sábado, 22 de mayo de 2010

La venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia


Pentecostés

Origen de la fiesta

Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre.La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés.En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu

SantoDurante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17).Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (San Juan 14, 25-26).Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,... muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,... y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14). En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.

Explicación de la fiesta:

Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

¿Quién es el Espírtu Santo?

El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.

Señales del Espíritu Santo:

El viento, el fuego, la paloma.Estos símbolos nos revelan los poderes que el Espíritu Santo nos da: El viento es una fuerza invisible pero real. Así es el Espíritu Santo. El fuego es un elemento que limpia. Por ejemplo, se prende fuego al terreno para quitarle las malas hierbas y poder sembrar buenas semillas. En los laboratorios médicos para purificar a los instrumentos se les prende fuego.El Espíritu Santo es una fuerza invisible y poderosa que habita en nosotros y nos purifica de nuestro egoísmo para dejar paso al amor.

Nombres del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo ha recibido varios nombres a lo largo del nuevo Testamento: el Espíritu de verdad, el Abogado, el Paráclito, el Consolador, el Santificador.

Misión del Espíritu Santo:

El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad.
El Espíritu Santo mora en nosotros: En San Juan 14, 16, encontramos la siguiente frase: “Yo rogaré al Padre y les dará otro abogado que estará con ustedes para siempre”. También, en I Corintios 3. 16 dice: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”. Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es “dador de vida” y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros.
El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman.
El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza.

El Espíritu Santo y la Iglesia:

Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones. El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús.Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc.El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo.El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia. El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones.

Los siete dones del Espíritu Santo:

Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos.

SABIDURÍA: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente.

ENTENDIMIENTO: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que nos manda Dios.

CIENCIA: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.

CONSEJO: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien.

FORTALEZA: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio.

PIEDAD: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.

TEMOR DE DIOS: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él.

Oración al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; envía Señor tu Espíritu Creador y se renovará la faz de la tierra.OH Dios, que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, obremos rectamente y gocemos de tu consuelo.Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

viernes, 21 de mayo de 2010

El Espíritu Santo, fuente de comunión



Catequesis de S.S. Juan Pablo II

1. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la primera comunidad cristiana unida por un fuerte vínculo de comunión fraterna: «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). No cabe duda de que el Espíritu Santo está en el origen de esta manifestación de amor. Su efusión en Pentecostés pone las bases de la nueva Jerusalén, la ciudad construida sobre el amor, completamente opuesta a la vieja Babel.

Según el texto del capítulo 11 del Génesis, los constructores de Babel habían decidido edificar una ciudad con una gran torre, cuya cima llegara hasta el cielo. El autor sagrado ve en ese proyecto un orgullo insensato, que lleva a la división, a la discordia y a la incomunicabilidad.

Por el contrario, en Pentecostés los discípulos de Jesús no quieren escalar orgullosamente el cielo, sino que se abren humildemente al Don que desciende de lo alto. Si en Babel todos hablan la misma lengua, pero terminan por no entenderse, en Pentecostés se hablan lenguas diversas, y, sin embargo todos se entienden muy bien. Este es un milagro del Espíritu Santo.

2. La operación propia y específica del Espíritu Santo ya en el seno de la santísima Trinidad es la comunión. «Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor reciproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios "existe" como don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor» (Dominum et vivificantem, 10). La tercera Persona —leemos en san Agustín— es «la suma caridad que une a ambas Personas» (De Trin. 7, 3, 6). En efecto, el Padre engendra al Hijo, amándolo; el Hijo es engendrado por el Padre, dejándose amar y recibiendo de él la capacidad de amar; el Espíritu Santo es el amor que el Padre da con total gratuidad, y que el Hijo acoge con plena gratitud y lo da nuevamente al Padre.

El Espíritu es también el amor y el don personal que encierra todo don creado: la vida, la gracia y la gloria. El misterio de esta comunión resplandece en la Iglesia, el cuerpo místico de Cristo, animado por el Espíritu Santo. El mismo Espíritu nos hace «uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), y así nos inserta en la misma unidad que une al Hijo con el Padre. Quedamos admirados ante esta intensa e íntima comunión entre Dios y nosotros.

3. El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta algunas situaciones significativas que nos permiten comprender de que modo el Espíritu ayuda a la Iglesia a vivir concretamente la comunión, permitiéndole superar los problemas que va encontrando.

Cuando algunas personas que no pertenecían al pueblo de Israel entraron por primera vez en la comunidad cristiana, se vivió un momento dramático. La unidad de la Iglesia se puso a prueba. Pero el Espíritu descendió sobre la casa del primer pagano convertido el centurión Cornelio. Renovó el milagro de Pentecostés y realizó un signo en favor de la unidad entre los judíos y los gentiles (cf. Hch 10-11). Podemos decir que este es el camino directo para edificar la comunión: el Espíritu interviene con toda la fuerza de su gracia y crea una situación nueva, completamente imprevisible.

Pero a menudo el Espíritu Santo actúa sirviéndose de mediaciones humanas. Según la narración de los Hechos de los Apóstoles, así sucedió cuando surgió una discusión dentro de la comunidad de Jerusalén con respecto a la asistencia diaria a las viudas (cf. Hch 6, l ss). La unidad se restableció gracias a la intervención de los Apóstoles, que pidieron a la comunidad que eligiera a siete hombres «llenos de Espíritu» (Hch 6, 3; cf. 6, 5), e instituyeron este grupo de siete para servir a las mesas.

También la comunidad de Antioquía, constituida por cristianos provenientes del judaísmo y del paganismo, atravesó un momento crítico. Algunos cristianos judaizantes pretendían que los paganos se hicieran circuncidar y observaran la ley de Moisés. Entonces —escribe san Lucas— «se reunieron los Apóstoles y presbíteros para tratar este asunto» (Hch 15, 6) y, después de «una larga discusión», llegaron a un acuerdo, formulado con la solemne expresión: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...» (Hch 15, 28). Aquí se ve claramente como el Espíritu actúa a través de la mediación de los «ministerios» de la Iglesia.

Entre los dos grandes caminos del Espíritu, el directo, de carácter más imprevisible y carismático, y el mediato, de carácter más permanente e institucional, no puede haber oposición real. Ambos provienen del mismo Espíritu. En los casos en que la debilidad humana encuentre motivos de tensión y conflicto, es preciso atenerse al discernimiento de la autoridad, a la que el Espíritu Santo asiste con esta finalidad (cf. 1 Co 14, 37).

4. También es «gracia del Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, 4) la aspiración a la unidad plena de los cristianos. A este propósito, no hay que olvidar nunca que el Espíritu Santo es el primer don común a los cristianos divididos. Como «principio de la unidad de la Iglesia» (ib., 2), nos impulsa a reconstruirla mediante la conversión del corazón, la oración común, el conocimiento recíproco, la formación ecuménica, el dialogo teológico y la cooperación en los diversos ámbitos del servicio social inspirado por la caridad.

Cristo dio su vida para que todos sus discípulos sean uno (cf. Jn 17, 11). La celebración del jubileo del tercer milenio deberá representar una nueva etapa de superación de las divisiones del segundo milenio. Y puesto que la unidad es don del Paráclito, nos consuela recordar que, precisamente sobre la doctrina acerca del Espíritu Santo, se han dado pasos significativos hacia la unidad entre las diferentes Iglesias, sobre todo entre la Iglesia católica y las ortodoxas. En particular, sobre el problema específico del Filioque, que concierne a la relación entre el Espíritu Santo y el Verbo en su procedencia del Padre, se puede afirmar que la diversidad entre los latinos y los orientales no afecta a la identidad de la fe «en la realidad del mismo misterio confesado», sino a su expresión, constituyendo una «legítima complementariedad» que no pone en tela de juicio la comunión en la única fe, sino que mas bien puede enriquecerla (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 248; carta apostólica Orientale lumen, 2 de mayo de 1995, n. 5; nota del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, Las tradiciones griega y latina con respecto a la procesión del Espíritu Santo: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de enero de 1996, p. 9).

5. Por último, es necesario que en el próximo jubileo crezca la caridad fraterna también dentro de la Iglesia católica. El amor efectivo que debe reinar en toda comunidad, «especialmente hacia nuestros hermanos en la fe» (Ga 6, 10), exige que cada componente eclesial, cada comunidad parroquial y diocesana, y cada grupo, asociación y movimiento, se esfuerce por hacer un serio examen de conciencia que disponga los corazones a acoger la acción unificadora del Espíritu Santo.

Son siempre actuales estas palabras de san Bernardo: «Todos tenemos necesidad unos de otros: el bien espiritual que yo no tengo y no poseo, lo recibo de los demás (...). Y toda nuestra diversidad, que manifiesta la riqueza de los dones de Dios, subsistirá en la única casa del Padre, que tiene muchas moradas. Ahora hay división de gracias; entonces habrá distinción de glorias. La unidad, tanto aquí como allí, consiste en una misma caridad»

jueves, 20 de mayo de 2010

LA REVELACIÓN DE DIOS


CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

136. - ¿Qué quiere decir la Iglesia cuando confiesa: «Creo en el Espíritu Santo»?

Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El Espíritu Santo «ha sido enviado a nuestros corazones» (Ga 4, 6), a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica # 683-686)

137. ¿Por qué la misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables?


La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios «Padre» (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción, cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica # 687-690, 742-743)

138. ¿Cuáles son los apelativos del Espíritu Santo?

«Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús lo llama también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El Nuevo Testamento lo llama Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria y de la promesa.(Catecismo de la Iglesia Católica # 691-693)

139. ¿Con qué símbolos se representa al Espíritu Santo?

Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él. (Catecismo de la Iglesia Católica # 694-701)

140. ¿Qué significa que el Espíritu «habló por los Profetas»?

Con el término «Profetas» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo Testamento. (Catecismo de la Iglesia Católica # 687-688, 702-706, 743)

141. ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo en Juan el Bautista?

El Espíritu colma con sus dones a Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento, quien, bajo la acción del Espíritu, es enviado para que «prepare al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y anunciar la venida de Cristo, Hijo de Dios: aquel sobre el que ha visto descender y permanecer el Espíritu, «aquel que bautiza en el Espíritu» (Jn 1, 33). (Catecismo de la Iglesia Católica # 717-720)


142. ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo en María?

El Espíritu Santo culmina en María las expectativas y la preparación del Antiguo Testamento para la venida de Cristo. De manera única la llena de gracia y hace fecunda su virginidad, para dar a luz al Hijo de Dios encarnado. Hace de Ella la Madre del «Cristo total», es decir, de Jesús Cabeza y de la Iglesia su cuerpo. María está presente entre los Doce el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inaugura los «últimos tiempos» con la manifestación de la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica # 721--726, 744)

143. ¿Qué relación existe entre el Espíritu y Jesucristo, en su misión en la tierra?

Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu Santo, es consagrado Mesías en su humanidad. Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Padres, y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección. (Catecismo de la Iglesia Católica # 727-730, 745-746)

144. ¿Qué sucedió el día de Pentecostés?

En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria. (Catecismo de la Iglesia Católica # 731-732, 738)

«Hemos visto la verdadera Luz,
hemos recibido el Espíritu celestial,
hemos encontrado la verdadera fe:
adoramos la Trinidad indivisible porque
Ella nos ha salvado»
(Liturgia bizantina.
Tropario de las vísperas de Pentecostés).

145. ¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?

El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22). (Catecismo de la Iglesia Católica # 733-741, 747)

146. ¿Cómo actúan Cristo y su Espíritu en el corazón de los bautizados?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración. (Catecismo de la Iglesia Católica # 738-741)

(tomado del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Oración

ORACIÓN POR LOS SIETE DONES

Bendito Espíritu de Sabiduría, ayúdame a buscar a Dios. Que sea el centro de mi vida, orientada hacia Él para que reine en mi alma el amor y armonía.

Bendito Espíritu de Entendimiento, ilumina mi mente, para que yo conozca y ame las verdades de fe y las haga verdadera vida de mi vida.

Bendito Espíritu de Consejo, ilumíname y guíame en todos mis caminos, para que yo pueda siempre conocer y hacer tu santa voluntad. Hazme prudente y audaz.

Bendito Espíritu de Fortaleza, vigoriza mi alma en tiempo de prueba y adversidad. Dame lealtad y confianza.

Bendito Espíritu de Ciencia, ayúdame a distinguir entre el bien y el mal. Enséñame a proceder con rectitud en la presencia de Dios. Dame clara visión y decisión firme.

Bendito Espíritu de Piedad, toma posesión de mi corazón; inclinalo a creer con sinceridad en Ti, a amarte santamente, Dios mio, para que con toda mi alma pueda yo buscarte a ti, que eres mi Padre, el mejor y más verdadero gozo.

Bendito Espíritu de Santo Temor, penetra lo mas intimo de mi corazón para que yo pueda siempre recordar tu presencia. Hazme huir del pecado y concédeme profundo respeto para con Dios y ante los demás, creados a imagen de Dios.

Oración.

Te pedimos, Dios todopoderoso, nos concedas agradar al Espíritu Santo con nuestras oraciones de tal modo que podamos con su gracia vernos libres de tentaciones y merezcamos obtener el perdón de los pecados. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amen

martes, 18 de mayo de 2010

¿Quién es el Espíritu Santo?


Con motivo de la solemne festividad de Pentecostés, me he propuesto a hacer un humilde aporte, desde este lugar, a todos aquellos que incansablemente llevan a diario la Palabra de Dios a las gentes, escribiendo sobre la manera de actuar del Espíritu Santo.

Si consultamos a las Sagradas Escrituras acerca de este asunto, encontramos que, San Pablo, hablando a los cristianos de Corinto, quería mostrarles como han crecido espiritualmente, comparando la situación espiritual de un pagano o no creyente, con la de los que en ese instante escuchan su voz, dice: "Saben que cuando eran paganos, se dejaban arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos ( estatuas que representaban a diversas divinidades). Por eso les hago saber que nadie, movido por el espíritu de Dios puede decir: ¡ Maldito sea Jesús! ; y nadie puede decir: ¡ Jesús es el Señor! Si no es movido por el Espíritu Santo.

Pablo, en este contexto, está diciendo cuál es la función del Espíritu Santo, la cual me permite reconocer quién es Jesucristo.


El hecho de saber con certeza quién es Jesucristo, no es algo que se logra solo con un esfuerzo mental o una gran inteligencia, sino que es recibido. El Espíritu Santo es recibido, por ejemplo ,en el Bautismo, y es, en el Bautismo, el Sacramento que me convierte en Cristiano, es decir, en perteneciente a Cristo.


El cristiano, es el seguidor de Jesucristo, pero para seguir a Jesucristo yo debo saber quién es él, porque no se trata de seguir a alguien para saber curiosamente a dónde va, sino que se trata de un seguimiento que tiene la particularidad de hacer las cosas como él las hace, pero no es solo una imitación gestual, sino que se trata de hacer y sentir las cosas que hacemos al modo como las hace Jesucristo y al modo como las siente Jesucristo.

Eso lo produce el Espíritu Santo, que es Dios, como dice de él el Credo niceno-constantinopolitano: " ..que con el Padre y el Hijo, reciben una misma adoración y gloria".

Ello implica que el Espíritu Santo, además de permitirme reconocer a Jesucristo, también es Dios. Y si es Dios, como lo es el Padre Eterno y su Hijo, de nombre Jesucristo, eso significa que tiene las mismas posibilidades, la misma naturaleza,que el Padre y el Hijo.

Pero esas posibilidades, ¿cuáles son?. Que actúa, por ejemplo, al igual que el Padre y el hijo, en la Iglesia, que como sabemos es el Pueblo de Dios, y el lugar donde conocemos la acción del Espíritu Santo, como dice el Catecismo: lo vemos inspirando la formación de las Sagradas Escrituras; también en la Tradición; en el Magisterio, que tiene la misión de guardar el tesoro de la Revelación, como lo atestigua el Concilio Vat. II, en la Constitución Dogmática Dei Verbum.

También, vemos la acción del Espíritu Santo, en la Liturgia de los Sacramentos, por ejemplo, en el Bautismo; en otro lugar en donde podemos ver el actuar del Espíritu es en la oración, en la cual expresamos nuestros deseos al Padre Eterno, por ejemplo, cuando decimos, con Mt. 6,9: Padre Nuestro que estás en los cielos...."; También, dice el Catecismo, que el Espíritu, lo podemos ver actuando en los Carismas y en todos los Ministerios encarnados en personas concretas, que mediante sus acciones hacen extender más y más a la Iglesia, Pueblo de Dios, por todos los rincones del mundo, y por último, también lo podemos ver en la vida incansable de cada santo que la Iglesia nos ha dado, por ejemplo, para citar algunos del siglo pasado, el testimonio viviente de la Hna. Teresa de Calcuta, o la vida de Maximiliano Kölbe, o la fortaleza viviente de Juan XXIII, y tantos otros que seguramente conocemos y que hemos podido ver y escuchar sus palabras, pero también todos los que la Iglesia ha subido a los altares para sean venerados y tomados como ejemplos de vida concreta, por cada uno de nosotros.

Por ello, estas sencillas reflexiones que se dirigen, particularmente, a los Catequistas, es que el Espíritu Santo, es verdaderamente Dios, más precisamente una de las tres personas de la Santísima Trinidad y como tal, es capaz de vivificar, de impulsar a la Iglesia, entendida, como el Pueblo de Dios, que día a día camina por la historia con sus luces y sus sombras rumbo a la Casa del Padre, que aguarda con ansia la llegada de todos sus hijos, a los cuales mandó buscar por medio de su Hijo Amado, al cual nos pidió que lo escucháramos. Cfr. Lc. 9,35.

José Miguel Toro
Prof. en Teología - Argentina

lunes, 17 de mayo de 2010

EL PAPEL DEL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA



Carta Pastoral del Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI



Al comenzar la novena anual en honor del Espíritu Santo, en preparación para la fieta de Pentecostés, debemos recordarnos del importante papel que el Espíritu Divino, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, cumple dentro de la Iglesia Católica, el Cuerpo Místico de Cristo, y también de la gran necesidad que cada miembro individual de la Iglesia tiene de su divina asistencia. Tan importante es el rol del Espíritu Santo dentro de la Iglesia que cuando se formuló el Credo de los Apóstoles, se determinó colocar el artículo de fe:

“Creo en el Espíritu Santo”
enseguida del artículo,

“la Santa Iglesia Católica”,
a fin de recalcar la relación del Espíritu Santo con la verdadera Iglesia de Cristo. En esta carta pastoral, consideremos brevemente la divina asistencia del Espíritu Santo dentro de la Iglesia Católica en general y también en particular, i.e., en cada miembro individuo de la Iglesia. Que estas consideraciones los pueda mover a una mayor devoción hacia el Espíritu Santo y nos inspire a rezar esta novena fervientemente.

Antes que nada, cuando Nuestro Señor y Salvador Jesucristo estableció su Iglesia, prometió a sus Apóstoles que enviaría a otro Consolador, a quien llamó el Espíritu de Verdad. Leemos en el Evangelio de San Juan:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (Jn. 14:16).

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26).

“Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (Juan 15:26).

“Os conviene que yo me vaya; porque si nome fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16:7).

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn. 16:13).

A partir de estas referencias bíblicas, podemos claramente ver la asistencia divina que el Espíritu Santo proporcionada a los Apóstoles — ayudarles a enseñar las verdades divinamente reveladas por el Hijo de Dios, Jesucristo. Notemos en particular las palabras de Cristo citadas arriba:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26).

Estas palabras son similares a las palabras de Cristo a sus Apóstoles:

“Por tanto, id, enseñad a todas las naciones... a guardar todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19)

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16).

Los Apóstoles, después del descenso del Espíritu Santo en Pentecostés, cumplieron esta orden de Cristo y predicaron el evangelio a todas las naciones. De sus enseñanzas hemos recibido lo que se conoce como el Depósito de Fe, i.e., todo lo que ha sido revelado por Dios. El Depósito de Fe se compone de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Tradición. Después de la muerte de los Apóstoles, la Revelación Divina había sido completada y Dios ya no reveló nada destinado a la humanidad entera.

Pero no pensemos que la divina asistencia del Espíritu Santo se limitó únicamente a los Apóstoles y que cesó después de la promulgación del evangelio. Pues el Depósito de Fe necesitaba salvaguardarse y preservarse dentro de la Iglesia de Cristo. Así, cuando Cristo prometió enviar el Espíritu Santo, dijo:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (Jn. 14:16).
Y también cuando Cristo ordenó a sus Apóstoles enseñar a todas las naciones, añadió:

“Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).
Fue la voluntad de Cristo que la misión que Él encargó a sus Apóstoles, de enseñar a todas las naciones, continuaría en sus sucesores, esto es, en el Papa (el sucesor de San Pedro) y en los obispos (los sucesores de los Apóstoles). El Papa y los obispos representan la autoridad viviente y docente en la Iglesia de Cristo. Como declaró el primer Concilio Vaticano:

“La razón para esto es que el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de San Pedro, no para que pudieran hacer conocer alguna nueva revelación Suya, sino que, con Su asistencia pudieran religiosamente guardar y fielmente explicar la revelación o Depósito de Fe que fue transmitida a través de los apóstoles” (Vaticano I, Pastor Aeternus, 1870).

Por tanto, el Espíritu Santo mora en la Iglesia Católica a perpetuidad para divinamente ayudarla a enseñar a todas las naciones todo lo que Cristo mandó

“todos los días, hasta la consumación del mundo”.
Y hablando de esta unión y asistencia del Espíritu Santo con la Iglesia, el Cardenal Enrique Manning escribió:

“Y esta unión es divinamente constituída, indisoluble, eterna, la fuente de los dotes sobrenaturales para la Iglesia, la cual nunca puede estar ausente de ella, o suspendida en su operación. La Iglesia de todas las épocas, y tiempos, es inmutable en su ciencia, discernimiento y enunciación de la verdad”.
Esta es la consolación que tenemos como católicos — nuestra fe hoy en 1995 es la misma fe que se sostuvo siempre en la Iglesia de Cristo. Como católicos, podemos señalar cualquiera de las enseñanzas infalibles de la Iglesia enseñada durantes los últimos 1900 años y declarar que esa es nuestra creencia. Nuestra fe es exactamente la misma fe como fue enseñada consistentemente en el Concilio de Nicea (325 D.C.), el Concilio de Éfeso (431 D.C.), el Concilio de Trento (1570), el Concilio Vaticano I (1870) y todos los otros concilios ecuménicos de la Iglesia Católica. Nuestra fe es exactamente la misma que la fe enseñada infaliblemente por los Papas, los sucesores de San Pedro. Y cuando se estudian las enseñanzas de los Papas y concilios a través de los siglos, hay tal consistencia y exactitud que, si uno no estuviera consciente de los Papas individuales y de los concilios ecuménicos involucrados, parecería como si todas las varias enseñanzas hubieran tenido a un mismo autor.

Además, otra maravillosa manifestación de la divina asistencia del Espíritu Santo es la unidad de la Iglesia Católica. La Iglesia Católica está hecha de hombres de todas las naciones viviendo en tan diferentes áreas del mundo, hablando en tantos idiomas diversos, teniendo tan vastas diferencias en costumbres y prácticas; y, con todo, están unidos en la misma fe, en el mismo culto — el Santo Sacrificio de la Misa, y en los mismos medios de santificación — los Siete sacramentos. Esta unión de fe y de culto entre los hombres, manifiesta la divina asistencia del Espíritu Santo.

Habiendo considerado la asistencia del Espíritu Santo dentro del Cuerpo Místico de Cristo en general, consideremos brevemente su asistencia dentro de las almas individuales de los fieles. San Pablo en su primer epístola a los Corintios les recordó de la morada del Espíritu Santo en sus almas:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16).
Esta es una muy importante verdad de nuestra fe. Por el bautismo, no sólo se borró de nuestras almas el pecado original, sino que también se le dio al alma vida espiritual a través de la gracia santificante. Cuando estamos en el estado de gracia santificante, compartimos en la vida de Dios dentro de nuestras almas; somos hijos adoptados de Dios; somos templos del Espíritu Santo. Además, en el bautismo, Dios infundió en nuestras almas las tres virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad, y los siete dones del Espíritu Santo (hábitos infusos que nos dan la ayuda especial del Espíritu Santo para conocer y hacer la voluntad de Dios). Esta ayuda especial del Espíritu Santo aumenta cuando recibimos el Sacramento de la Confirmación. Esta es la razón por la que la Iglesia prescribe que aquéllos que han de casarse o han de entrar a los estados clericales o religiosos, deben haber recibido el Sacramento de la Confirmación.

No puede haber duda de que vivimos en tiempos muys problemáticos y confusos, ambos doctrinal y espiritualmente, como escribió una vez San Pablo:

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oir, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4:3-4).

¿Perseveraremos en la vida de la fe en estos tiempos? Prestemos atención a las palabras del Papa León XIII:

“Debemos orar e invocar al Espíritu Santo, pues cada uno de nosotros necesita grandemente de su protección y ayuda. Un hombre cuanto más sea deficiente en sabiduría, más débil en fuerzas, cargado de problemas, propenso al pecado, tanto más debería volar hacia Aquél que es la inagotable fuente de luz, fortaleza, consolación y santidad” (Divinum Illud, Mayo 9, 1897).

Finalmente, al comenzar esta novena anual en honor al Espíritu Santo, recordemos que esta es la más antigua de las novenas. Fue hecha por orden del mismo Nuestro Señor, cuando envió a sus Apóstoles de regreso a Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo el primer Pentecostés. Y sigue siendo la única novena prescrita por la Iglesia. Para rezar merecedoramente esta novena, prestemos otra vez atención las palabras del Papa León XIII:

“Conocéis muy bien las maravillosas e íntimas relaciones existentes entre ella (la Santísima Virgen María) y el Espíritu Santo, de tal manera que justamente se le llama a ella su esposa. La intercesión de la Santa Virge fue de gran provecho, ambos en el misterio de la Encarnación y en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Que pueda ella seguir fortaleciendo nuestras oraciones con sus sufragios, y que, en medio de todas las tensiones y problemas de las naciones, esos prodigios divinos puedan ser revividos felizmente por el Espíritu Santo, las cuales fueron predichas en las palabras de David: “Envía tu Espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Salmos 103)”.

domingo, 16 de mayo de 2010

Homilia de la Ascensión del Señor

Pbro. Adelino

No es tiempo de añorar, es tiempo de acción.

La liturgia de este domingo habla de una despedida. Es interesante ver como Jesús va dando un nuevo significado a las distintas situaciones de la vida humana. Una despedida siempre es melancólica, triste, con llantos. Jesús propone a sus discípulos despedirse sin tristezas, porque Él estará siempre.
Lucas nos pone frente a dos realidades en el evangelio de hoy: es necesario tener una comprensión de las Escrituras y este es el momento de cumplir las profecías del segundo Isaías con respecto de la misión universal (Cf. Hch 1,8; Is 2,3; 42,6; 49,6). Eso nos toca de lleno a nosotros los cristianos católicos que salimos hoy a evangelizar sin la experiencia de Jesús Palabra, de Jesús Eucaristía, de Jesús Compartir, de Jesús Hermano, de Jesús Glorioso. Muchos de nosotros nos quedamos apenas con lo visto en la catequesis de comunión y confirmación y nos sentimos un licenciado en la Doctrina y la Palabra del Señor.
Cuando Jesús les explica las escrituras a los discípulos, una vez más de tantas veces que lo hace, es para que ellos se den cuenta que la vida en Él está totalmente relacionada con la Palabra. Es de suma importancia comprender que no hay gloria sin la experiencia del sufrimiento y del sacrificio. Jesús repite el mismo gesto del episodio de los discípulos de Emaús. Allá para que se les abra la inteligencia, aquí para que se les vaya la tristeza. Allá demostrándoles que está vivo y es necesario alegrarse y congregarse, aquí para que esperen en la esperanza y asuman sus responsabilidades como testigos del Evangelio.
Hoy, paradójicamente, aunque Jesús se vaya, celebramos su entrada en la gloria y no una despedida; celebramos un nuevo modo de presencia de Jesús entre nosotros, se cumple una vez más la profecía de que este niño, que ahora es hombre, se llamará Dios con nosotros, el “Emanuel”. Como nos dice San Pablo en la segunda lectura: “Dios lo resucitó y lo hizo cabeza de la Iglesia”. En este sentido también celebramos lo que la Iglesia primitiva declara y hoy rezaremos en el credo: “Jesús que asume su lugar a la derecha del Padre” y un día vendrá en su gloria.
La parusía, el día del Señor tanto hablado y esperando en el Antiguo Testamento ahora comienza a tener su comienzo (vale la redundancia), por eso los discípulos se preocupan en preguntarle a Jesús cuándo será y Jesús contestándoles a ellos y los de hoy que se dicen saber todo del futuro y del fin del mundo, que sólo Dios sabe cuándo eso será.
Lo que nos debe llamar la atención es lo que le dicen los hombres que aparecen en el momento de la ascensión: “por qué están mirando al cielo, este mismo Jesús que subió en su gloria volverá en su gloria” (Primera Lectura). Debemos relacionar esta cita con el momento de la transfiguración de Jesús. Allí Pedro dice: “que bien estamos aquí, vamos construir tres carpas…”. Jesús le dice a Pedro que él no sabe lo que dice, o sea, hay un montón de cosas por hacer y no podemos quedarnos en la contemplación solamente. Hoy, me imagino yo la escena, para que se dé este momento de la ascensión, los discípulos deben haber visto algo diferente además de ver a Jesús subiendo, por eso se quedan a mirar al cielo mientras lo perdían de vista. La voz los hace volver a la realidad, por eso la relación con la transfiguración. De qué sirve está mirando al cielo, en otras palabras no podemos estar esperando el fin o la venida del Señor sin hacer nada.
Ustedes son testigos de todo eso… Aquí comienza la misión de la Iglesia. Con la resurrección Jesús vuelve no para hacer lo mismo. Lo que él había empezado ahora es misión nuestra. Las actividades o tareas aquí en la tierra son dejadas para nosotros.
¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo puedo hacer? Deben ser nuestras preocupaciones hoy. Somos llamados a ser testigos de la gloria del Señor, de su amor y de su entrega, de su victoria y de su permanencia entre nosotros. Jesús se fue no para dejarnos huérfanos, sino que nos ha mandado otro defensor, el Espíritu que nos introducirá en verdad. Se fue para concretar lo que llamamos de predestinación, es decir, a prepararnos un lugar en la casa del Padre. La Iglesia está llamada a testimoniar el Amor a través del amor, un amor - como decíamos antes – a la justa medida pero capaz de ir hasta el extremo. Como decía Juan Pablo II: “hoy la Iglesia necesita de testigos”. Ser testigo es asumir nuestro ser como bautizados, perteneciente al cuerpo de Cristo; es proclamar la gracia del Señor dónde nos encontremos. Es no poner cargas pesadas, con nuestras exigencias, a los demás cuando no somos capaces de hacer la mitad de lo que pedimos o pretendemos de los demás. Es no excluir a nadie, porque Dios no hace acepción de personas.
Pensemos que para la primera venida del Señor, Juan Bautista predicaba: ”enderecen, allanen el camino del Señor”, para la segunda venida, la parusía, nosotros tenemos que allanar este camino. Una cosa digo, sin la intención de meter miedo, de la primera venida hasta la fecha tuvimos tiempo y oportunidades, después de la segunda venida, ya tendremos tiempo ni oportunidades, todo debe ser hecho y asumido antes.
Pidamos a nuestra Madre de Pentecostés, para que nos anime a permanecer firmes y confiados de la misma manera que animó a los apóstoles y juntos podamos vivir un nuevo pentecostés en la Iglesia.