jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo - Día del Sacerdote


1.-El Buen Pastor

Las diversas analogías empleadas por Jesús para indicar su propia realidad (esposo, hermano, amigo...) se pueden resumir en la de Buen Pastor. Su ser, su obrar y su vivencia corresponden a esta realidad profunda:
-Es el Buen Pastor: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11). El yo soy, tan repetido en en evangelio de Juan, indica su ser más profundo de Hijo de Dios hecho hombre, «ungido y enviado» por el Padre (Jn 10,36) y por el Espíritu Santo (Lc 4,18).
-Obra como Buen Pastor: llama, guía, conduce a buenos pastos, defiende (Jn 10,3ss), es decir, anuncia la Buena Nueva, se acerca a cada ser humano para caminar con él y para salvarlo integralmente.
-Vive hondamente el estilo de vida de Buen Pastor, que conoce amando y que «da la vida por las ovejas» (Jn 10,11ss), como donación sacrificial según la misión y mandato recibido del Padre (Jn 10,27-18.36).

Las actitudes internas de Cristo Buen Pastor arrancan de su ser y se expresan en su obrar comprometido. Su interioridad (espíritu o espiritualidad) es su camino o vida de donación total:
-amor al Padre en el Espíritu Santo,
-amor a los hermanos,
-dándose a sí mismo en sacrificio.

Cristo es el camino y se hace protagonista del camino humano con su caridad de Buen Pastor:
-no se pertenece porque su vida se realiza en plena libertad según los planes salvíficos del Padre (obediencia),
-se da a sí mismo, sin apoyarse en ninguna seguridad humana, aunque usando de los dones de Dios para servir (pobreza),
-ama responsablemente, como consorte de la vida de cada persona, haciendo que todo ser humano se realice sintiéndose amado y capacitado para amar en plenitud (virginidad).

2. Cristo Mediador, Sacerdote y Víctima

Cuando decimos que Cristo es Sacerdote y Víctima queremos indicar que es responsable de los intereses del Padre y protagonista de la historia humana, hasta hacer de su propia vida una donación total.

El ser y la existencia de Cristo pertenecen totalmente a los designios salvíficos de Dios sobre el hombre. Es el «ungido y enviado» (Lc 4,18; Jn 10,36) para la redención o rescate de todos los hombres (Mc 10,45; Mt 20,28).

El sacrificio sacerdotal de Cristo consiste en una caridad pastoral permanente, que se traduce en una obediencia al Padre, desde el momento de la encarnación (Heb 10,5-7) hasta la muerte en la cruz y la glorificación (Fil 2,5-11). Su humillación (kenosis) de la encarnación y de la muerte se convierte en glorificación suya y de toda la humanidad en él.

El sacrificio de Cristo se realiza desde la encarnación y tiene su punto culminante en el misterio pascual de su muerte y resurrección. Así lleva a plenitud el sacerdocio y el sacrificio de todas las religiones naturales y particularmente del Antiguo Testamento. Cristo es Sacerdote, templo, altar y víctima como:
-Sacrificio de Pascua (Ex 12,1-30)
-Sacrificio de Alianza (Ex 24,4-8)
-Sacrificio de propiciación o de perdón y expiación (Lev 16,1-6).

Cristo se manifiesta así:
-con su ser sacerdotal de ungido y enviado, como Hijo de Dios hecho hombre (Heb 5,1-5),
-con su actuar o función sacerdotal, como responsable de los intereses de Dios y de los hombres, hasta dar la vida en sacrificio por ellos (Heb 9,11-15),
-con su estilo o vivencia sacerdotal de caridad pastoral, que, conjuntamente con su ser y actuar, le hace sacerdote perfecto, santo, eficaz y eterno (Heb 7,1-28).

3. Jesús prolongado en su Iglesia, Pueblo sacerdotal

La Iglesia es una comunidad o Pueblo sacerdotal, como templo de Dios, donde se hace presente y se ofrece el sacrificio de Cristo piedra angular y fundamento (1Cor 1,10-16; 2Cor 6,16-18; Ef 2,14,22; +LG cap.II). En la comunidad eclesial Cristo prolonga su presencia (Mt 28,20), su palabra (Mc 16,15), su sacrificio redentor (Lc 22,19-20; Cor 11,23-26) y su acción salvífica y pastoral (Mt 28,19; Jn 20,23). La Iglesia, como signo transparente y portador de Jesús y como Pueblo sacerdotal:
-anuncia el misterio pascual de su muerte y resurrección,
-lo celebra haciéndolo presente,
-lo transmite y comunica a todos los hombres (Act 2,32-37; 2,42-47; 4,32-34).

En la Iglesia existe una triple consagración sacerdotal, que hace participar del sacerdocio de Cristo en grado y modo diverso:
-El sacramento del bautismo, que incorpora a Cristo Sacerdote para poder actuar en el culto cristiano participando en su ser, obrar y vivencia sacerdotal.
-El sacramento de la confirmación, que hace de la vida un testimonio audaz (martirio), especialmente en los momentos de dificultad (fortaleza), de perfección y de apostolado.
-El sacramento del orden, que da la capacidad de obrar en nombre y en persona de Cristo Cabeza, formando parte del sacerdocio ministerial (jerárquico) o ministerio apostólico de los Apóstoles.

4.- El sacerdocio común de todo creyente

El sacerdocio común de los fieles o de todo creyente es el que corresponde básicamente a toda vocación y estado de vida, por haber recibido el bautismo (y confirmación). Cada creyente, según su propia vocación, realizará básicamente este sacerdocio en relación a la eucaristía y al mandato del amor, pero con matices diferentes:
-de presidencia en la comunidad (sacerdocio ministerial),
-de signo fuerte o estimulante de la caridad (vida consagrada),
-de inserción en el mundo (laicado).

La diferencia entre las diversas participaciones en el sacerdocio de Cristo indica mutua relación de servicio y de caridad, sin diferencia de privilegios y ventajas humanas.

Podemos distinguir en esta particiáción del sacerdocio de Cristo tres aspectos: el ser, el obrar y el estilo de vida.

Del ser deriva el obrar y la exigencia de una vida santa.

Aunque todos son miembros del Pueblo de Dios (laicos), dedicados al servicio de Dios (consagrados) y partícipes del único sacerdocio en Cristo (sacerdotes), acostumbramos a calificar con estos títulos a los cristianos que tienen una vocación peculiar de:

-Laicado: «A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios» (LG 31). Son, pues, fermento de espíritu evangélico en las estructuras humanas, desde dentro, en comunión con la Iglesia para ejercer una misión propia (+LG 36; AA 2-4; GS 43).

-Vida consagrada: Es signo fuerte de las bienaventuranzas y del mandato del amor, a modo de «señal y estímulo de la caridad» (LG 42), por medio de la práctica permanente de los consejos evangélicos (+LG 43-44; PC 1). Las personas llamadas a esta vocación «son un medio privilegiado de evangelización» porque «encarnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas» (EN 69).

-Sacerdocio ministerial: Es signo personal de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, a modo de «instrumento vivo» (PO 12), para obrar «en su nombre» (PO 2) y servir en la comunidad eclesial, como principio de unidad de todas sus vocaciones, ministerios y carismas (PO 6.9).

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