sábado, 5 de diciembre de 2009

ORACIÓN CON MARÍA 2


Segunda semana de Adviento

Lectura bíblica: No temas, María, porque has encontrado gracia delante de Dios. Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús. (Lc 1,36).

Meditación: Todo el mundo, la creación eterna, está atenta. Está a la espera de la respuesta de María. De su resolución depende el consuelo de los pobres, la redención de todos. También, hoy, Dios espera de nosotros para continuar la redención de la humanidad.

A continuación lees la frase bíblica que corresponde al día de esta segunda semana de Adviento:

Domingo: Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios. (Sal 130)
Lunes: No pretendo grandezas que superen mi capacidad (Sal 130)
Martes: Acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre (Sal 130)
Miércoles: Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre (Sal 89)
Jueves: Dichosos los que encuentran en ti su fuerza y la esperanza de su corazón (Sal 89)
Viernes: Señor, escucha mi súplica, mira el rostro de tu ungido (Sal 83)
Sábado: Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes (Sal 188)

Oración final: Oh Dios, que por el anuncio del ángel has querido que el Verbo se hiciese hombre en el seno virginal de la hija de Sión, ayúdanos a acoger en nuestro corazón tu palabra de vida. Amén.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Qué esperamos nosotros los cristianos?


La palabra “Adviento”, “venida”, nos habla de un principio, la llegada en la carne de nuestro Salvador, y de un final, la segunda venida del Señor para concluir la historia de la salvación y comenzar esa época definitiva, más allá de nuestra medida del tiempo, en que Dios será todo en todos.

Entre estas dos venidas se desarrolla el tiempo de la Iglesia como un constante Adviento de Jesucristo por medio de la acción del Espíritu Santo: llega el Señor a sus fieles a través de la su Palabra, se hace presente a su Iglesia para actuar en sus sacramentos, toca a nuestras puertas como hermano necesitado que invoca nuestra solidaridad.

El tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda, que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del redentor, celebrada en cada Navidad. El primer aspecto señalado, con su carácter de fuerte llamada a vivir vigilantes y a prepararse siempre, se destaca más claramente en los primeros días del tiempo de Adviento, mientras que la consideración de los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús quedan reservados para los últimos días, las llamadas “ferias fuertes” de Adviento.

El trasfondo de este tiempo es el de la esperanza y la alegría cristianas. Éstas se apoyan en la certeza de que “el que ha de venir” ya llega, y con él, el advenimiento del cielo nuevo y de la tierra nueva. Las dos expresiones más habituales de la esperanza escatológica cristiana son la petición “venga a nosotros tu reino” del Padrenuestro, y la aclamación “Ven, Señor Jesús” inmediata a la consagración en la Plegaria Eucarística.

jueves, 3 de diciembre de 2009

ADVIENTO: ¿Espera o Esperanza?


Con frecuencia se confunden dos términos, que si bien proceden de la misma raíz, en realidad tienen significados muy diferentes. Una cosa es la espera y otra bien distinta la esperanza.
Ambas parecen formar parte de la espiritualidad del Adviento y, sin embargo, apuntan a actitudes que no siempre se pueden conjugar desde los criterios del Evangelio.
La espera no implica la confianza, porque confiar es -más que una acción- una actitud fundamental de todo cristiano, independientemente del tiempo litúrgico en el que nos encontremos.
La confianza está estrechamente unida a la esperanza, y es propia del hombre que se ha adherido personal y comprometidamente al Dios de Jesucristo. Por eso, junto a la esperanza, siempre se dan la caridad y, por supuesto, la fe. Las tres son actitudes irrenunciables de aquel que ha descubierto a Dios como el centro de su vida.
La espera no es más que la actitud paciente de aquél que aguarda la llegada o la aparición de alguien o de algo que, de momento, está ausente. En el Adviento cristiano, no se espera la llegada o el nacimiento del Mesías, porque eso ya ocurrió hace dos mil años.
En el Adviento, el creyente vuelve a renovar y a profundizar el sentido de su esperanza, como actitud fundamental de confianza que engloba toda su espiritualidad.
El Adviento es pues un tiempo de esperanza y no de simple espera. Es objeto de espera aquello que no depende de mí, aquello que aunque yo lo desee mucho vendrá, antes o después, o no vendrá, en dependencia de factores que escapan a mi control.
Frente al objeto de mi espera, lo único que puedo hacer es entretenerme, distraerme, “matar el tiempo”, no sufrir demasiado por el deseo.
Esperar el nacimiento de Jesús, a sabiendas de que ya ha nacido, y que en la liturgia de Navidad volveremos a recordar, no tiene mucho sentido.
La esperanza es bien distinta. La esperanza es el deseo que me lleva a provocar la aparición o la construcción del objeto de mi esperanza. Y sólo se puede esperar con esperanza aquello que de alguna manera depende de mí también.
Esperar -con esperanza- es “desear provocando”, desear algo tan apasionadamente que se entrega uno a la realización de eso que se espera. La esperanza cristiana es verdaderamente esperanza y no simple espera.
La espera reclama la presencia física de aquello que se anhela, para que colme las carencias de nuestras limitaciones. Pero la presencia cristiana de Dios no responde a este tipo de requerimientos.
El Dios de Jesús no es un “mago” que concede caprichosamente los “bienes” que el hombre necesita. En realidad, el Dios de Jesús se manifiesta en su ausencia.
La paradoja resulta curiosa: el mundo se queja del vacío de Dios, y los cristianos presumen de la presencia elocuente de Dios. Y, en el fondo, Dios escoge el camino del silencio y el vacío para manifestarse.
El Dios pensado y esperado como el que sacia los deseos del hombre, no es el Dios del Evangelio. La presencia más fecunda de Dios es la que le ofrece al hombre a través de su silencio, o de su ocultamiento, porque Dios, lejos de colmar deseos, los intensifica y lo ahonda sin medida.
La esperanza del Adviento apunta, sin duda alguna, a aceptar el ocultamiento de Dios en el mundo, como expresión de su trascendencia inabarcable por la finitud del hombre y por eso mismo, imposible de manipular a nuestro antojo, “esperando” sacarle los bienes que nos hacen falta y no terminan de colmarnos de felicidad.
El Dios de la espera, no es el Dios del Adviento. No esperamos que Dios venga a cumplir las promesas de los profetas, en la que se proyectaban los deseos de transformación del mundo.
La actitud del creyente en Adviento es la de abrirse a la transformación interior para ponerse a trabajar y transformar el mundo en aquello que soñaron los profetas. Pero, no la de dejarle a Dios que haga nuestro trabajo, como si la cosa dependiera exclusivamente de Él.
La esperanza del Adviento permite descubrir la gratuidad de Dios, a quien no le debemos nada y que no nos debe nada a nosotros. Pero, la esperanza no es sólo para este tiempo litúrgico que ahora vamos a estrenar. La esperanza cristiana es una forma de vida que abarca todo el tiempo del hombre, hasta el encuentro definitivo con el Dios y Señor de la historia.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La Espiritualidad del Adviento


A lo largo de estas 4 semanas, la liturgia nos invita a preparar nuestras vidas, nuestros corazones y nuestros hogares para recibir al Señor que llega, para caminar junto a María y José hasta el pesebre de Belén, hasta la Noche santa en que nace Jesús.
Es un tiempo de espera y esperanza. Es un tiempo de revisar nuestras vidas y renovar nuestro deseo de conversión, significado por el color morado que nos presenta la liturgia. Empieza el año litúrgico... ¡y termina nuestro “año calendario”! Muchas veces se nos complica conjugar estas dos realidades. Porque llegamos al fin del año cansados, a las corridas, con todas las actividades propias del año lectivo, escolar, universitario, laboral... ¡familiar y personal!
Por eso el Adviento es una oportunidad para parar, tomar aire, respirar muy profundo y volver a poner nuestra mirada en el Señor

Señor que llega, que siempre está llegando en el AQUÍ y AHORA de nuestras vidas.

Por eso el Adviento es un tiempo para DESPERTAR... sacudirnos la modorra que nos acompaña en esta época del año y renovar nuestro deseo de celebrarlo todo: celebrar el año que termina, la vida que nace, los logros y frustraciones, lo que tengo y lo que no tengo, lo que pude y lo que no pude, lo que me salió bien y lo que no tanto... ¡Celebrar la vida! Porque en todo lo que me pasó, y así como me pasó, puedo descubrir al Señor que sale a mi encuentro... que hace de mi vida un pesebre en donde quiere recostar su Presencia.

¡Tomémonos un tiempo para celebrar! Cada uno tendrá que mirar su corazón y pensar... ¿Qué quiero celebrar? ¿Cómo quiero celebrar? ¿Cómo me dispongo a vivir este tiempo? Porque si no, la vorágine del fin de año, nos arrebatará el regalo que nos hace la liturgia: ¡Prepararnos! ¡Disponernos! ¡Despertar!

Vayamos recorriendo semana a semana este tiempo…

La primera semana nos invita a DESPERTAR.
Preguntémonos:
1. ¿Cómo me siento al terminar el año? ¿Cuáles son las cosas más importantes que he vivido a lo largo del año? ¿Cuáles fueron las más difíciles yo dolorosas? ¿Cuáles las más lindas y gozosas?
2. ¿Qué produce en mi corazón la cercanía de la Navidad?
3. ¿Qué recuerdos tengo de las Navidades de mi infancia y de mi vida? ¿Qué personas la celebraban y la celebran conmigo?
4. ¿Cómo quisiera celebrar esta Navidad? ¿Qué me propongo para prepararme en este tiempo de Adviento? En familia, en comunidad, en mi intimidad con el Señor...
5. ¿A qué quiero despertar en este tiempo? ¿En qué cosas o situaciones me encuentro “medio dormido”?

martes, 1 de diciembre de 2009

PERSONAJES DEL ADVIENTO 3


3. LA FIGURA DE LA ESPERANZA : VIRGEN MARÍA

La primera venida del Señor se realizó gracias a ella. Y, por ello, todas las generaciones le llamamos Bienaventurada. Hoy, que preparamos, cada año, una nueva venida, los ojos de la Iglesia se vuelven a ella, para aprender, con estremecimiento y humildad agradecida, cómo se espera y cómo se prepara la venida del Emmanuel: del Dios con nosotros. Más aún, para aprender también cómo se da al mundo el Salvador.

Sobre el papel de la Virgen María en la venida del Señor, la liturgia del Adviento ofrece dos síntesis, en los prefacios II y IV de este tiempo:

"...Cristo Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al Misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza".

"Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el Misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno de la Hija de Sión ha germinado aquél que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz. La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María. En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva. Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo nuestro Salvador. Por eso nosotros, mientras esperamos la venida de Cristo, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos el himno de tu gloria..."

La Virgen Inmaculada fue y sigue siendo el personaje de los personajes del Adviento: de la venida del Señor. Por eso, cada día, durante el Adviento, se evoca, se agradece, se canta, se glorifica y enaltece a aquella que fue la que accedió libremente a ser la madre de nuestro Salvador "el Mesías, el Señor" (Lc 2,11).

Entresaco tres textos de los tantos que uno se encuentra en honor de la Bienaventurada Madre de Dios, en todo este Misterio preparado y realizado. Son de la solemnidad de santa María Madre de Dios:

"¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad" (antífona de las primeras Vísperas).

"La Madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya" (antífona de Laudes).

"Por el gran amor que Dios nos tiene, nos ha mandado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado: nacido de una mujer, nacido bajo la ley. Aleluya" (antífona del Magníficat primeras Vísperas).

A partir de la segunda parte del Adviento, la preponderancia de la Madre Inmaculada es tan grande, que ella aparece como el centro del Misterio preparado e iniciado. Así las lecturas evangélicas del IV Domingo, en los tres ciclos, están dedicadas a María. Y en las misas propias de los días 17 al 24, correspondientes a las antífonas de la O, todo gira alrededor de ella. Y con razón.

"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de María Virgen" (Tercia) - "El ángel Gabriel saludó a María, diciendo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres" (Sexta) - "María dijo: ¿Qué significa este saludo? Me quedo perpleja ante estas palabras de que daré a luz un Rey sin perder mi virginidad" (Nona).

En las vísperas del primer domingo de Adviento, la antífona del Magnificat está tomada del evangelio de la anunciación: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo".

El lunes de esta primera semana, en las vísperas, la antífona del Magnificat será: "El ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo".

En las vísperas del jueves se canta: "Bendita tú entre las mujeres". En las vísperas del segundo domingo de Adviento: "Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". En los laudes del miércoles hay una lectura tomada del capítulo 7 de Isaías: "Mirad: la Virgen ha concebido y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel...". El responsorio del viernes después de la segunda lectura del oficio, está tomado del evangelio de la anunciación en Lc 1, 26, etc... Y podríamos continuar con una larga enumeración.

Esta enumeración interesa porque muestra cómo la presencia de la Virgen es constante en los Oficios de Adviento, así como en el recuerdo de la primera venida de su Hijo y en la tensión de su vuelta al final de los tiempos.

Aunque Navidad es para María la fiesta más señalada de su maternidad, el Adviento, que prepara esta fiesta, es para ella un tiempo de elección y de particular preparación.

lunes, 30 de noviembre de 2009

PERSONAJES DEL ADVIENTO 2


2.-LA FIGURA DE LA PREPARACIÓN: JUAN BAUTISTA

Isaías está presente en Juan Bautista, como Juan Bautista está presente en aquél al que ha preparado el camino y que dirá de él: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista".
San Lucas nos cuenta con detalle el anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1, 5-25).

Esta extraña entrada en escena de un ser que se convertirá en uno de los más importantes jalones de la realización de los planes divinos es muy del estilo del Antiguo Testamento. Todos los seres vivos debían ser destruidos por el diluvio, pero Noé v los suyos fueron salvados en el arca. Isaac nace de Sara, demasiado anciana para dar a luz. David, joven y sin técnica de combate, derriba a Goliat.

Moisés, futuro guía del pueblo de Israel, es encontrado en una cesta (designada en hebreo con la misma palabra que el arca) y salvado de la muerte. De esta manera, Dios quiere subrayar que Él mismo toma la iniciativa de la salvación de su pueblo.

El anuncio del nacimiento de Juan es solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo.
Desde la designación del nombre del niño, "Juan", que significa "Yahvé es favorable", todo es concreta preparación divina del instrumento que el Señor ha elegido.

Su llegada no pasará desapercibida y muchos se gozarán en su nacimiento (Lc 1, 14); se abstendrá de vino y bebidas embriagantes, será un niño consagrado y, como lo prescribe el libro de los Números (6, 1), no beberá vino ni licor fermentado. Juan es ya signo de su vocación de asceta. El Espíritu habita en él desde el seno de su madre. A su vocación de asceta se une la de guía de su pueblo (Lc 1, 17).

Precederá al Mesías, papel que Malaquías (3, 23) atribuía a Elías. Su circuncisión, hecho característico, muestra también la elección divina: nadie en su parentela lleva el nombre de Juan (Lc 1, 61), pero el Señor quiere que se le llame así cambiando las costumbres. El Señor es quien le ha elegido, es él quien dirige todo y guía a su pueblo.

Benedictus Deus Israelei

El nacimiento de Juan es motivo de un admirable poema que, a la vez, es acción de gracias y descripción del futuro papel del niño. Este poema lo canta la Iglesia cada día al final de los Laudes reavivando su acción de gracias por la salvación que Dios le ha dado y en reconocimiento porque Juan sigue mostrándole "el camino de la paz".

Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios en su pueblo. El Señor le visita, le libra, realiza la alianza que había prometido.
El papel del precursor es muy preciso: prepara los caminos del Señor (Is 40, 3), da a su pueblo el "conocimiento de la salvación.Todo el afán especulativo y contemplativo de Israel es conocer la salvación, las maravillas del designio de Dios sobre su pueblo. El conocimiento de esa salvación provoca en él la acción de gracias, la bendición, la proclamación de los beneficios de Dios que se expresa por el "Bendito sea el Señor, Dios de Israel".

Esta es la forma tradicional de oración de acción de gracias que admira los designios de Dios. Con estos mismos términos el servidor de Abrahán bendice a Yahvé (Gn 24, 26). Así también se expresa Jetró, suegro de Moisés, reaccionando ante el relato admirable de lo que Yahvé había hecho para librar a Israel de los egipcios (Ex 18, 10). La salvación es la remisión de los pecados, obra de la misericordiosa ternura de nuestro Dios (Lc 1, 77-78).

Juan deberá, pues, anunciar un bautismo en el Espíritu para remisión de los pecados. Pero este bautismo no tendrá sólo este efecto negativo. Será iluminación. La misericordiosa ternura de Dios enviará al Mesías que, según dos pasajes de Isaías (9, 1 y 42, 7), recogidos por Cristo (Jn 8, 12), "iluminará a los que se hallan sentados en tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1, 79).El papel de Juan, "allanar el camino del Señor". El lo sabe y se designa a sí mismo, refiriéndose a Isaías (40, 3), como la voz que clama en el desierto: "Allanad el camino del Señor". Más positivamente todavía, deberá mostrar a aquel que está en medio de los hombres, pero que éstos no le conocen (Jn 1, 26) y a quien llama, cuando le ve venir: "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).Juan corresponde y quiere corresponder a lo que se ha dicho y previsto sobre él. Debe dar testimonio de la presencia del Mesías. El modo de llamarle indica ya lo que el Mesías representa para él: es el "Cordero de Dios".
El Levítico, en el capítulo 14, describe la inmolación del cordero en expiación por la impureza legal. Al leer este pasaje, Juan el evangelista piensa en el servidor de Yahvé, descrito por Isaías en el capítulo 53, que lleva sobre sí los pecados de Israel. Juan Bautista, al mostrar a Cristo a sus discípulos, le ve como la verdadera Pascua que supera la del Éxodo (12, 1) y de la que el universo obtendrá la salvación.Toda la grandeza de Juan Bautista le viene de su humildad y ocultamiento: "Es preciso que él crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30).

Todos verán la salvación de Dios

El sentido exacto de su papel, su voluntad de ocultamiento, han hecho del Bautista una figura siempre actual a través de los siglos. No se puede hablar de él sin hablar de Cristo, pero la Iglesia no recuerda nunca la venida de Cristo sin recordar al Precursor. No sólo el Precursor está unido a la venida de Cristo, sino también a su obra, que anuncia: la redención del mundo y su reconstrucción hasta la Parusía. Cada año la Iglesia nos hace actual el testimonio de Juan y de su actitud frente a su mensaje.De este modo, Juan esta siempre presente durante la liturgia de Adviento. En realidad, su ejemplo debe permanecer constantemente ante los ojos de la Iglesia. La Iglesia, y cada uno de nosotros en ella, tiene como misión preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia. Pero recibirla exige la conversión.Entrar en contacto con Cristo supone el desprendimiento de uno mismo. Sin esta ascesis, Cristo puede estar en medio de nosotros sin ser reconocido (Jn l, 26).

Como Juan, la Iglesia y sus fieles tienen el deber de no hacer pantalla a la luz, sino de dar testimonio de ella (Jn 1, 7). La esposa, la Iglesia, debe ceder el puesto al Esposo. Ella es testimonio y debe ocultarse ante aquel a quien testimonia. Papel difícil el estar presente ante el mundo, firmemente presente hasta el martirio. como Juan, sin impulsar una "institución" en vez de impulsar la persona de Cristo. Papel misionero siempre difícil el de anunciar la Buena Noticia y no una raza, una civilización, una cultura o un país: "Es preciso que él crezca v que yo disminuya" (Jn 3, 30). Anunciar la Buena Noticia y no una determinada espiritualidad, una determinada orden religiosa, una determinada acción católica especializada; como Juan, mostrar a sus propios discípulos donde está para ellos el "Cordero de Dios" y no acapararlos como si fuéramos nosotros la luz que les va a iluminar.Esta debe ser una lección siem presente y necesaria, así como también la de la ascesis del desierto y la del recogimiento en el amor para dar mejor testimonio.

La elocuencia del silencio en el desierto es fundamental a todo verdadero y eficaz anuncio de la Buena Noticia. Orígenes escribe en su comentario sobre San Lucas (Lc 4): En cuanto a mí, pienso que el misterio de Juan, todavía hoy, se realiza en el mundo". La Iglesia, en realidad, continúa el papel del Precursor; nos muestra a Cristo, nos encamina hacia la venida del Señor.Durante el Adviento, la gran figura del Bautista se nos presenta viva para nosotros, hombres del siglo XX, en camino hacia el día de Cristo. El mismo Cristo, tomando el texto de Malaquías (3,1), nos habla de Juan como "mensajero" (4); Juan se designa a sí mismo como tal. San Lucas describe a Juan como un predicador que llama a la conversión absoluta y exige la renovación: "Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntos". Así se expresaba Isaías (40, 5-6) en un poema tomado por Lucas para mostrar la obra de Juan. Se trata de una renovación, de un cambio, de una conversión que reside, sobre todo, en un esfuerzo para volver a la caridad, al amor a los otros (Lc 3, 10-14).
Lucas resume en una frase toda la actividad de Juan:
"Anunciaba al pueblo la Buena Noticia" (Lc 3, 18).

Preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia, es el papel de Juan y el que nos exhorta a que nosotros desempeñemos.
Hoy, este papel no es más sencillo que en los tiempos de Juan y nos incumbe a cada uno de nosotros.

El martirio de Juan tuvo su origen en la franca honestidad con que denunció el pecado.
Juan Bautista anunció al Cordero de Dios. Fue el primero que llamó así a Cristo.
Citemos aquí el bello Prefacio introducido en nuestra liturgia para la fiesta del martirio de San Juan Bautista, que resume admirablemente su vida y su papel:

"Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. El fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes al Cordero que quita el pecado del mundo. El bautizó en el Jordán al autor del bautismo, y el agua viva tiene desde entonces poder de salvación para los hombres. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo".

domingo, 29 de noviembre de 2009

ORACIÓN CON MARÍA 1


Primera semana de Adviento

Lectura bíblica: El ángel del Señor dijo a José: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo" (Mt 1,20)

Meditación: La Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado original. De ella, Virgen Purísima, ha venido Jesús.

A continuación lees la frase bíblica que corresponde al día de esta primera semana de Adviento:

Domingo: Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios (Is 61,10)
Lunes: Me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo (Is 61,10)
Martes: Como el suelo hecha sus brotes, así el Señor hará brotar la justicia (Is 61,11)
Miércoles: Serás corona preciosa en la mano del Señor, y diadema real en la palma de tu Dios (Is 62,3)
Jueves: Ya no te llamarán abandonada, porque el Señor te prefiere a ti (Is 62,4)
Viernes: La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo (Is 62,5)
Sábado: Bendito sea Dios, que nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu (Ef 1,3)

Oración Final: Oh Padre, que en la Virgen María has preparado una digna morada para tu Hijo, concédenos tu Espíritu, que nos mueva a acercarnos a ti con santidad de vida. Amén.

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