lunes, 21 de junio de 2010

Capítulo Uno

1. Un Pentecostés permanente
El Cardinal Ratzinger ha dicho que «la Iglesia es un Pentecostés permanente, no una racionalización permanente». Pues bien, esto es lo que descubrimos ante todo en el libro de los Hechos: Pentecostés es el acontecimiento que pone en marcha a la Iglesia como comunidad de los hombres nuevos que, habiendo sido transformados por el Espíritu, son capaces de testimoniar a Cristo y la novedad de vida aportada por Él. Más aún, los Hechos de los Apóstoles manifiestan que no se da un único Pentecostés: el Espíritu Santo se derrama sin cesar sobre las personas y comunidades. Se da un Pentecostés permanente. Es una Iglesia que vive en Pentecostés.

A la luz de estos datos y de la afirmación de Ratzinger es obligado preguntarnos si no será ésta una de las causas principales –por no decir la principal– de la debilidad de nuestras comunidades. Se dice que el Espíritu Santo es el gran desconocido; ahora bien, si el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia (cf. Prefacio de Pentecostés), el que anima y vigoriza a la Iglesia, una Iglesia –parroquia, comunidad, etc., o un cristiano– que no vive una relación profunda con el Espíritu Santo es una Iglesia –o un cristiano– desanimada y sin vigor. En lugar de ser un Pentecostés permanente, se convierte en una racionalización permanente, vive y actúa no según el impulso divino del Espíritu, sino según su lógica natural, sus planes «razonables» y sus fuerzas humanas; deja de ser luz del mundo y sal de la tierra y se queda en una institución humana más, con sus mismos límites, con sus mismos defectos, incapaz de cambiar el mundo, pues sólo el soplo divino del Espíritu renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104,30).

Ocurre hoy a muchos cristianos lo mismo que a aquellos discípulos de Juan Bautista que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo (Hch 19,2) ; no tenían conocimiento ni experiencia de su acción. Y sin embargo, cuando Pablo les anunció a Cristo y les impuso las manos, recibieron el Espíritu y se pusieron a profetizar (19,4-7). También hoy puede y debe darse una renovada efusión del Espíritu que convierta a los cristianos en testigos valientes de Cristo y les impulse a anunciarle a los que no le conocen.

Recojamos más en detalle del libro de los Hechos los datos que nos hacen descubrir la Iglesia como un Pentecostés permanente.

La promesa del Padre (1,1-8)

El libro de los Hechos se abre con las palabras de Jesús Resucitado a los apóstoles en que les manda permanecer en Jerusalén aguardando la promesa del Padre que Él mismo les había transmitido.

La promesa consiste en «ser bautizados en el Espíritu Santo» (v. 5). Ya Juan Bautista había anunciado al Mesías como aquel que bautizaría «con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16). Bautizar significa etimológicamente «sumergir», «inundar», «colmar». Jesús, que es el Mesías, el Ungido, y está «lleno de Espíritu Santo» (Lc 4,1), a su vez «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). No lo da tacañamente. Colma a los suyos de Espíritu Santo. Si desde tiempos de Noé la humanidad había quedado sumergida en el pecado, ahora va a ser inundada de Espíritu Santo; sólo así encontrará la salvación. De hecho, el día de Pentecostés se constatará que «quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (2,4), que el «viento impetuoso» «llenó toda la casa –¿la Iglesia?– en que se encontraban» (2,3).

En realidad, esta promesa (cf. 2,33. 39) no sólo había sido manifestada por Jesús. Ya en el A.T. los profetas habían anunciado el don del Espíritu como una característica de los tiempos mesiánicos (Is 32,15; Ez 36,26-27; 37,14; Jl 3,1-2). Y efectivamente, llegado el Mesías, se derrama el Espíritu. Lo que Jesús realiza desde el día mismo de Pascua (Jn 20,22), desde el momento en que es glorificado (Jn 7,39), lo realizará con toda abundancia el día de Pentecostés.

Volviendo al capítulo 1 de Hechos, vemos que Jesús especifica aún más en qué consiste la promesa del Padre. Ante la actitud de los discípulos, preocupados por la restauración del Reino de Israel, Jesús les reprocha sus miras todavía demasiado rastreras y les transmite la única seguridad que debe bastarles: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (1,8).

El Espíritu Santo es calificado como «fuerza» (dynamis) que desciende sobre ellos. Ya al final del evangelio Jesús había insistido a los discípulos en que permanecieran en Jerusalén «hasta ser revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Sólo así podrán ser testigos de Cristo hasta los confines de la tierra. Para la misión confiada las fuerzas humanas no sirven (recordemos a los apóstoles encerrados por miedo a los judíos). Sólo un poder sobrehumano, divino, que los inviste desde lo alto, que los sumerge y anega, puede capacitarlos para semejante misión.

Por lo demás, el objetivo principal –y en cierto modo único– de la venida del Espíritu parece ser éste: constituirlos en testigos, capaces de anunciar a Cristo. Esta parece la finalidad a la que todo se orienta, como por lo demás irá apareciendo a lo largo del libro. El Espíritu no se otorga para el mero disfrute personal, sino para la misión, para la evangelización.

La gran cosecha (cp. 2)

La fiesta judía de Pentecostés, o «fiesta de las semanas» (Ex 34,22; Nm 28,26), concluía el tiempo de la cosecha, que comenzaba con la fiesta de Pascua y duraba siete semanas. Era una fiesta de gozo que expresaba la gratitud a Dios por la bendición de las mieses cosechadas (Dt 16,9s).

Pues bien, el Pentecostés cristiano es también fiesta de cosecha y abundancia. Cristo es el sembrador que ha contemplado los campos dorados para la siega, pero ha dejado a otros el gozo de recoger el fruto de su siembra (Jn 4,35-38). Más aún, Él mismo es el grano que caído en tierra da fruto abundante (Jn 12,24). Pentecostés es la gran cosecha de la siembra y del sacrificio de Cristo. De hecho, ese mismo día aceptaron la Palabra y fueron bautizados unos tres mil (2,41). Sí, verdaderamente «los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Sal. 126,5). La venida del Espíritu se muestra de manera inmediata inmensamente fecunda.

De esta manera, Pentecostés constituye el nacimiento de la Iglesia. Si ya Cristo la había instituido eligiendo a los Doce y poniendo a Pedro como cabeza (Mc 3,13-19; Mt 16,18-19), y la había «engendrado» en la cruz, ahora es dada a luz por la fuerza del Espíritu. Los que estaban escondidos por miedo a los judíos se manifiestan públicamente y la comunidad inicial –unos 120: 1,15– experimenta un crecimiento extraordinario.

Surge así el nuevo pueblo de Dios como una nueva creación (cf. 2 Cor 5,17). Si al inicio de la historia Yahveh Dios había insuflado al barro del suelo su propio aliento para convertirlo en hombre, en ser viviente (Gn 2,7), ahora, el Espíritu Santo, aliento de Cristo Resucitado (Jn 20,22) viene sobre la humanidad para convertirla en humanidad nueva, recreada y regenerada. Se cumplen así los anuncios de los grandes profetas: la multitud de huesos muertos y secos es resucitada por el soplo vivificante del Espíritu divino (Ez 37,1-14).

Se establece una alianza nueva. Si en la alianza del Sinaí Israel fue constituido como «reino de sacerdotes y nación santa» (Ex 19,6), el don del Espíritu consagra a la Iglesia como pueblo santo «adquirido para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2,9). El Espíritu Santo es dado a cada creyente como Ley nueva que desde dentro le capacita y le impulsa a cumplir la voluntad del Padre (cf. Jer 31,33; Ez 36,26-27; Rom 8,1-4).

Pentecostés es el bautismo de la Iglesia. De modo semejante a como Jesús recibió una unción especial del Espíritu en el bautismo para iniciar la predicación y la vida pública (Lc 3,21-22), también la Iglesia, Cuerpo de Cristo, recibe en Pentecostés su «bautismo en el Espíritu» (1,5). Así la Iglesia es «ungida», hecha «cristiana», y capacitada para la misión de ser testigo de Cristo hasta los confines de la tierra. Del mismo modo que Jesús recibe el Espíritu estando en oración (Lc 3,21), también la Iglesia se abre por la oración al don del Espíritu (1,14).

Por tanto, si la Iglesia es «creada» en Pentecostés, es «constituida» por el don del Espíritu, podemos afirmar que una Iglesia –comunidad, parroquia, etc.– sin Pentecostés se desnaturaliza, se profana y se vuelve infecunda. Sin la acogida gozosa y consciente del Espíritu ya no es la Iglesia de Cristo. Sin el Espíritu es como un cuerpo sin alma; vuelve a ser una muchedumbre de huesos secos: sin vida y sin capacidad de vivificar. Pues sólo el Espíritu vivifica (Jn 6,63; 2 Cor 3,6).

Defensa y consuelo en la persecución (4,23-31)

En la narración de los Hechos encontramos un segundo Pentecostés en el capítulo cuarto. Tras la curación del tullido y el consiguiente discurso de Pedro al pueblo (cp. 3), Pedro y Juan son conducidos al Sanedrín –suprema institución religiosa y civil en Israel– para ser juzgados. Ante la evidencia del milagro, el Sanedrín no se atreve a castigarlos, pero sí les amenaza y les prohibe hablar o enseñar en nombre de Jesús.

Una vez liberados, se reúnen con la comunidad. Después de contarles lo sucedido, «todos a una elevaron su voz a Dios» (v. 24). Oran intensamente y buscan luz en la palabra de Dios para entender lo que está sucediendo. Con la ayuda del Salmo 2 caen en la cuenta de que, lo mismo que la oposición de Herodes y Pilatos no estorbó el cumplimiento de los planes de Dios sobre Jesús, tampoco las dificultades de ahora pueden impedir la misión de la Iglesia. La persecución está integrada en el plan de Dios, de tal modo que, lejos de estorbar, contribuye a su cumplimiento (tendremos ocasión de comprobarlo).

Por eso, no piden a Dios que cesen las dificultades, sino valentía para predicar la Palabra en medio de ellas (v. 29). Son conscientes de que las dificultades les sobrepasan, pero también de que ellos están bajo el control de Dios. De ahí que pidan ser revestidos de nuevo del poder de Dios para afrontar las dificultades y sacar adelante su misión. Ni piden que desaparezcan las dificultades, ni huyen de ellas buscando en la oración un consuelo intimista que en el fondo es claudicación. Van a la oración para entender los planes de Dios y recibir fuerzas para continuar el combate en primera fila.

Y la respuesta no se hace esperar: «acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía». Un nuevo Pentecostés que capacita y fortalece para la misión.

La Iglesia, ante las dificultades, necesita nuevas y repetidas efusiones del Espíritu. Sin ellas se encogerá y dejará de afrontar los grandes retos que la esperan en toda época y lugar. Sin el Espíritu no encontrará la fuerza para llevar adelante su misión. Sin el poder de lo alto dejará de testimoniar a Cristo y su Palabra, claudicará y pactará con el mundo vendiendo su primogenitura por un plato de lentejas (cf. Gen. 25,29-34)

El Pentecostés de los gentiles (cp. 10)

El anuncio del evangelio a los paganos fue un nuevo triunfo del Espíritu.

La primera comunidad cristiana –la comunidad de Jerusalén– estaba compuesta de judíos convertidos. Para ellos no había contradicción entre su fe y su práctica judías (de hecho siguen participando en la oración del templo: 2,46; 3,1) y la nueva fe en Jesús.

Pero para ellos suponía un cambio de mentalidad muy fuerte dar el paso de predicar a los paganos. El judaísmo de la época era bastante estrecho: Israel vivía con la orgullosa conciencia de ser el pueblo elegido, mientras que los gentiles eran por definición pecadores (cf. Ga 2,15; Ef 2,11-12). Más aún, un judío no podía sentarse a la mesa con ellos ni entrar en su casa, pues al ser impuros según la Ley, al no estar circuncidados, el judío que trataba con ellos quedaba también manchado, contaminado.

Entendemos así las resistencias de Pedro (10,14) y de la primera comunidad en general, así como los reproches que hubo de recibir cuando supieron que Pedro había entrado en casa de paganos y había comido con ellos (11,2-3).

Podemos decir que el Espíritu mismo hubo de allanar las dificultades, cambiando la mentalidad de Pedro, para que aceptara visitar la casa del centurión Cornelio (10,19-20; 11,12). Una vez allí, sin haberlo previsto, a la vista de la buena disposición y deseo de Cornelio y los suyos, Pedro les anuncia la Buena Nueva (10,34ss). Lo hace como a pesar suyo y en contra de su mentalidad de judío observante.

Y entonces acontece algo grandioso. El mismo Espíritu que había impulsado a Pedro a entrar en casa de paganos y a predicarles la Palabra, se derrama ahora sobre esos incircuncisos impuros. Se repite el primer Pentecostés. Reciben el Espíritu exactamente igual que los apóstoles y los primeros discípulos judíos (10, 46-47; 11,15-17). Los acompañantes de Pedro se quedan sorprendidos y atónitos (10,45) ante lo inesperado del acontecimiento. Y el propio Pedro entiende que tiene que obedecer –como ha hecho hasta ahora– a este Dios que toma la iniciativa y se adelanta; y se apresura a bautizar a los que ya han recibido el Espíritu.

Los hombres somos inevitablemente esclavos de nuestras concepciones, de nuestros esquemas y previsiones. Pero a lo largo de la historia cada nueva efusión del Espíritu derriba muros y abre caminos nuevos a la Iglesia y al Evangelio. A nosotros nos toca permanecer atentos y abiertos a esa acción del Espíritu que sorprende sin cesar y toma la iniciativa desbordando nuestros esquemas. Sólo en esta apertura a la acción del Espíritu podremos entender y secundar el plan de Dios en cada época y lugar.

Otras efusiones del Espíritu

En los casos que hemos visto, el Espíritu se derrama estando la comunidad en oración o bien con ocasión de la predicación del Evangelio. Pero hay en el libro de los Hechos otras efusiones del Espíritu sobre grupos de personas mediante el gesto de la imposición de manos.

La imposición de manos es un modo de expresar y realizar la transmisión de una gracia o un carisma. A veces es un gesto de bendición (Mt 19,13.15). Con frecuencia es el medio que Jesús utiliza para curar (Mc 6,5; Mt 9,18; Lc 4,40) y que utilizarán también los discípulos (Mc 16,18; Hch 9,12; 28,8). En los Hechos aparece varias veces como gesto para transmitir la plenitud del Espíritu (8,16-19; 9,17-18; 19.5-6) o para consagrar a alguien para una misión determinada (6,6; 13,3).

Cuando Felipe predica en Samaria, muchos aceptaron la Palabra, se convirtieron a Cristo y fueron bautizados. Al tener conocimiento de ello los apóstoles de Jerusalén, enviaron a Pedro y a Juan. Estos «bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo» (8,15). Y «entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (8,17).

Del mismo modo, cuando Pablo encuentra en Efeso un grupo de doce discípulos que sólo han recibido el bautismo de Juan, les anuncia la Buena Nueva, los bautiza en nombre del Señor Jesús y «habiéndoles Pablo impuesto las manos vino sobre ellos el Espíritu Santo» (19,6). El efecto externo y visible es similar a lo ocurrido en el primer Pentecostés (2,4) y en el Pentecostés de los gentiles (10,46): «Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar».

El propio Pablo había recibido la efusión del Espíritu. Después del fulgurante encuentro con el Resucitado, permanece ciego. Entonces, estando en Damasco, es enviado un discípulo –en este caso no es un Apóstol– un tal Ananías, que le impone las manos para que sea llenado por el Espíritu Santo (9,17).

El mismo gesto se repite –aunque sin mencionar explícitamente la efusión del Espíritu– cuando, tras la elección de los siete, fueron presentados a los apóstoles y éstos les impusieron las manos (6,6), y cuando después de haber elegido –por indicación del Espíritu– a Bernabé y a Saulo para la primera misión entre los gentiles, igualmente «les impusieron las manos y los enviaron» (13,3).

Vemos, por tanto, que Cristo glorificado a la derecha del Padre derrama el Espíritu (2,33) sin medida sobre su Iglesia: la constituye, la crea, la fortalece en las dificultades, le abre los caminos de la misión... La Iglesia vive del Espíritu Santo. La Iglesia no puede sostenerse ni cumplir su misión sin la permanente efusión del Espíritu.

A la luz de los Hechos, se puede afirmar que prácticamente se identifican convertirse, creer en Cristo, ser bautizado y recibir el Espíritu Santo (2,38). Es inconcebible un cristiano que no esté repleto del Espíritu.

Y de manera particular los que reciben una misión especial en la Iglesia necesitan singularmente ser robustecidos por la gracia del Espíritu Santo para estar a la altura de su misión.

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