lunes, 19 de abril de 2010

EL MINISTERIO MISIONERO LAICO (I)


1. La iniciación del cristiano y el compromiso con el Reino de Dios

1.1 La misión de Jesús

La misión cristiana arranca de la vida y el mensaje de Jesús, con su visión de una comunidad universal de hombres iguales ante su Creador y Padre, el Dios que actúa en la historia para la salvación del género humano. El Evangelio, que es a la vez el mensaje de Jesús y el mensaje sobre Jesús de los primeros cristianos, está dirigido a todos los hombres, y desde el origen está libre de limitaciones sociales, nacionales, raciales o culturales. El centro de este mensaje es que Dios nos llama a la reconciliación por medio de su Hijo Jesús, en el que se cumple la alianza de Dios con los hombres, como anuncia en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor"(Lc.3, 18-19). Desde el origen hasta hoy, aunque haya habido de tiempo en tiempo motivos subordinados, el motivo de la misión ha sido el seguimiento a la petición de Jesús: "Id a todo el mundo y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado; y sabed que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo"(Mt. 28,19-20)

1.2. La Iglesia bautismal y la misión de Jesús

Hay que recuperar una concepción del bautismo como un acontecimiento que prolonga la historia de la alianza de Dios con su pueblo. El bautismo no debe ser comprendido fundamentalmente en su dimensión individualista, en virtud del cual el bautizado recibe la gracia de Dios y es hecho miembro de la Iglesia. Por el bautismo, Dios nos consagra para cumplir una misión, no para pertenecer a un grupo. Debe quedar claro que el bautismo es un acto de responsabilidad, de protagonismo y de compromiso, con todas las exigencias de la alianza con Dios. El bautismo, y los otros sacramentos de la iniciación cristiana, reconciliación, eucaristía y confirmación, deben implicar procesos personales de conversión en la que, superando la visión individualista de salvación personal, se alcance la visión mas global de participación en el plan de Dios, y por tanto todo cristiano iniciado se sentirá comprometido en la misión de Cristo, se sabrá responsable de anunciar la bondad de Dios y de trabajar por establecer su Reino entre todo el género humano.

Empujados por el Espíritu, el grupo inicial de los seguidores de Jesús sale de su seguridad del cenáculo para afrontar los dramas del hombre y de la historia. Nace así la Iglesia como depositaria y continuadora de la misión de Jesús. En los orígenes, junto al ministerio misionero itinerante, como el de Pablo y Bernabé, también los cristianos seglares extendieron el evangelio en sus contactos del día a día y en sus desplazamientos; no es un fenómeno nuevo. Pero después, y durante siglos, estos cristianos han sido considerados como menores frente al clero y a los religiosos; entre las razones se podrían citar la falta de formación y un modelo de Iglesia clerical, donde no era ya el bautismo el que daba protagonismo eclesial, sino la profesión de votos o el sacramento del orden; y probablemente también habrá contribuído el hecho de que esta situación resultaría mas cómoda a todos. Pero hoy ¿qué modelo de Iglesia queremos?, ¿qué tenemos que decir como laicos?

1.3 El renacimiento del misionerismo seglar

Ya en la edad moderna, la participación de los cristianos laicos en lo que ahora llamamos misión "ad gentes" comienza en el siglo XIX en las Iglesias protestantes; un ejemplo extraordinario lo tenemos en la labor evangelizadora y humanitaria del Dr. Livingstone, más conocido entre nosotros por su faceta exploradora. El renacimiento del misionerismo seglar en la Iglesia Católica surge en la década de los años 50 del siglo XX, en la que nacen las primeras asociaciones de laicado misionero. Desde entonces, ha ido creciendo y fortaleciéndose a lo largo de los años, al tiempo que se va produciendo un cambio en la valoración del fenómeno: hoy resulta que la misión universal en el nuevo milenio sólo será posible si realmente los laicos asumen su compromiso y su responsabilidad misionera. Todos los documentos del Magisterio de esta época sobre el tema misionero vienen resaltando este hecho. En Lumen Gentium 33 se trata ya de la participación de los seglares en la misión de la Iglesia como testigos y como instrumentos vivos. Y en la actividad misionera, la aportación de los laicos es absolutamente necesaria porque sin ellos el evangelio "no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo" (Ad Gentes 21). En el documento "La Misión ad gentes y la iglesia en España" publicado por la Comisión Episcopal de Misiones, se ha insistido en que la misión ad gentes no podrá ser delegada en unos pocos especialistas sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios.

Pero para que existan laicos misioneros se debe recuperar en toda su fuerza la centralidad del bautismo y adecuar a ello el modelo de Iglesia: una Iglesia Pueblo de Dios, una Iglesia Comunidad de Comunidades. En la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios, la Iglesia es ante todo las personas que la constituyen y su misión es responsabilidad de todos los bautizados. En la consagración bautismal está el origen del deber y del derecho de esta responsabilidad. La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino un deber-derecho basado en la dignidad bautismal. Los laicos cristianos son la Iglesia en el mundo, y los procesos de formación de la iniciación cristiana deben iluminarse con esa visión, para que los consagrados por el bautismo se inserten responsablemente en los problemas del mundo, considerándolos desde la perspectiva de la Alianza. Esta Alianza se humaniza y se hace posible en las Bienaventuranzas. La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la vida concreta personal y social del hombre; por tanto debe integrar el progreso humano, el desarrollo económico, la paz, la justicia, la lucha contra la pobreza y la opresión, el compromiso por la liberación frente a todo tipo de esclavitudes, la opción preferencial por los pobres y desfavorecidos,... (Documentos de Medellín y de Puebla, Evangelii Nuntiandi 30, Redemptoris Missio 58). Como dijo Juan Pablo ll ser misionero es ayudar al hombre a ser artífice libre de su propia promoción y salvación. No hay una "Evangelización verdadera" y "otras dimensiones de la Misión". Esta es una visión demasiado clericalista y occidentalista. La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo es una dimensión constitutiva del anuncio del Evangelio, y de esto dan testimonio los documentos de las Iglesias del sur, así como la experiencia de los misioneros.

Hoy de nuevo los bautizados creemos que el Espíritu de Dios está sobre nosotros, porque nos ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

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