domingo, 18 de abril de 2010

HOMILIA DOM. 3 TIEMPO PASCUAL Ciclo C

Episodio de la Primera lectura, Hechos 3



P. Adelino

La liturgia de este domingo tiene muchos símbolos que podríamos meditarlos, pero todo no podemos, esta es la ley de la vida, hay que saber elegir.
No nos olvidemos de los dos domingos anteriores que nos presentaban las dos pruebas de la resurrección de Jesús. Hoy nos deparamos con un factor que fue empezado la en el domingo 2 de este tiempo. Tomás necesitó tocar las llagas de Jesús para creer y testimoniar. Nos encontramos, entonces con la tercera característica para creer en la resurrección del Señor: es necesario la adhesión a la palabra de un testigo. Todos sabemos que la fe, aunque cada uno la sienta en el corazón, ella viene desde afuera, no es algo que nace de la nada, no se nace teniendo fe. Por eso San Agustín decía que “la fe entra por el oído”. Sólo cuando me dispongo a escuchar la voz de un testigo puedo creer y si el testigo es divino la Fe es escrita con mayúscula.
En este sentido tenemos la primera lectura que habla del testimonio de los discípulos ante el sanedrín. Pedro tomando la palabra dice: “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres… Nosotros somos testigos de que ustedes mataron a Jesús y Dios lo resucitó con su poder…” Creemos a partir del testimonio de Pedro y los demás apóstoles del Señor. Las palabras de Pedro me hace acordar de las palabras del Profeta Ezequiel, cuando en una situación semejante proclama: “yo y mi familia serviremos al Señor”. Significa servir, escuchar, estar atento a su voluntad, dejar que Dios obre en nuestra consciencia. No es que la palabra del hombre no tiene valor, sino que sólo la Palabra de Dios es recta, contiene la verdad y liberta al hombre (lo que reza el salmo).
El Evangelio de hoy no propone pensar también desde la obediencia. Los discípulos estaban pescando y fue una labor frustrante, sin peces, sin esperanzas y llena de cansancio. Jesús está a la orilla del lago y ellos no lo reconocen. Les piden que tiren la red a la derecha. Hay una versión que Pedro le dice a este extraño, “hemos trabajado toda la noche, pero en atención a tu Palabra la echaré”. Pensemos en nosotros, cuántas veces estamos cansados, sin ánimo de seguir la labor, sin estructuras para enfrentar las dificultades y se nos viene Jesús, no lo reconocemos y no escuchamos su voz. “En atención a tu palabra”, o sea, obedeciendo tu palabra volveré al mar. La obediencia nos ayuda a estar más cerca del Resucitado. Todos los santos dicen que no se peca por obedecer y nosotros sabemos que lo que nos lleva al pecado es la desobediencia. Infelizmente nos cuesta obedecer. Dios dice constantemente en el A.T. “obedezcan y todo les irá bien” y Jesús dice: “Felices los que escuchan mis Palabras y las ponen en práctica”. La obediencia nos acerca a la gracia de Dios.
Un dato interesante en el Evangelio es que Jesús dice, después que ellos lo reconocen, “vengan a comer”. Es la invitación mesiánica. En la mesa del Señor hay siempre un lugar… a la mesa del Señor todos somos invitados y tenemos un lugar. Hay una mesa abundante para que seamos saciados (Salmo 22). Dios no hace acepción de personas, Jesús tampoco. Nos ubiquemos en esta escena. Si fuéramos nosotros estaríamos rencorosos con Pedro por habernos negado. Jesús no. Pedro es el primer a ser recibido. Mientras nosotros nos manejamos desde lo negativo, Dios está siempre buscando lo positivo y devolviéndonos la dignidad de hijos, dándonos una nueva oportunidad, siendo paciente, distribuyendo su gracia y su paz.
En este sentido Jesús hace una catequesis con Pedro; hace un trabajo despejar la consciencia de Pedro, con las tres preguntas: “¿Pedro tú me amas más que a estos?” Es la misma pregunta que nos hace a nosotros todos los días: “¿Tú me amas más que a estos? Pensemos que Jesús nos pone delante del primer mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas”.
Ya estamos acostumbrados a relacionar las tres preguntas de Jesús a las tres negaciones de Pedro. Pero nos olvidamos que Pedro antes de negar al Señor ya le había declarado su amor, cuando Jesús anuncia su pasión: “Señor, no permitiremos que eso te pase, sino que estaremos contigo a dónde vayas, hasta la muerte si es necesario…” El trabajo que Jesús realiza es de levantar los ánimos a Pedro, es de hacerlo reconocer que es capaz de volver a amar, de reafirmar su amor, de vivir ese amor hasta el extremo.
“Pedro, tú me amas… apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas… apacienta mi rebaño”. Así como Pedro recobra las fuerzas para reafirmar su amor, Jesús reasume la propuesta de dejar a Pedro como Jefe de la Iglesia. Jesús quería que Pedro descubriera que es capaz de pasar de lo negativo de la negación a lo positivo del amor. Nosotros nos aferramos con mucha facilidad a las cosas negativas y Dios (Jesús) nos dice siempre que sigamos buscando lo positivo de todo. La liturgia de cuaresma decía: “olvídense de las cosas pasadas…” Es necesario percibir además que todo eso es fruto de la obediencia. Si Pedro contestara a este desconocido, al igual que nosotros en muchos momentos de nuestra vida, nada pasaría.
Jesús deja el primado de su Iglesia con Pedro. Somos llamados a obedecer al Sumo pontífice. Somos llamados a escuchar su voz como rebaño de Cristo que somos. Somos llamados a tomar consciencia de que somos iglesia y como iglesia tenemos un jefe, un superior, un sucesor de Pedro, que es sucesor de Cristo. Hay una expresión latina que dice: “Donde está Cristo, está Pedro; donde está Pedro está la iglesia” y Karl Ranner dice en unos de sus escritos sobre la iglesia que: “la Iglesia que pretendemos que sea, es lo que debemos asumir nosotros”. En otras palabras, somos iglesia y la iglesia será lo que yo soy. Sin perder su plano divino y santo, la iglesia es lo que somos. Por otro lado, significa que no podemos estar hablando de la iglesia en tercera persona. Si quiero una iglesia comprometida, más humilde, más igualitaria, más abierta es porque todavía yo no alcancé ninguna de estas cualidades. La iglesia es lo que soy, porque yo soy iglesia y reflejo la iglesia.
También quiero mencionar un hecho actual. La iglesia está siendo perseguida, calumniada, insultada denegrida en la persona del Papa. Nosotros como iglesia no nos cuestionamos, pero sí, cuestionamos al Papa en un montón de cosas. Pensemos que si el Papa es perseguido la iglesia es perseguida y yo soy perseguido, porque soy iglesia. Recemos por nuestro papa. Para que él permanezca fiel, seguro y hechor de la voluntad del Padre debemos rezar incansablemente por él.
Pidamos al Señor la capacidad de concientizarnos como Iglesia de Cristo y como iglesia digamos como Pedro, sí Señor tu sabes que te amo.
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Otros signos que se puede analizar:
La misión – simbolizado por el mar – echar las redes, somos llamados a navegar mar adentro.
La Iglesia – estamos todos en la misma barca, muchas veces cansados pero la presencia de Jesús nos anima y nos llena de gracias (milagro de la pesca)
Cordero – Jesús como cordero da la vida por nosotros, nosotros como iglesia debemos dar la vida por el Reino.

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