miércoles, 21 de abril de 2010

EL LAICO MISIONERO, UNA APROXIMACIÓN TEOLÓGICA (Parte 1)


Eloy Bueno de la Fuente,
Doctor en Misionología y
Decano de la Facultad de Teología del Norte de España, Sede de Burgos

EL DINAMISMO DE LA MISIÓN UNIVERSAL DE UNA IGLESIA BAUTISMAL
El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transformación desde el criterio del sueño de Dios y de la consumación escatológica, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad de la que hemos venido hablando: tanto en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios.

La Iglesia, en cuanto vive consciente y lúcidamente su origen bautismal, hace presente en el mundo la novedad de la Alianza. Más aún: para eso ha sido convocada y para eso existe. Desde la fidelidad a esta vocación originaria debe valorar su modo de actuación y debe discernir la articulación de sus actividades. Es ese componente bautismal el que le recuerda, como llamada permanente a la conversión, que nunca puede estrechar o limitar sus pretensiones y sus aspiraciones. Es por ello comprensible que desde su origen sea apostólica: porque está cimentada sobre los testigos de la resurrección y porque es enviada para que ese testimonio sea experiencia viva y concreta en todos los lugares de la tierra.

IGLESIA DE BAUTIZADOS: COMUNIDAD DE LA ALIANZA
El bautismo no es, a la luz de lo visto, un acto eminentemente individual. Pues es la Iglesia quien lo celebra. Ni siquiera basta decir que tiene como efecto introducir al bautizado como nuevo miembro. Al celebrar el bautismo sigue asumiendo, como comunidad de personas, el proyecto de la Alianza, en su apertura universal y en sus implicaciones ilimitadas. Por ello esa comunidad de bautizados es intrínse­camente misionera, con una misión sin fronteras, pues es lo que exige la Alianza.

La Iglesia es ante todo las personas que la constituyen. Y todas ellas -sin distinción alguna- han de asumir la responsabilidad de la misión. Por tanto toda comunidad eclesial que se sienta de modo efectivo protagonista de la misión y de la Alianza debe contemplarse, vivirse y organizarse desde dos coordenadas que merecen una mención explícita.

Esta doble coordenada, si se aplica a las personas concretas, dará origen a modalidades diversas de compromiso con la misión y con la Alianza. Ese es el espacio peculiar de los bautizados que llamamos "laicos". Lo decisivo sin embargo de su contribución peculiar arranca del bautismo en cuanto es modulado por las circunstancias.

LA IGLESIA SE EDIFICA PARA EL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN
La Iglesia, en cuanto realidad personal, es un edificio "de piedras vivas", pues cada uno de sus miembros es en verdad la Iglesia enviada como servidora y testigo de la nueva Alianza.

Pero por ser organismo vivo y realidad personal no se debe pensar que todos los bautizados son Iglesia de modo uniforme u homogéneo. Cada uno aporta su propia peculiaridad, pues cada uno ha recibido de un modo propio el don del Espíritu. Este don del Espíritu, en cuanto modulado por la propia experiencia creyente, es el carisma. Difícilmente se puede dar un bautizado sin carisma. También -y sobre todo- en el ámbito eclesial hay que recordar que no hay copias sino originales, porque cada carisma es peculiar, insustituible.

Lo mismo podemos decir de las vocaciones en la Iglesia. Cada uno ha sido llamado por su nombre, y por ello cada uno ha de responder personalmente, y de modo irremplazable, a la llamada que le ha sido dirigida. Hay diversidad de vocaciones y por ello modos diversos de situarse en la Iglesia y en sus responsabilidades. Algunas de ellas contienen rasgos semejantes, y por eso pueden ser denominadas con un término común (presbíteros, consagrados con votos, laicos que viven su vocación en las realidades mundanas). Pero lo decisivo es su ca­rácter cristiano, en cuanto se modula según las circunstancias y la vocación.

La variedad de carismas y de vocaciones deben ser valoradas desde su capacidad o potencialidad para desarrollar la misión de la Iglesia y la prolongación de la Alianza. El carisma tiene como objetivo la edificación de la Iglesia. Pero la Iglesia se edifica con el objetivo de servir fielmente a la misión de Dios. Por ello no puede haber vocación cristiana (tampoco entre los laicos) que se des vincule del dinamismo del proyecto universal de Dios que se va expresando a través de las diversas alianzas.

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