarse desde el bautismo y de que todos los cristianos -cada uno en sus circunstancias- deben asumir su responsabilidad misionera. ¿No es ello hablar continuamente de los laicos misioneros y de que son ellos precisamente los que deben configurar el rostro de la Iglesia en el futuro?

También los laicos misioneros deben redescubrir permanentemente el ca­rácter cristiano de su compromiso, que no puede apoyarse más que en el bautismo. Ello no los aleja de los problemas del mundo, sino que los inserta, más profunda y responsablemente en ellos, especialmente si los contemplan desde la perspectiva de la Alianza.

Solidarios con los hombres y mujeres de su tiempo, actuando con ellos y a favor de ellos, pueden aportar una contribución peculiar: desde la Alianza de Dios en Jesucristo la historia adquiere un sentido nuevo porque en Jesús Resucitado se realiza la plenitud de lo humano y se anticipa la nue­va creación; cada ser humano adquiere así una dignidad insuperable: por ser hijo en el Hijo gracias al gozo del Espíritu adquiere nueva garantía la esperanza.

jueves, 22 de abril de 2010

II SEMINARIO DE FORMACIÓN PERMANENTE PARA CATEQUISTAS



La Parroquia San Antonio de Padua, con el apoyo de Junta de Catequesis Arquidiocesana, prepara el IISeminario de Formación Permanente para Catequistas.
Los días lunes 10, 17, 31 de mayo y el 07 de junio.
De 20:00hs a 22:00hs

PROGRAMA
10/05 - Sacramento de la Eucaristía
17/05 - Catequesis - Iglesia - Misión Continental
31/05 - Espiritualidad
07/06 - Catequesis y Palabra
- Celebración de clausura

Valor del Seminario $15,00

Inscripción: por E-mail:
par. antoniodepadua@hotmail.com
anasebalt@hotmail.com (coordinadora de Catequesis)
Inscripciones hasta el 07/05 - Después de la fecha en el lugar del encuentro.

Ubicación: Parroquia San Antonio de Padua - Villa Rosas
Sáenz Peña 2241 - Entrada de la Parroquia
Av. Gral Árias 2247 - Estacionamiento

Líneas de Colectivo:
500 y 502 - por Av. Arias
518 - por Nicolás Levalle y Tarapacá (a 4 cuadras de la parroquia)

EL LAICO MISIONERO, UNA APROXIMACIÓN TEOLÓGICA (Parte 2)


UNA IGLESIA QUE SALE AL ENCUENTRO DE LOS PUEBLOS CRUZANDO ORILLAS
Esta experiencia eclesial que se edifica para la evangelización no puede quedar reducida al propio ámbito comunitario. Ha de salir al encuentro del otro, de los otros, que se encuentran fuera . Vive de un dinamismo que se abre como una invitación para la acogida y para la transformación de los hombres, de las relaciones entre los pueblos, de la realidad en su conjunto. Así se fue haciendo la Iglesia en la historia.

En un primer momento el grupo inicial de seguidores de Jesús y de los con­vocados en la Pascua se encontraban en el cenáculo. Pero fueron empujados por el Espíritu a salir del cenáculo para afrontar los dramas de la historia y el enfrentamiento entre los pueblos. En ese paso trascendental consistió Pentecostés. La alianza de Abraham se hacía efectiva gracias a la Iglesia: frente a la división o separación de los pueblos, reflejada en el relato de Babel, el servicio al evan­gelio por parte de la Iglesia consistió en realizar la reconciliación entre los pueblos, convocados por el mismo anuncio y la misma experiencia.

La Iglesia sale del cenáculo sintiéndose misionera en cuanto reconstituía la unidad perdida o amenazada de la familia humana. Y a partir de ese momento la historia de la Iglesia iba a desarrollarse naciendo entre los diversos pueblos, como acto de reconciliación, unificando a hombres y mujeres de diversas razas al integrarlos en la misma Alianza de alcance universal.

Ese dinamismo iría encontrando modalidades multiformes a lo largo de los siglos en función de las circunstancias históricas. En un primer momento todos los bautizados (soldados, comerciantes, viajeros...) eran conscientes de la obligación que contraían. Algunos de un modo especial se consagraban enteramente al despliegue de la misión comunitaria. Pero todos se vivían como iglesia concreta en estado de misión en medio de un entorno pagano y con la mirada puesta más allá del propio ámbito comunitario. Y cada uno lo realizaba según sus posibilidades, en fidelidad al propio carisma. Aún en medio de las lógicas insuficiencias, el modo de vivir la propia fe llevaba consigo la obligación de un testimonio novedoso en medio del mundo no creyente.

Posteriormente esta conciencia compartida se manifestaría especialmente en las grandes encrucijadas históricas. Cuando pueblos desconocidos fueron penetrando en el marco del Imperio romano las distintas comunidades eclesiales, bajo el estímulo de los obispos, supieron acoger a aquellos pueblos desconocidos en el seno de la Iglesia (es de reseñar por ejemplo el papel activo asumido por las mujeres en su vida familiar y matrimonial).

Un esfuerzo insuperable se realizó en el momento de la ampliación de horizontes geográficos al inicio de la época moderna. En los navíos de los conquis­tadores se encontraban numerosos miembros de congregaciones religiosas. Pero su tarea hubiera sido menos eficaz sin el apoyo de capitanes, soldados, funcionarios, hombres de letras... Con todos los condicionamientos de la teología de que disponía y con todas las miserias de los intereses humanos y mundanos, lo que resulta significativo es que los protagonistas de aquella aventura consideraban que su presencia en aquellos lugares no podía prescindir de la presencia de la Iglesia y de la celebración de la fe. Incluso no fueron escasos los intentos de dar origen a modos de vida que respondieran al proyecto original del Dios de la creación. La misma denuncia profética de muchos misioneros vivía de la utopía del paraíso y del jubileo del Reino.

En todos estos ejemplos históricos se nos impone una pregunta que debe valer para nuestro presente: ¿quiénes está realmente presentes en esas encrucijadas históricas y sociales? Cada uno a su modo y con posibilidades distintas, limitado incluso por el horizonte cultural y teológico de la época, pero con la voluntad de responder a la Alianza. Hemos ido introduciendo alusiones a personas múltiples que se han sentido protagonistas desde su fe y desde su modo de estar en la Iglesia. Esa ha de ser clave y criterio para nuestro discernimiento actual.

EL TRAS TOCAMIENTO DE SITUACIONES: LAS ORILLAS DE NUESTRAS ENCRUCUADAS
Tantos esfuerzos evangelizadores, que pretendían integrar a nuevos grupos humanos en la Alianza de Dios en Jesucristo, fueron dando origen a numerosas misiones que, con el paso del tiempo, se fueron constituyendo y afirmando como iglesias locales, con todas las virtudes y defectos de una experiencia de novedad y de juventud. Este inmenso esfuerzo ha ido haciendo de la Iglesia de Jesucristo una Iglesia auténticamente mundial que se siente y se descubre como comunión de iglesias. Esta nueva experiencia encierra la mayor riqueza para avanzar en el tercer milenio de un mundo globalizado.

Conviene observar que todo este inmenso esfuerzo fue posible no sólo gracias a la tarea de clérigos o de extranjeros. Sin la responsabilidad de muchos bautizados, especialmente nativos, no hubiera cuajado la consolidación de igle­sias conscientes de sí mismas. Catequistas, responsables de comunidades, políticos, intelectuales, madres de familia, profesionales... hicieron que la Alianza de la nueva Pascua se hiciera presente en la mayor parte de las regiones y culturas de nuestro mundo.

Con la mirada puesta en el futuro se puede afirmar que la misión universal de la Iglesia (y la misión de Dios) no se realizará si los diversos miembros de la Iglesia no asumen su propia responsabilidad. Y ello lógicamente se ha de referir de modo especial a aquellos que se encuentran realizando su vocación cristiana en las actuales encrucijadas de la historia, en las autopistas por las que se mueven nuestros contemporáneos. Son esas encrucijadas y esas autopistas las que van señalando las orillas que hay que atravesar y las fronteras que hay que rebasar. Precisamente en un mundo globalizado y en una civilización unificada las orillas y las fronteras se multiplican, se diversifican y se hacen más complejas. Por eso es tarea fundamental de las diversas comunidades eclesiales el discernimiento que permita identificar los carismas presentes en su seno y para ofrecerles los cauces y el apoyo que sean necesarios. No puede bastar evidentemente que algunos se sientan llamados y que respondan con generosidad, es preciso que su compromiso sea vivido como proyección de toda la comunidad eclesial.

Durante mucho tiempo, como indicábamos, había dominado una concepción geográfica de la misión: los misioneros debían alejarse de su lugar de origen para acceder a territorios lejanos. En la actualidad la lejanía y la salida deben ser comprendidas en una perspectiva nueva: hay espacios de vacío soterio­lógico que deben ser evangelizados (la pobreza, la opresión, la soledad), hay espacios culturales en los que debe sembrar la semilla del evangelio (literatura, música, publicidad), hay espacios institucionales en que se debe introducir la presencia cristiana (la empresa, los organismos internacionales, las estructuras políticas), hay espacios sociales en los que hay que presentar el testimonio cristiano (los nuevos movimientos sociales), hay espacios de comunicación en que debe resonar el relato de la Alianza (el amplio mundo de los medios y de la red informática). ¿Quiénes están en esas fronteras o en esos areópagos para vivir como cristianos? El "heme aquf' de su fe tendrá espontáneamente una dimensión universal.

El novedoso mensaje de Juan Pablo II desde la "Redemptoris Missio" apunta en esta dirección. Trata de defender el sentido válido de la misión 'ad gentes' y de la universalidad de la misión de la Iglesia. Incluso mantiene la validez del criterio geográfico porque cuantitativamente el número de no cristianos ha crecido significativamente. Pero a la vez reconoce la fluidez de los criterios clásicos y el trastocamiento de situaciones. Por ello despliega ante los ojos de las iglesias locales y de los bautizados singulares la perspectiva de los nuevos modos y los nuevos horizontes de la misión. Especialmente se refiere a los "nuevos areópagos" y a las "fronteras de la historia": esos son los lugares y las encrucijadas por los que debe avanzar el dinamismo de la Alianza.

En estos lugares y espacios humanos pueden ciertamente actuar presbíteros y consagrados. Pero deben ser fundamentalmente los laicos quienes vivan en esos ámbitos seculares su vocación cristiana y su envío apostólico. Sobre todo la propia profesión debe ser vivida cristianamente en clave de misión. Pero además todos pueden promover una más eficaz presencia del evangelio a través de las mediaciones sociales y políticas.

Ante la magnitud del desafío se impone con más fuerza el juicio que enunciábamos anteriormente: sin el compromiso misionero de los laicos la misión universal y sin fronteras de la Iglesia quedará bloqueada porque no se desplegará en las encrucijadas y autopistas de la civilización del futuro. Por ello debe resonar en toda su fuerza profética la afirmación contundente de Juan Pablo II: la misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos.

miércoles, 21 de abril de 2010

EL LAICO MISIONERO, UNA APROXIMACIÓN TEOLÓGICA (Parte 1)


Eloy Bueno de la Fuente,
Doctor en Misionología y
Decano de la Facultad de Teología del Norte de España, Sede de Burgos

EL DINAMISMO DE LA MISIÓN UNIVERSAL DE UNA IGLESIA BAUTISMAL
El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transformación desde el criterio del sueño de Dios y de la consumación escatológica, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad de la que hemos venido hablando: tanto en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios.

La Iglesia, en cuanto vive consciente y lúcidamente su origen bautismal, hace presente en el mundo la novedad de la Alianza. Más aún: para eso ha sido convocada y para eso existe. Desde la fidelidad a esta vocación originaria debe valorar su modo de actuación y debe discernir la articulación de sus actividades. Es ese componente bautismal el que le recuerda, como llamada permanente a la conversión, que nunca puede estrechar o limitar sus pretensiones y sus aspiraciones. Es por ello comprensible que desde su origen sea apostólica: porque está cimentada sobre los testigos de la resurrección y porque es enviada para que ese testimonio sea experiencia viva y concreta en todos los lugares de la tierra.

IGLESIA DE BAUTIZADOS: COMUNIDAD DE LA ALIANZA
El bautismo no es, a la luz de lo visto, un acto eminentemente individual. Pues es la Iglesia quien lo celebra. Ni siquiera basta decir que tiene como efecto introducir al bautizado como nuevo miembro. Al celebrar el bautismo sigue asumiendo, como comunidad de personas, el proyecto de la Alianza, en su apertura universal y en sus implicaciones ilimitadas. Por ello esa comunidad de bautizados es intrínse­camente misionera, con una misión sin fronteras, pues es lo que exige la Alianza.

La Iglesia es ante todo las personas que la constituyen. Y todas ellas -sin distinción alguna- han de asumir la responsabilidad de la misión. Por tanto toda comunidad eclesial que se sienta de modo efectivo protagonista de la misión y de la Alianza debe contemplarse, vivirse y organizarse desde dos coordenadas que merecen una mención explícita.

Esta doble coordenada, si se aplica a las personas concretas, dará origen a modalidades diversas de compromiso con la misión y con la Alianza. Ese es el espacio peculiar de los bautizados que llamamos "laicos". Lo decisivo sin embargo de su contribución peculiar arranca del bautismo en cuanto es modulado por las circunstancias.

LA IGLESIA SE EDIFICA PARA EL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN
La Iglesia, en cuanto realidad personal, es un edificio "de piedras vivas", pues cada uno de sus miembros es en verdad la Iglesia enviada como servidora y testigo de la nueva Alianza.

Pero por ser organismo vivo y realidad personal no se debe pensar que todos los bautizados son Iglesia de modo uniforme u homogéneo. Cada uno aporta su propia peculiaridad, pues cada uno ha recibido de un modo propio el don del Espíritu. Este don del Espíritu, en cuanto modulado por la propia experiencia creyente, es el carisma. Difícilmente se puede dar un bautizado sin carisma. También -y sobre todo- en el ámbito eclesial hay que recordar que no hay copias sino originales, porque cada carisma es peculiar, insustituible.

Lo mismo podemos decir de las vocaciones en la Iglesia. Cada uno ha sido llamado por su nombre, y por ello cada uno ha de responder personalmente, y de modo irremplazable, a la llamada que le ha sido dirigida. Hay diversidad de vocaciones y por ello modos diversos de situarse en la Iglesia y en sus responsabilidades. Algunas de ellas contienen rasgos semejantes, y por eso pueden ser denominadas con un término común (presbíteros, consagrados con votos, laicos que viven su vocación en las realidades mundanas). Pero lo decisivo es su ca­rácter cristiano, en cuanto se modula según las circunstancias y la vocación.

La variedad de carismas y de vocaciones deben ser valoradas desde su capacidad o potencialidad para desarrollar la misión de la Iglesia y la prolongación de la Alianza. El carisma tiene como objetivo la edificación de la Iglesia. Pero la Iglesia se edifica con el objetivo de servir fielmente a la misión de Dios. Por ello no puede haber vocación cristiana (tampoco entre los laicos) que se des vincule del dinamismo del proyecto universal de Dios que se va expresando a través de las diversas alianzas.

martes, 20 de abril de 2010

EL MINISTERIO MISIONERO LAICO (II)


2. El ejercicio de la responsabilidad misionera del cristiano seglar

2.1 El laicado misionero en la Iglesia de hoy y de aquí

El renacimiento del misionerismo seglar despega como se ha dicho anteriormente en la década de los años 50 del siglo pasado, cuando participa en el Congreso Misionero Internacional celebrado en Roma con motivo del año jubilar. Por esta época nacen en España las primeras asociaciones de laicado misionero de ámbito nacional, y nacen con una identidad cristiana y eclesial, identificándose con una Iglesia en la que la vocación misionera se consideraba patrimonio y tarea de todos los bautizados, y con el doble fin de promover la vocación misionera del seglar y de ser cauce para vivir de un modo explícito dicha vocación. Desde entonces han ido surgiendo diversas asociaciones, algunas totalmente laicales, en comunión con la Iglesia y reconocidas por ella, otras vinculadas a congregaciones religiosas o a delegaciones diocesanas de misiones.

Desde algunas congregaciones religiosas y delegaciones diocesanas de misiones, se envían laicos de uno en uno, o de equipo en equipo. También hay personas que van "por libre"; son personas que no se integran en ninguno de los anteriores grupos, pero que conocen a algún sacerdote, religioso o religiosa y se van con ellos; o los que se ponen en contacto con algun obispo de misiones y se ofrecen para trabajar con él. Esta atomización no es conveniente, ni para el laico ni para la institución que envía, ni menos para la Iglesia que recibe; porque lo que suele suceder es que se rebajan las exigencias ligadas al envío, perdiendo en calidad la misión laical. Se deben cuidar los cauces que hay en la Iglesia, y las diócesis deberían contar con las instituciones existentes a la hora de enviar a los laicos a misión. Pero hoy en día parece que interesa motivar y canalizar eclesialmente ofertas de presencia misionera al alcance de laicos no asociados, lo que revela un modelo de Iglesia clerical, un deseo de control y una falta de confianza en las asociaciones misioneras laicales, por muy reconocidas que sean y por muy vinculadas que estén a entidades eclesiales misioneras. Creemos en la bondad de cauces de Iglesia específicos y propios para misioneros seglares y nos importa la articulación que deben tener en la misión y dentro de la estructura eclesial.

La Comisión Episcopal de Misiones (CEM) publicó en 1997 el documento "Laicos Misioneros" (LM), con el deseo de que éste despertar misionero del laico fuese verdaderamente eficaz para la causa de la evangelización de todos los pueblos, y sirviese de orientación para los que se sientan llamados a esta tarea y para las personas y organismos relacionados con la pastoral de la misión "ad gentes". Ya anteriormente, en 1984, también en esta línea y animados por la CEM, se crea la Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneros, como lugar de encuentro y coordinación entre las distintas asociaciones y como cauce de comunicación entre las mismas y la CEM.

2.2 De qué hablamos al hablar de laicos misioneros

La vivencia misionera no debe quedar reducida a una experiencia juvenil, sino que puede ser una forma estable de concretar la vocación laical. Asi que, para fijar ideas y saber de qué estamos hablando, diremos que el laico misionero es un bautizado llamado desde el evangelio y la fe en Jesucristo a servir en la misión ad gentes de la Iglesia; es un testigo del evangelio, parte integrante de una Iglesia local que le envía a misión, generalmente a proyectos concretos en los que se pide una colaboración técnica o bien una actividad pastoral, pero en cualquier caso va ante todo a compartir vida y fe con otro pueblo. Desde su trabajo voluntario, entendido como un compromiso serio, responsable, gratuito y por algunos años, es enviado como un verdadero agente pastoral para compartir su fe con los demás.

lunes, 19 de abril de 2010

EL MINISTERIO MISIONERO LAICO (I)


1. La iniciación del cristiano y el compromiso con el Reino de Dios

1.1 La misión de Jesús

La misión cristiana arranca de la vida y el mensaje de Jesús, con su visión de una comunidad universal de hombres iguales ante su Creador y Padre, el Dios que actúa en la historia para la salvación del género humano. El Evangelio, que es a la vez el mensaje de Jesús y el mensaje sobre Jesús de los primeros cristianos, está dirigido a todos los hombres, y desde el origen está libre de limitaciones sociales, nacionales, raciales o culturales. El centro de este mensaje es que Dios nos llama a la reconciliación por medio de su Hijo Jesús, en el que se cumple la alianza de Dios con los hombres, como anuncia en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor"(Lc.3, 18-19). Desde el origen hasta hoy, aunque haya habido de tiempo en tiempo motivos subordinados, el motivo de la misión ha sido el seguimiento a la petición de Jesús: "Id a todo el mundo y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado; y sabed que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo"(Mt. 28,19-20)

1.2. La Iglesia bautismal y la misión de Jesús

Hay que recuperar una concepción del bautismo como un acontecimiento que prolonga la historia de la alianza de Dios con su pueblo. El bautismo no debe ser comprendido fundamentalmente en su dimensión individualista, en virtud del cual el bautizado recibe la gracia de Dios y es hecho miembro de la Iglesia. Por el bautismo, Dios nos consagra para cumplir una misión, no para pertenecer a un grupo. Debe quedar claro que el bautismo es un acto de responsabilidad, de protagonismo y de compromiso, con todas las exigencias de la alianza con Dios. El bautismo, y los otros sacramentos de la iniciación cristiana, reconciliación, eucaristía y confirmación, deben implicar procesos personales de conversión en la que, superando la visión individualista de salvación personal, se alcance la visión mas global de participación en el plan de Dios, y por tanto todo cristiano iniciado se sentirá comprometido en la misión de Cristo, se sabrá responsable de anunciar la bondad de Dios y de trabajar por establecer su Reino entre todo el género humano.

Empujados por el Espíritu, el grupo inicial de los seguidores de Jesús sale de su seguridad del cenáculo para afrontar los dramas del hombre y de la historia. Nace así la Iglesia como depositaria y continuadora de la misión de Jesús. En los orígenes, junto al ministerio misionero itinerante, como el de Pablo y Bernabé, también los cristianos seglares extendieron el evangelio en sus contactos del día a día y en sus desplazamientos; no es un fenómeno nuevo. Pero después, y durante siglos, estos cristianos han sido considerados como menores frente al clero y a los religiosos; entre las razones se podrían citar la falta de formación y un modelo de Iglesia clerical, donde no era ya el bautismo el que daba protagonismo eclesial, sino la profesión de votos o el sacramento del orden; y probablemente también habrá contribuído el hecho de que esta situación resultaría mas cómoda a todos. Pero hoy ¿qué modelo de Iglesia queremos?, ¿qué tenemos que decir como laicos?

1.3 El renacimiento del misionerismo seglar

Ya en la edad moderna, la participación de los cristianos laicos en lo que ahora llamamos misión "ad gentes" comienza en el siglo XIX en las Iglesias protestantes; un ejemplo extraordinario lo tenemos en la labor evangelizadora y humanitaria del Dr. Livingstone, más conocido entre nosotros por su faceta exploradora. El renacimiento del misionerismo seglar en la Iglesia Católica surge en la década de los años 50 del siglo XX, en la que nacen las primeras asociaciones de laicado misionero. Desde entonces, ha ido creciendo y fortaleciéndose a lo largo de los años, al tiempo que se va produciendo un cambio en la valoración del fenómeno: hoy resulta que la misión universal en el nuevo milenio sólo será posible si realmente los laicos asumen su compromiso y su responsabilidad misionera. Todos los documentos del Magisterio de esta época sobre el tema misionero vienen resaltando este hecho. En Lumen Gentium 33 se trata ya de la participación de los seglares en la misión de la Iglesia como testigos y como instrumentos vivos. Y en la actividad misionera, la aportación de los laicos es absolutamente necesaria porque sin ellos el evangelio "no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo" (Ad Gentes 21). En el documento "La Misión ad gentes y la iglesia en España" publicado por la Comisión Episcopal de Misiones, se ha insistido en que la misión ad gentes no podrá ser delegada en unos pocos especialistas sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios.

Pero para que existan laicos misioneros se debe recuperar en toda su fuerza la centralidad del bautismo y adecuar a ello el modelo de Iglesia: una Iglesia Pueblo de Dios, una Iglesia Comunidad de Comunidades. En la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios, la Iglesia es ante todo las personas que la constituyen y su misión es responsabilidad de todos los bautizados. En la consagración bautismal está el origen del deber y del derecho de esta responsabilidad. La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino un deber-derecho basado en la dignidad bautismal. Los laicos cristianos son la Iglesia en el mundo, y los procesos de formación de la iniciación cristiana deben iluminarse con esa visión, para que los consagrados por el bautismo se inserten responsablemente en los problemas del mundo, considerándolos desde la perspectiva de la Alianza. Esta Alianza se humaniza y se hace posible en las Bienaventuranzas. La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la vida concreta personal y social del hombre; por tanto debe integrar el progreso humano, el desarrollo económico, la paz, la justicia, la lucha contra la pobreza y la opresión, el compromiso por la liberación frente a todo tipo de esclavitudes, la opción preferencial por los pobres y desfavorecidos,... (Documentos de Medellín y de Puebla, Evangelii Nuntiandi 30, Redemptoris Missio 58). Como dijo Juan Pablo ll ser misionero es ayudar al hombre a ser artífice libre de su propia promoción y salvación. No hay una "Evangelización verdadera" y "otras dimensiones de la Misión". Esta es una visión demasiado clericalista y occidentalista. La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo es una dimensión constitutiva del anuncio del Evangelio, y de esto dan testimonio los documentos de las Iglesias del sur, así como la experiencia de los misioneros.

Hoy de nuevo los bautizados creemos que el Espíritu de Dios está sobre nosotros, porque nos ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

domingo, 18 de abril de 2010

HOMILIA DOM. 3 TIEMPO PASCUAL Ciclo C

Episodio de la Primera lectura, Hechos 3



P. Adelino

La liturgia de este domingo tiene muchos símbolos que podríamos meditarlos, pero todo no podemos, esta es la ley de la vida, hay que saber elegir.
No nos olvidemos de los dos domingos anteriores que nos presentaban las dos pruebas de la resurrección de Jesús. Hoy nos deparamos con un factor que fue empezado la en el domingo 2 de este tiempo. Tomás necesitó tocar las llagas de Jesús para creer y testimoniar. Nos encontramos, entonces con la tercera característica para creer en la resurrección del Señor: es necesario la adhesión a la palabra de un testigo. Todos sabemos que la fe, aunque cada uno la sienta en el corazón, ella viene desde afuera, no es algo que nace de la nada, no se nace teniendo fe. Por eso San Agustín decía que “la fe entra por el oído”. Sólo cuando me dispongo a escuchar la voz de un testigo puedo creer y si el testigo es divino la Fe es escrita con mayúscula.
En este sentido tenemos la primera lectura que habla del testimonio de los discípulos ante el sanedrín. Pedro tomando la palabra dice: “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres… Nosotros somos testigos de que ustedes mataron a Jesús y Dios lo resucitó con su poder…” Creemos a partir del testimonio de Pedro y los demás apóstoles del Señor. Las palabras de Pedro me hace acordar de las palabras del Profeta Ezequiel, cuando en una situación semejante proclama: “yo y mi familia serviremos al Señor”. Significa servir, escuchar, estar atento a su voluntad, dejar que Dios obre en nuestra consciencia. No es que la palabra del hombre no tiene valor, sino que sólo la Palabra de Dios es recta, contiene la verdad y liberta al hombre (lo que reza el salmo).
El Evangelio de hoy no propone pensar también desde la obediencia. Los discípulos estaban pescando y fue una labor frustrante, sin peces, sin esperanzas y llena de cansancio. Jesús está a la orilla del lago y ellos no lo reconocen. Les piden que tiren la red a la derecha. Hay una versión que Pedro le dice a este extraño, “hemos trabajado toda la noche, pero en atención a tu Palabra la echaré”. Pensemos en nosotros, cuántas veces estamos cansados, sin ánimo de seguir la labor, sin estructuras para enfrentar las dificultades y se nos viene Jesús, no lo reconocemos y no escuchamos su voz. “En atención a tu palabra”, o sea, obedeciendo tu palabra volveré al mar. La obediencia nos ayuda a estar más cerca del Resucitado. Todos los santos dicen que no se peca por obedecer y nosotros sabemos que lo que nos lleva al pecado es la desobediencia. Infelizmente nos cuesta obedecer. Dios dice constantemente en el A.T. “obedezcan y todo les irá bien” y Jesús dice: “Felices los que escuchan mis Palabras y las ponen en práctica”. La obediencia nos acerca a la gracia de Dios.
Un dato interesante en el Evangelio es que Jesús dice, después que ellos lo reconocen, “vengan a comer”. Es la invitación mesiánica. En la mesa del Señor hay siempre un lugar… a la mesa del Señor todos somos invitados y tenemos un lugar. Hay una mesa abundante para que seamos saciados (Salmo 22). Dios no hace acepción de personas, Jesús tampoco. Nos ubiquemos en esta escena. Si fuéramos nosotros estaríamos rencorosos con Pedro por habernos negado. Jesús no. Pedro es el primer a ser recibido. Mientras nosotros nos manejamos desde lo negativo, Dios está siempre buscando lo positivo y devolviéndonos la dignidad de hijos, dándonos una nueva oportunidad, siendo paciente, distribuyendo su gracia y su paz.
En este sentido Jesús hace una catequesis con Pedro; hace un trabajo despejar la consciencia de Pedro, con las tres preguntas: “¿Pedro tú me amas más que a estos?” Es la misma pregunta que nos hace a nosotros todos los días: “¿Tú me amas más que a estos? Pensemos que Jesús nos pone delante del primer mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas”.
Ya estamos acostumbrados a relacionar las tres preguntas de Jesús a las tres negaciones de Pedro. Pero nos olvidamos que Pedro antes de negar al Señor ya le había declarado su amor, cuando Jesús anuncia su pasión: “Señor, no permitiremos que eso te pase, sino que estaremos contigo a dónde vayas, hasta la muerte si es necesario…” El trabajo que Jesús realiza es de levantar los ánimos a Pedro, es de hacerlo reconocer que es capaz de volver a amar, de reafirmar su amor, de vivir ese amor hasta el extremo.
“Pedro, tú me amas… apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas… apacienta mi rebaño”. Así como Pedro recobra las fuerzas para reafirmar su amor, Jesús reasume la propuesta de dejar a Pedro como Jefe de la Iglesia. Jesús quería que Pedro descubriera que es capaz de pasar de lo negativo de la negación a lo positivo del amor. Nosotros nos aferramos con mucha facilidad a las cosas negativas y Dios (Jesús) nos dice siempre que sigamos buscando lo positivo de todo. La liturgia de cuaresma decía: “olvídense de las cosas pasadas…” Es necesario percibir además que todo eso es fruto de la obediencia. Si Pedro contestara a este desconocido, al igual que nosotros en muchos momentos de nuestra vida, nada pasaría.
Jesús deja el primado de su Iglesia con Pedro. Somos llamados a obedecer al Sumo pontífice. Somos llamados a escuchar su voz como rebaño de Cristo que somos. Somos llamados a tomar consciencia de que somos iglesia y como iglesia tenemos un jefe, un superior, un sucesor de Pedro, que es sucesor de Cristo. Hay una expresión latina que dice: “Donde está Cristo, está Pedro; donde está Pedro está la iglesia” y Karl Ranner dice en unos de sus escritos sobre la iglesia que: “la Iglesia que pretendemos que sea, es lo que debemos asumir nosotros”. En otras palabras, somos iglesia y la iglesia será lo que yo soy. Sin perder su plano divino y santo, la iglesia es lo que somos. Por otro lado, significa que no podemos estar hablando de la iglesia en tercera persona. Si quiero una iglesia comprometida, más humilde, más igualitaria, más abierta es porque todavía yo no alcancé ninguna de estas cualidades. La iglesia es lo que soy, porque yo soy iglesia y reflejo la iglesia.
También quiero mencionar un hecho actual. La iglesia está siendo perseguida, calumniada, insultada denegrida en la persona del Papa. Nosotros como iglesia no nos cuestionamos, pero sí, cuestionamos al Papa en un montón de cosas. Pensemos que si el Papa es perseguido la iglesia es perseguida y yo soy perseguido, porque soy iglesia. Recemos por nuestro papa. Para que él permanezca fiel, seguro y hechor de la voluntad del Padre debemos rezar incansablemente por él.
Pidamos al Señor la capacidad de concientizarnos como Iglesia de Cristo y como iglesia digamos como Pedro, sí Señor tu sabes que te amo.
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Otros signos que se puede analizar:
La misión – simbolizado por el mar – echar las redes, somos llamados a navegar mar adentro.
La Iglesia – estamos todos en la misma barca, muchas veces cansados pero la presencia de Jesús nos anima y nos llena de gracias (milagro de la pesca)
Cordero – Jesús como cordero da la vida por nosotros, nosotros como iglesia debemos dar la vida por el Reino.

SI TE GUSTA, ¿POR QUÉ NO LO HACES PÚBLICO?