Madre, una gracia te pido, 
que me sanes en cuerpo y alma.

sábado, 20 de marzo de 2010

HOMILIA V Dom - Ciclo C


P. Adelino

La liturgia de este domingo de cuaresma nos pone en contacto con la característica más grande de Dios: su amor. En las tres lecturas de hoy encontramos el tema de ser libres del pasado: “No se acuerden de las cosas pasados, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? (1 lect. Is 43, 18). Eso nos hace volver a la liturgia del domingo pasado, la parábola del Padre misericordioso: cuando nosotros decidimos volver a Dios, él ya se alegra y nos prepara algo nuevo. En la visión del profeta Isaías están a la vez un nuevo paraíso y un nuevo éxodo, porque Israel vuelve del exilio, del cautiverio y Dios hará brotar agua en el desierto y ríos en la estepa. Lo interesante en este texto es que Dios revela que antes de nuestro amor y adhesión a su propuesta, él ya nos había formado en su ser: “para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido, el pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza”, es lo mismo que San Juan nos va a decir en su carta: Dios es amor, Dios nos amó primero. Por eso Dios nos propone no más estar atado al pasado, hay una vida nueva por delante, ahora dentro de sus leyes y más que las leyes bajo la custodia de su amor y misericordia. Estar aferrado al pasado es desear volver a este pasado o tornarlo presente (eso enferma al hombre), es no poder o no querer salir de la situación del pecado.
En esta misma línea de pensamiento nos encontramos con Pablo que con su experiencia de hombre fiel a la ley, se percibe que también está aferrado al pasado, cometiendo farisaísmo. Recordemos que Pablo, por celo a las leyes del Señor era perseguidor de los cristianos. El encuentro con el Cristo vivo lo hizo caer por tierra, es decir, salir de su autosuficiencia, de su orgullo y soberbia. Lo hace percibir que la justificación viene de Dios y no sólo de las obras, por más buenas que sean. Pablo está en prisión y su reflexión tiene un doble tono, un doble sentido: “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús”. El primer sentido es que Pablo se acerca a la muerte, por eso corre en dirección a la meta, pero para eso ha sacrificado todo, es decir ha dejado todo lo suyo para vivir lo de Cristo. Es el mismo Pablo que va a decir: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. El segundo sentido es que el encuentro con Cristo lo hizo nuevo, le fue dada una vez más la dignidad de hijo (domingo anterior) y ya no sirve está añorando al pasado, ya no sirve recordar el pasado, porque todo eso fue borrado por Dios. Pablo nos dice que no nos sirve recordar el camino recorrido, si fue triste, si fue alegre, si hubo sufrimiento o no, si cansador o no, si había piedras o no, si con pecados o no, lo más importante es que delante de nuestros ojos está Cristo con sus brazos abiertos para recibirnos y hacernos nuevas creaturas. Queda atrás una vida de fariseo, que Pablo la considera como un desperdicio y corre ahora, semejante a un atleta, para alcanzar a Cristo, ya que él fue alcanzado primero por su gracia.
Es muy evidente que para Pablo la conversión y el ser libre del antiguo pecado no es un mero volver a tener una vida decente, que de pasada es el buen propósito de muchos cristianos para la cuaresma. La conversión y el ser hombre nuevo no involucran apenas la decencia, sino que el hombre por entero. Pablo mismo tenía una vida decente, pero sin embargo pasó por el proceso de conversión para ser libre del pecado que lo oprimía. El hijo menor del domingo pasado no pensó en tener nuevamente una vida decente, sino que volvió renovado a tal punto que no se consideraba hijo. La conversión implica cambiar la vida, no volver más por el mismo camino y ser libre del antiguo pecado lo mismo; es renacer de nuevo, pero de esta vez en el agua y en el espíritu, en la gracia de Dios. Es dejar que Dios establezca para nosotros una nueva escala de valores donde el centro está en un crucificado por amor.
En este mismo sentido nos encontramos delante de la situación de la pecadora sorprendida en adulterio. ¿Y quiénes la tren? Los fariseos y los escribas. Los más viejos de la comunidad, los “justos” (Evang.). Esta mujer ya no tenía nada a perder, excepto la vida. Su vida ya estaba a punto de ser quitada por estos “justos” que tenían las piedras en sus manos para atacarla. Quieren hacer una trampa a Jesús, le pregunta cuál es su opinión, alegando lo que está en la ley. Recordemos que Jesús era visto como un infractor. Jesús les contesta no con una prédica, sino haciéndoles ver sus vidas: “El que no tiene pecado que arroje la primera piedra” y todos se fueron comenzando por los más grandes. ¿Qué podemos pensar de eso? Conocí a un sacerdote que decía que no querría vivir mucho, porque cuanto más se vive, más se puede pecar. Estos fariseos y escribas se dieron cuenta que también pasan por situaciones así, tal vez más de uno de ellos ya estuvo con esa mujer en el oculto. Ellos sabían en su interior qué pecados han cometido contra Dios. Jesús pone delante de ellos un espejo, donde se refleja el corazón. No somos jueces, no estamos en condiciones de juzgar a nadie. Tal vez ellos no cambiaron nada. Volvieron e intentaron tener una vida decente. En cambio, la mujer no. Jesús no le dice: “ándate y cuídate para que no te vean”, sino “nadie te condenó, yo tampoco te condeno. Ahora ve y no peques más”. Ahí está el cambio de la mujer. Jesús la libera del pecado antiguo y le propone una nueva vida: “ahora ve y no peques más”.
Los evangelios no dejan muy claro, pero hay una corriente de teólogos y es la que sigo yo, que dice que esta misma mujer es la que fue a la casa del fariseo y lavó los pies de Jesús con lágrimas y perfume y los secó con sus cabellos; es la misma mujer que pasa a ser discípula y escucha la palabra del Maestro mientras su hermana está preocupada por los quehaceres (Marta), es la misma María Magdalena que está junto a María, Madre de Jesús, al pie de la cruz. Es coherente, porque el encuentro de Jesús con esta mujer le cambia la vida y como dice San Pablo: olvidándome del pasado, corro al encuentro de Cristo.
Somos llamados nosotros a encontrarnos con Cristo no para volver a tener una vida decente sino para permitir que él cambie nuestra vida, que seamos renovados, que podamos nacer de nuevo. La conversión es un proceso arduo y doloroso, pero su fin es la victoria en Cristo.

DINÁMICA DE CUARESMA - QUINTA SEMANA


CELEBRACIÓN PENITENCIAL.
Tus manos están atadas

MONICION INICIAL
Tenemos las manos atadas,
atadas por nuestro egoísmo,
atadas por nuestra comodidad,
atadas por nuestra impaciencia,
atadas por nuestro ego,
atadas por nuestros miedos,
atadas por la falta de ilusión y de esperanza,
atadas por nuestra codicia,
atadas por nuestro orgullo,
atadas por nuestros cansancios,
atadas por nuestras violencias,
atadas por nuestra falta de responsabilidad,
atadas por nuestra falta de compromiso,
atadas por nuestro conformismo,
atadas por ...
atadas...
atadas por nuestro pecado.

SILENCIO Y REFLEXIÓN:
¿Vos tenés las manos atadas? ¿Quién o qué las ata?
¿Qué te hace permanecer a vos con las manos atadas?
¿Qué puedes hacer para liberarlas?
Confía y pensá que resolver muchas cosas basta una decisión.

ORACIÓN:
Jesús, Tu eres el Amigo capaz de liberarnos, de desatar nuestras manos, de ayudarnos a librarnos de estas ligaduras que nos impiden hacer el bien. Por ti podemos renacer y resplandecer cada día, ser hombres nuevos, con manos nuevas, libres y ágiles para hacer el bien, con la certeza de que cuando nuestros corazones se ensucien y nuestras manos vuelvan a ser torpes y cautivas, tú vendrás siempre a liberarnos.

PALABRA DE DIOS. (Ef. 2, 4-10)
“Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo - ¡Por pura gracia habéis sido salvados!- nos resucitó y nos sentó con él en el cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Por la gracia, en efecto, habéis sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta”.


Reflexión: En este momento vamos a abrirnos a esta gracia y a este amor. Cuanto mayor sea la apertura, más gracia y más amor recibiremos. Esta apertura es lo que llamamos fe.

PRECES EN ACCION DE GRACIAS:
Te damos gracias, Padre:
- Por que amor con que nos amas.
- Por el agua y la sangre de Cristo.
- Por el Don del Espíritu Santo.
- Por la Iglesia que nos transmite tu gracia.
- Por los sacramentos que recibimos.
- Por el perdón de nuestros pecados.
- Por hacernos hijos tuyos.

Sí, Padre, te damos gracias por la inmensidad de tu amor y tu ternura, manifestados en tu Hijo, Jesucristo, nuestro Salvador.

ESTANDO NOSTOTROS MUERTOS POR LOS PECADOS.
Hemos de reconocer nuestra pobreza y nuestro pecado. Es para que el Señor nos cure. Si acudimos al médico, hay que empezar por decir la enfermedad.
Nosotros, que tenemos las manos atadas, algunas veces hasta por propia voluntad, confesamos “Hemos pecado”.
Cada uno piensa en silencio en qué ha fallado, y se acerca al sacerdote para pedir perdón a Dios y a los hermanos. No dejemos que llegue la Pascua y nos agarre todavía
como hombres viejos. Jesús quiere que seamos hombres nuevos, renacidos en su gracia.

viernes, 19 de marzo de 2010

Homilia para la Fiesta de San José


Por P. Adelino



Los textos bíblicos no nos hablan mucho de la vida de San José, el esposo de María y padre de Jesús. Lo mismo pasa con la vida de María, nuestra Madre Santísima. Se entiende el silencio de los evangelios cuando descubrimos que la intención de sus escritores no es hablar del Matrimonio Santo, María y José, sino del Hijo de Dios, del Mesías, el Cordero de Dios. Los Evangelios hacen parte del Anuncio Kerigmático: “Jesús es el Hijo de Dios, el que ha muerto y ha resucitado”.
Pero lo poco que sabemos de José, el carpintero de Nazaret, debe ser signos en nuestra vida, signos que nos muestran cómo debemos vivir hoy, signos que deben señalar el cambio que tendríamos que hacer los hombres de la modernidad.
José no era un hombre excepcional, sino un simple hombre del pueblo, trabajador, creyente, pero también fiel y justo.
La vida de San José es semejante a la vida de tantos personajes de la historia de salvación. Se asemeja a Abraham por la confianza y abandono en Dios, su Padre. Así como Abraham tenía su vida proyectada junto a su familia, José tenía el proyecto de desposar a María y vivir en el anonimato, en la simplicidad, dedicado a su familia. Es llamado a abandonar todo por algo desconocido e incomprensible a la inteligencia humana. Fue la fe quien lo ayudó a asumir confiado que Dios es fiel y es el Señor.
Se asemeja a Moisés que fue llamado a ayudar en la liberación del pueblo que vivía en la opresión. José fue llamado a ayudar, con su Sí, en la liberación del pueblo que vive en la opresión del pecado, devolviéndole la vida plena y libre con la llegada del Hijo de Dios.
Se asemeja al joven Samuel que se desconcierta con el llamado del Señor, pero asume de manera sublime su vocación. Se asemeja a María, su esposa, que junto a ella guardaba todo en su corazón. Un corazón capaz de guardar todos los misterios de Dios, intentando comprenderlo desde la fe, intentando vivirlo desde el silencio.
Somos llamados a imitar las virtudes de San José: aprender a abandonarnos en Dios, confiar que Dios está presente y es fiel y es el Señor; somos llamados a vivir el primer mandamiento al igual que San José: “amar a Dios por sobre todas las cosas”, la clave para hacer su voluntad. Somos llamados a vivir la misión kerigmática, anunciando al Mesías para que tengamos vida en él. Somos llamados a aceptar la propuesta de Dios para nosotros, saber lo que Dios quiere de nosotros. Sólo en el silencio nos encontramos con Dios; sólo en el silencio escuchamos la voz de Dios que nos comunica su amor y su gracia.
Vivir el silencio hoy es fundamental. Estamos aturdidos de tantos hechos, del ruido del mundo. Apartarse del ruido es encontrar una vía para el encuentro con el Dios de la Vida. Ir al silencio sin miedo del encuentro con nuestras miserias, porque cuando estamos confiados y abandonados en Dios, es en la debilidad que nos sentimos fuertes en el Señor.
La vida de San José, es una invitación para todos, a ser fieles y amigos de Dios. Él nos enseña, de cómo es posible vivir aquella cercanía a Jesús y al Padre. Nos convertimos en amigos de Dios, si nos animamos a ser oyentes y atentos, sin desalentarnos. En la experiencia de la Iglesia, de los Mártires, los santos han pasado por la experiencia de la cruz, han pasado por el camino de la renuncia de sí mismo, hombres que decidieron ser dóciles a lo que Dios les pedía en su diario vivir, supieron enfrentar con oración y santidad la diversidad de pruebas, aguantaron sufrimientos, persecuciones, martirios, soledad y el abandono aparente de Dios. San José digno personaje de imitar, quien cuidó de la Virgen María, su esposa, que supo sostener a la sagrada familia, celoso defensor de Cristo, hombre justo y benigno, casto, consagrado a la voluntad de Dios, vivió su misión sin queja, ni murmuración, siempre atento a la voluntad de Dios. Hombre prudente ante cualquier circunstancia, Santo lleno de paciencia y de pobreza que supo encaminar y guiar a la Sagrada Familia. Jesús, José y María, protégenos de todo afán de este mundo, ayúdanos a renunciar a nosotros mismos para asumir el plan de amor y misericordia de nuestro Padre.

SAN JOSÉ


Por Padre Javier Soteras (Radio María - Catequesis del 16/03/2010)


San José, en la obediencia de la fe, responde al llamado de Dios.

La fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo a la madre del Redentor; Feliz la que ha creído, en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José. Porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios cuando le fue transmitida en aquél momento decisivo.

En honor a la verdad, José no respondió al anuncio del ángel como María, pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor, y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo fue, genuina obediencia en la fe. Como reza Pablo.

Por aquí llega la Gracia de la justificación por la fe. No es por la ley, sino por la fe. Este es el modo como Dios desde un comienzo le indicó el camino a Abrahán. Y lo consideró justo, por su fe. Por eso a José lo ubicamos en esa línea de los justos, obedientes en la fe. Y en ese camino Dios quiere también a nosotros, justificarnos. Hacernos de Él. Considerarnos dignos de permanecer bajo su presencia. Por este don maravilloso de la fe operando en respuesta a la llamada que Dios nos hace.

Lo que hizo José, lo unió de un modo particular a María y su fe. Acepto como verdad proveniente de Dios, lo que ella ya había aceptado cuando el ángel le anunció. Que sería la Madre del Redentor.
El Concilio Vaticano II, dice; “cuando Dios revela, hay que prestarle la obediencia de la fe. Porque para el hombre, que confía libre y totalmente en Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él, le llega la Gracia de pertenecerle.”
José, al igual que María, no sólo obedeció al llamado, sino que permaneció fiel hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta las últimas consecuencias de aquél primer sí. Fiat, pronunciado en el momento de la Anunciación, mientras que José, en el momento de su “anunciación”, no pronunció palabra alguna.
Simplemente hizo como el ángel le había mandado. Y este primer “hizo”, es el comienzo del camino de José. Él es el hombre de las herramientas concretas. Es el hombre que pone en práctica lo que cree. Que responde en lo puntual. Que sin vueltas va a la cosa. A lo largo de este camino, los evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una señal elocuente. Gracias a ese silencio, se puede leer plenamente la verdad contenida del juicio que de él da el evangelio.

El Justo, dice Mateo 1, 19.
En las palabras “de la anunciación nocturna”, José escucha, no sólo la verdad divina a cerca de la vocación de su mujer, su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación.
La vocación de María, desposada con él, es también, la vocación de José, desposado con ella.
Este hombre justo, que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido, amaba a la virgen de Nazareth, se había unido a ella, con un amor de esponsalidad. Dios lo llama a este amor, ahora también, en cierto modo, con su proyecto. Hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Este verbo, repetimos, igual que cuando lo hace José con el niño, “tomar” es hacerse cargo de lo que se le entrega, pero al mismo tiempo es abrazado por lo que se le ofrece.
Es como cuando decimos nosotros, que Dios nos pide algo, y nos da aquello mismo que nos pide.
El que abraza a María para llevarla consigo, y al niño que lleva ella en su vientre, abraza a ellos y es abrazado por ellos.
Cuando Dios a nosotros nos pide algo, nos dice algo a cerca de lo que nos confía, esa Gracia que se nos confía, viene en nuestra ayuda.
Dios nunca pide algo que no nos de.
Por eso te invito a renovar en José hoy tu confianza, tu oído atento, discernidor de los caminos. Obediente al querer de Dios.

José. El hombre justo por la fe. Justificado por su creer.
El obediente seguidor de los caminos de Dios. El que abrazando con amor a su esposa, es abrazado profundamente por ella, el amor de Dios que viene en su vientre. El hijo que iba a nacer era también hijo de José.
Sin dudas José el hombre del silencio. El esposo de María, se hace sentir como esas personas que con presencia generan peso específico y están allí como referencias claras.
Tal vez vos puedas decirnos como José impacta en tu camino; por la devoción, por su intercesión, por una imagen que en tu casa había cuando eras niño, niña. Por lo que te enseñó tu padre, tu abuelo. Por lo que represente para vos como trabajador. Por lo que José representa como aquél intercesor ante Dios por la providencia. Por cuanta respuesta Dios te ha dado por las novenas que le has rezado a José.
Cuando el mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María, la que según la ley es su esposa, permaneciendo virgen, se ha convertido en Madre por obra del Espíritu Santo. Cuando el hijo llevado en el seno, por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Este nombre era conocido entre los judíos, y hay veces se le ponía a los hijos Jesús. En este caso, sin embargo se trata del hijo de Dios.
Según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado de este nombre. Jesús, que significa, “Dios salva”.
Y yo quisiera particularmente a aquellos que están como, caídos, tristes, a los que están sin fuerzas, acercarte este nombre de José, con el de su hijo al que lo ha tomado entre sus brazos, y lo lleva hasta donde vos estás, y lo pone en tus brazos. Que vos también lo tomes. Para que vos lo abraces al niño, como él lo abrazó sobre su pecho, cuando Dios se lo confió. Y vos también te dejes tomar por este niño. Por este Dios salva. Este Jesús, que en el camino de José, fue también el guía al que él debía guiar. ¡Qué increíble! Dios lo pone para que guíe a su hijo, y Dios lo guía a José en este don de paternidad que le confía.
Por eso te invito a que te animes a sostenerte en el Amor de Dios, que José te trae, en su hijo Jesús, Dios salva.
San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús, mediante el ejercicio de su paternidad. De este modo lo que hace él es cooperar, en la plenitud de los tiempos, en el gran Misterio de la Redención, y realmente, ministro servidor de la Gracia de salvación que trae Jesús.
El Dios que salva.
Su paternidad se ha expresado concretamente al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio. Al mismo misterio de la encarnación y la redención que está unida a él.
Al haber hecho uso de la autoridad legal que le correspondía sobre la sagrada familia, para hacer el don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo. Al haber convertido su vocación humana, el amor doméstico a la oblación sobrehumana que de sí, de su corazón, y de toda su capacidad en el amor puesto en el Mesías, que crece en su casa.
Al no ser concebible, que a una misión tan sublime, no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo, de forma adecuada, hay que reconocer que José tuvo hacia Jesús, por don especial del Cielo, todo aquél amor natural, toda aquella afectuoso solicitud del corazón de un padre puede conocer. Y debe ejercitar.
Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios le ha otorgado también a José, el amor correspondiente. Aquél amor que tiene su fuente en el Padre. De quien toma nombre toda familia en el Cielo y en la Tierra.
José es aquél que Dios ha elegido para ser el coordinador del nacimiento del Señor. Aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción ordenada del hijo de Dios en el mundo. En el respeto a las disposiciones divinas, a las leyes humanas. Toda la vida tanto privada como escondida de Jesús, ha sido confiada a esta custodia suya. A este cuidado. A este velar suyo. A esta mirada atenta, sabia, conocedora de los caminos de Dios, y atenta a sus señales.

José, el Padre de nuestro Señor.

jueves, 18 de marzo de 2010

San José - viviendo su fiesta



Les dejo la letra de la canción

Carpinteria Jose (Daniel Salzano)

Cuando José, el carpintero,
supo que iba a ser papá,
levantó a María en brazos
para ponerse a bailar.

Mirando las estampitas,
nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de cantar.


No necesito decir
lo hermosa que era María
una perla en cada oreja,
hay mucha bibliografía.

Todo iba de maravilla
en el hogar de José,
no se hablaba de otra cosa
que del próximo bebé.

Por la noche conversaban
cómo lo iban a llamar,
a él le gustaba Jesús
a ella le daba igual.

La dicha se interrumpió,
afirman las Escrituras,
al mismo tiempo que Herodes
decretó la mano dura.

Se mandaron a mudar,
vendieron lo que tenían,
ni siquiera se salvaron
las dos perlas de María.

Mirando las estampitas,
nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de pelear.

Parecían dibujitos
atravesando el desierto,
los dos a punto de entrar
en el Nuevo Testamento.

Dormían a cielo abierto,
muchas veces no comían,
él le daba calorcito
con la mano en la barriga.

Terminaron en Belén,
un pueblo de cien ovejas,
un pesebre, luna llena
y un montón de casas viejas.

La soledad del lugar,
los dolores de María,
José golpeaba las puertas
pero nadie las abría.

Mirando estampitas
nadie podría decir
que el esposo de María
era capaz de rugir.

Por un lado la fatiga,
por el otro el embarazo,
José se enfrentó al pesebre
y lo abrió de un rodillazo.

Esto es música, señores,
esto es puro sentimiento,
un hombre y una mujer
compartiendo un nacimiento.

Mirando las estampitas
nadie puede imaginar
que el esposo de María
era capaz de llorar.

miércoles, 17 de marzo de 2010

SEGUIR A JESÚS ES COMPARTIR SU CAMINO






Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
"Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.


Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

1. Seguir a Jesús es compartir su camino
El texto del Evangelio de Lucas nos puede provocar todo tipo de reacciones, pues presenta situaciones muy contradictorias y chocantes, tanto para la gente de aquel tiempo como para nosotros.

El texto nos dice que mucha gente caminaba con Jesús. Es muy distinto seguirlo a Él que caminar con Él. “Caminar con” puede significar, como bien dice el dicho popular, “dejarse llevar por la corriente” o bien “donde va Vicente, va toda le gente”. Cuando se camina con alguien, a la par de de esa persona, podemos ir sobre el mismo camino, pero puede ser que no tengamos el mismo destino; no hay alguien que guíe y que indique cual es el camino a seguir. Uno puede caminar junto a alguien y no compartir su sentir, sus convicciones, sus ideales, sus sueños, su fe; es más, ni siquiera conocerle el nombre. Seguir a alguien, en cambio, es conocer a quién se sigue y asumir su sentir, su actuar, sus convicciones, los mismos riesgos, sus ideales, sueños, su mismo espíritu, su fe. Es el mismo camino con el mismo destino.
Jesús le dice a la gente que caminaba con Él: “Si alguno quiere venir a mí y no se desprende de su padre y madre, de su mujer e hijos, de sus hermanos y hermanas, e incluso de su propia persona, no puede ser discípulo mío. El que no carga con su propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío”.

Sin duda alguna, seguir a Jesús es algo muy exigente. Implica renunciar a uno mismo, morir al “yo” y entregar la vida a Jesús, a su voluntad, dejar que El nos transforme y nos haga parte de El.

La expresión “Llevar la cruz” nos recuerda una referencia a la crucifixión, método de ejecución oriental que los romanos aplicaban a esclavos y rebeldes. Pero Jesús añadió: “detrás de mí”, lo cual supone que nos precede un ejemplo.

Tiene que haber razones muy fuertes y convincentes para que Jesús se atreva a proponer este programa. San Pablo lo explica así: “Es doctrina segura: Si morimos con Cristo, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él”.

2. La cruz presente en nuestro camino
Al tomar la cruz en su sentido figurado, como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño para la vida de todo hombre y mujer, de cualquier edad, pueblo y condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba».

La experiencia del mal y el sufrimiento no ha sido querida por Dios. Ha entrado en el mundo y en nuestra vida por el pecado de nuestros primeros padres. Y el Padre ha respondido a esa realidad redimiéndonos en el Señor Jesús por la Cruz y la Resurrección, y nos ha abierto a una vida nueva que nos llega cotidianamente por la acción del Espíritu Santo.

Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando es casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal del que luego nos cuesta perdonarnos. ¡cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!

Al mirarnos y mirar a nuestro alrededor, descubrimos que toda existencia humana tiene el sello del sufrimiento. No hay nadie que no sufra, que no muera. Pero vemos también cómo sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, es estéril, absurdo, aplasta , hunde en la amargura, endurece el corazón.

El Señor, lejos de liberarnos de la cruz, la ha cargado sobre sí, haciendo de ella el lugar de la redención de la humanidad, uniendo y reconciliando en ella, por su Sangre, lo que el pecado había dividido: a Dios y al hombre. Él mismo, en la Cruz, cambió la maldición en bendición, la muerte en vida. Resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida.

Quien con el Señor sabe abrazarse a Su Cruz, experimenta cómo su propio sufrimiento, sin desaparecer, adquiere sentido, se transforma en un dolor salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros. No hay cristianismo sin cruz porque con Cristo la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena comunión y participación de la gloria del Señor.

3. Asumir la cruz para seguir a Jesús
¡No pocas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta! La fuga se da de muchos modos: evadir las propias responsabilidades y cargas pesadas, ocultar mi identidad cristiana para no exponerme a la burla y el rechazo de los demás, no defender o asistir a quien me necesita por "no meterme en problemas" o hacerme de una "carga", no asumir tal apostolado que me da más trabajo, no perdonar a quien me ha ofendido porque me cuesta vencer mi orgullo.

Otras veces, al no poder evadir el sufrimiento, no queremos sino deshacernos de la cruz, arrojarla lejos, más aún cuando la cruz la llevamos por mucho tiempo o nos pide una gran dosis de sacrificio: "¡hasta cuándo, Señor! ¡Basta ya!" Hay quien perdiendo el aguante y con rebelde actitud frente Dios opta por apartarse de Él.

La actitud adecuada ante la cruz es asumirla plenamente, con paciencia, confiando plenamente en que Dios sabrá sacar bienes de los males, buscando en Él la fuerza necesaria para soportar todo su peso y llevar a pleno cumplimiento en nosotros su amoroso designio. El mismo Señor nos ha enseñado a acudir incesantemente a la oración para ser capaces de llevar la cruz.

Asimismo tenemos que pedir a Dios la gracia para vivir la virtud de la mortificación, entendida como un aprender a sufrir pacientemente -sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control- y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades -todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio- al misterio del sufrimiento de Cristo.

Las Bienaventuranzas


RANIERO CANTALAMESSA: BIENAVENTURADOS LIMPIOS DE CORAZÓN PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS

1. De la pureza ritual a la pureza de corazón
Continuando con nuestra reflexión sobre las bienaventuranzas evangélicas iniciada en Adviento, en esta primera meditación de Cuaresma queremos reflexionar sobre la bienaventuranza de los limpios de corazón. Cualquiera que lee u oye proclamar hoy: «Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios», piensa instintivamente en la virtud de la pureza, casi la bienaventuranza es el equivalente positivo e interiorizado del sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros». Esta interpretación, planteada esporádicamente en el curso de la historia de la espiritualidad cristiana, se hizo predominante a partir del siglo XIX.
En realidad, la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo, una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar todas las virtudes, a fin de que ellas sean de verdad virtudes y no en cambio «espléndidos vicios». Su contrario más directo no es la impureza, sino la hipocresía. Un poco de exégesis y de historia nos ayudarán a comprenderlo mejor.
Qué entiende Jesús por «pureza de corazón» se deduce claramente del contexto del sermón de la montaña. Según el Evangelio lo que decide la pureza o impureza de una acción –sea ésta la limosna, el ayuno o la oración- es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por agradar a Dios:
«Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 2-6).
La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de toda la Biblia y el motivo es claro. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone en el segundo lugar, situando en el primero a las criaturas, al público. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7): cultivar la apariencia más que el corazón significa dar más importancia al hombre que a Dios.
La hipocresía es por lo tanto, esencialmente, falta de fe; pero es también falta de caridad hacia el prójimo, en el sentido de que tiende a reducir a las personas a admiradores. No les reconoce una dignidad propia, sino que las ve sólo en función de la propia imagen.
El juicio de Cristo sobre la hipocresía no tiene vuelta de hoja: Receperunt mercedem suam: ¡ya han recibido su recompensa! Una recompensa, además, ilusoria hasta en el plano humano, porque la gloria, se sabe, huye de quien la sigue y sigue a quien la rehuye.
Ayudan a entender el sentido de la bienaventuranza de los limpios de corazón también las invectivas que Jesús pronuncia respecto a escribas y fariseos, todas centradas en la oposición entre «lo de dentro» y «lo de fuera», el interior y el exterior del hombre:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad» (Mt 23, 27-28).
La revolución llevada a cabo en este campo por Jesús es de un alcance incalculable. Antes de Él, excepto alguna rara alusión en los profetas y en los salmos (Salmo 24, 3: «¿Quién subirá al monte del Señor? Quien tiene manos inocentes y corazón puro»), la pureza se entendía en sentido ritual y cultual; consistía en mantenerse alejado de cosas, animales, personas o lugares considerados capaces de contagiar negativamente y de separar de la santidad de Dios. Sobre todo aquello que está ligado al nacimiento, a la muerte, a la alimentación y a la sexualidad entra en este ámbito. En formas o con presupuestos distintos, lo mismo ocurría en otras religiones, fuera de la Biblia.
Jesús elimina todos estos tabúes. Ante todo, con los gestos que realiza: come con los pecadores, toca a los leprosos, frecuenta a los paganos: todas cosas consideradas altamente contaminantes; después, con las enseñanzas que imparte. La solemnidad con la que introduce su discurso sobre lo puro y lo impuro permite entender lo consciente que era Él mismo de la novedad de su enseñanza:
«Llamó otra vez a la gente y les dijo: “Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre”» (Mc 7, 14-15. 21-23).
«Así declaraba puros todos los alimentos», observa casi con estupor el evangelista (Mc 7, 19). Contra el intento de algunos judeo-cristianos de restablecer la distinción entre puro e impuro en los alimentos y en otros sectores de la vida, la Iglesia apostólica recalcará con fuerza: «Todo es puro para quien es puro», omnia munda mundis (Tt 1, 15; Rm 14, 20).
La pureza, entendida en el sentido de continencia y castidad, no está ausente de la bienaventuranza evangélica (entre las cosas que contaminan el corazón Jesús sitúa también, hemos oído, «fornicaciones, adulterios, libertinaje»); pero ocupa un puesto limitado y por así decirlo «secundario». Es un ámbito junto a otros en el que se pone de relevancia el lugar decisivo que ocupa el «corazón», como cuando dice que «quien mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28).
En realidad, los términos «puro» y «pureza» (katharos, katharotes) nunca se utilizan en el Nuevo Testamento para indicar lo que con ellos entendemos nosotros hoy, esto es, la ausencia de pecados de la carne. Para esto se usan otros términos: dominio de sí (enkrateia), templanza (sophrosyne), castidad (hagneia).
Por cuanto se ha dicho, parece claro que el puro de corazón por excelencia es Jesús mismo. De Él sus propios adversarios se ven obligados a decir: «Sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios» (Mc 12, 14). Jesús podía decir de sí: «Yo no busco mi gloria» (Jn 8, 50).

martes, 16 de marzo de 2010

RED SOCIAL DE CATÓLICOS

La Parroquia San Antonio de Padua ha creado una RED SOCIAL DE CATÓLICOS "EL RINCÓN DE LOS AMIGOS DE JESÚS".

La intención no es que sea una red sólo para los miembros de la Parroquia, sino que se expanda por todo el país y el mundo, de hecho ya tenemos dos miembros que son de España. Es una red similar al "Facebook", pero creo que mejor todavía ya que te permite cambiar algunas cosas en tu perfil, por ejemplo podés utilizar código html (código utilizado para incluir presentaciones, gifs, tarjetas animadas y otros), podés personalizar tu perfil con canciones que son accionadas automáticamente cuando alguien entra en tu perfil, tenés un blog personal y podés participar de los grupos existentes o crear el tuyo. Podés compartir tus fotos en tus álbunes y videos. También hay foro para compartir las experiencias y la fe.
Es una red sólo para católicos, o sea, cada persona deberá saber, al invitar a un amigo, que esta persona sea católica.
La subida de fotos y comentarios están bajo mi supervisión para que nadie se sienta molestado en la red, como también si algun miembro no está ubicado, será expulsado de la red después de un previo aviso.
Para acceder es necesario hacer el registro y empezar a utilizar el espacio.
Para aumentar el número de amigos en la red, invitás a los que ya están, mandándole la petición o invitando desde tu correo electrónico.
Esta invitación ahora es para vos:



Visit Parroquia San Antonio de Padua

lunes, 15 de marzo de 2010

Tu aporte es la respuesta





La Iglesia, al ser Madre y preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos, reclama de ellos oraciones, sacrificios y limosnas. Con estas puede ayudar a los más necesitados: los pobres, las misiones, los seminarios, etc.

Además, la ayuda material que los cristianos tienen obligación de prestar a la Iglesia sirve también para el digno sustento de los ministros y para atender al esplendor del culto: edificios, vasos sagrados, ornamentos, etc.
Por las razones expuestas, es lógico que la Iglesia pida a sus hijos algunas contribuciones, e indica que: "Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el conveniente sustento de los ministros".

La obligación de ayudar económicamente a la Iglesia deriva del hecho de que ésta aunque es divina por
razón de su origen y de su finalidad, se compone de elementos humanos y tiene necesidad de recursos para cumplir su altísimo fin; el mismo Cristo dijo a sus discípulos: "El que trabaja tiene derecho a la recompensa" (Lc 10,7), y San Pablo "Dios ha ordenado que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio" (1 Cor 9,14).

Forma concreta de este precepto
En épocas pasadas este deber se concretaba en la entrega de diezmos -la décima parte- o las primicias - las primeras recolecciones - de los frutos de la tierra y de los animales. Actualmente se ha dispuesto de manera distinta, variando las indicaciones de región en región. En México, la indicación concreta es aportar el equivalente de un día de trabajo al año.

Conviene notar que este precepto no se cumple con la entrega de limosnas eventuales, sino que ha de hacerse una aportación especial, cuya finalidad sea el cumplimiento de este precepto.

Ayudar a la Iglesia obliga en conciencia y en justicia, porque de otra manera no puede atender a los gastos que demanda la dignidad del culto debido a Dios.