jueves, 24 de junio de 2010

Capítulo Cuatro

4. El poder de la oración.
Los evangelistas –particularmente San Lucas– habían mostrado a Jesús en oración y habían recogido sus abundantes enseñanzas acerca de la oración. El libro de los Hechos nos muestra también una Iglesia orante, una comunidad profundamente enraizada en la oración. Tanto la comunidad como los individuos oran sin cesar, cumpliendo así el mandato de Jesús.

Nos encontramos sin duda ante otra de las claves fundamentales de la Iglesia primitiva. Una Iglesia que ora es una Iglesia que vive en la dependencia de su Señor, lo mismo que Jesús había vivido en la dependencia del Padre. No percibimos en los Hechos una Iglesia autosuficiente, segura de sí misma y de sus medios, sino una Iglesia que en su debilidad se sostiene en el poder de Dios. La oración es su respiración cotidiana.

Y la oración es también su fuerza. La comunidad cristiana primitiva experimentó el poder de la oración, la eficacia que Jesús había prometido a la súplica hecha en su nombre con fe y humildad. La Iglesia de los Hechos se experimentó milagrosamente sostenida por la oración que la hacía fuerte en medio de la debilidad.

A la espera del don de lo alto

Es significativo que lo primero que presenta San Lucas, después de narrar la ascensión de Jesús, es el grupo de los 120 en oración (1,14). Es la respuesta concreta a la indicación del Señor de que aguardasen la Promesa del Padre (1,4), es decir, el Espíritu Santo prometido.

Ese grupo inicial tiene experiencia sobrada de la hostilidad de los judíos que ha provocado la muerte de Jesús; de ahí que, incluso después de la resurrección, permanezcan atrincherados, «con las puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20,19).

Pero sobre todo tienen experiencia de su propia debilidad. El evangelista Marcos se encarga de recordarnos que en el momento del prendimiento de Jesús «todos le abandonaron y huyeron» (Mc 14,50). Y el mismo Pedro le niega reiteradamente (Mc 14,66-72).

Ahora sólo pueden abrirse al don de lo alto, que los capacitará para cumplir una misión sobrehumana que los desborda por todas partes. Pues sólo siendo revestidos de poder desde lo alto (Lc 24,49) podrán ser testigos de Cristo hasta los confines de la tierra (1,8). La oración de este grupo inicial es una oración desde la pobreza: la oración de quien, careciendo de todo, espera todo de lo alto.

El don del Espíritu en Pentecostés es cumplimiento de la promesa de Cristo, pero también es en cierto modo respuesta a la oración humilde y confiada de los discípulos. Con el dato de que estaban reunidos «en un mismo lugar» (2,1), San Lucas parece evocar la «estancia superior» (1,13) donde los Doce, con María, algunas mujeres y otros hermanos «perseveraban en la oración» (1,14).

La Iglesia de toda época y lugar, en cualquier circunstancia y dificultad, siempre tiene posibilidad de abrirse por la oración al don de lo alto. No se nos pide tener una respuesta para todo. Cristo no reclama de nosotros ser una especie de superhombres. Quiere que estemos dispuestos a dejarnos revestir constantemente del poder desde lo alto. Sólo una Iglesia que ora puede ser de nuevo inundada por el Espíritu, pues el Espíritu sólo se recibe en oración.

Ante la persecución (4,23-31)

Tras la prohibición de hablar de Jesús (4,18) y las amenazas recibidas por parte del Sanedrín (4,21), el camino de la Iglesia parece quedar bloqueado. Es verdad que los apóstoles están decididos a obedecer a Dios antes que a los hombres, conscientes de que no pueden callar lo que han visto y oido (4,19-20). Pero no es menos cierto que esa prohibición choca de frente con la misión recibida de Jesús (1,8) y parece impedir su realización.

Es significativa la reacción de la comunidad: nada de quejas, ni de lamentos, ni de desánimos. La reacción unánime es acudir al Señor, su única fortaleza y apoyo: «al oirlo, todos a una elevaron su voz a Dios» (4,24). La comunidad reacciona orando.

Y es significativo también el contenido de esa oración. Ante todo, miran a Dios a quien contemplan como dueño soberano de todo, como creador de todo lo que existe (4,24). Instalados en la omnipotencia de Dios, pueden afrontar con serenidad la situación de persecución que están padeciendo.

A continuación, con la ayuda de la Palabra de Dios –concretamente el Salmo 2–, buscan luz para entender esa situación. Y la encuentran, desde la Palabra y sobre todo desde la experiencia del propio Jesús: también Jesús encontró oposición para realizar su misión por parte de Herodes y Pilatos, y la persecución de que fue objeto se prolonga ahora en la Iglesia. Del mismo modo que Herodes y Pilatos no obstaculizaron los planes de Dios, sino que –sin saberlo– contribuyeron a su realización, tampoco ahora la persecución impide que la Iglesia cumpla la misión recibida de Cristo. La persecución está integrada en el plan de Dios (4,25-28).

Entendido el sentido de lo que está ocurriendo, no piden que desaparezcan las dificultades, ni que los enemigos sean aniquilados, sino simplemente valentía para seguir predicando la Palabra en medio de la persecución (4,29-30). Una vez convencidos de que la persecución no va a obstaculizar el avance del Evangelio, sólo piden ser revestidos de nuevo de poder desde lo alto. No les importa ser ellos perseguidos, sino que el Evangelio pueda ser predicado a todos.

El fruto de la oración es un nuevo Pentecostés que les hace de hecho predicar la Palabra de Dios con valentía (4, 31). La oración ha derribado el muro. No sólo les ha dado luz para entender el sentido de lo que sucede: sobre todo les ha otorgado la fuerza divina del Espíritu para transformar esa situación.

Así sucede a cada paso de la Iglesia peregrina. Sin la oración quedamos desconcertados por las dificultades, caemos en el desánimo y nos sentimos derrotados por ellas. La oración, en cambio, nos abre a entender los misteriosos planes de Dios y, sobre todo, nos pone en conexión con el poder infinito del Señor. La oración es el arma poderosa otorgada a la Iglesia, gracias a la cual es fuerte en la debilidad (cf 2 Cor 12,8-10).

Ante las decisiones importantes

Cuando se trata de elegir el sustituto de Judas, se nos dice: «Entonces oraron así: "Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cual de estos dos has elegido"» (1,24).

Para completar el número de los Doce no basta el discernimiento, que también realizan y es necesario. No bastan las luces humanas, aunque sean de toda la comunidad. Son conscientes de que no eligen ellos, sino Dios, y a ellos los toca acertar con el que Dios ha elegido. Son conscientes de que sólo Dios conoce los corazones y que muchas veces las apariencias externas engañan. Por eso oran: «Muéstranos a quién has elegido». Así queda patente no la iniciativa humana, sino la divina.

También la primera gran misión a los gentiles brota de la oración: «Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: "Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado"» (13,2).

En este caso no se nos dice que hubiera una cuestión sometida a discernimiento. Parece una iniciativa total y absoluta del Espíritu, pero que es captada precisamente mientras se encuentran en oración. El cómo se ha entendido la voz del Espíritu puede haber sido a través de alguno de los que en el versículo anterior enumera como «profetas» (13,1).

Vemos aquí a la Iglesia primitiva a la escucha del Espíritu mediante la oración. Sólo en la oración se puede discernir con certeza y sin error la voluntad de Dios. Y sólo en la oración se pueden captar las mociones del Espíritu que constantemente sorprende y abre caminos nuevos a la misión de la Iglesia...

Un caso claro de esto es la entrada en la Iglesia de la primera familia pagana: la conversión del centurión Cornelio y los de su casa (cp. 10). Pues aquí la oración parece ser el motor de todo lo sucedido.

Ya hemos visto las dificultades de los judíos para la evangelización de los paganos. Sin embargo, la oración derriba los obstáculos y prepara el camino tanto en el evangelizador como en los evangelizados. Cornelio es un hombre piadoso, simpatizante del judaísmo y que ora mucho; precisamente estando en oración entiende que tiene que hacer venir a Pedro y obedece inmediatamente a lo que Dios le ha inspirado (10,1-8).

Mientras los enviados de Cornelio están de camino, también Pedro se encuentra en oración, y sin que él sepa nada de lo que va a suceder Dios mismo le prepara para acoger a esos paganos y para marchar con ellos (10,9-16). Pedro acabará anunciándoles a Cristo y ellos recibirán el Espíritu Santo y serán bautizados.

La oración ha preparado al evangelizador y a los evangelizados para ese paso de tanta trascendencia en la Iglesia primitiva, sin que ellos sepan cómo. La oración ha abierto camino a la evangelización de manera inesperada y sorprendente. Desde su lógica y sus esquemas mentales, los apóstoles quizá nunca hubieran dado ese paso. En cambio, al abrirse radicalmente a Dios por la oración, han permitido que Dios mismo preparase mentes y corazones para dar ese salto cualitativo, impensable desde la mentalidad judía de la época.

La oración nos abre, y nos mantiene abiertos, a los planes de Dios, desconocidos para nosotros en gran parte, y misteriosos, pues superan nuestra lógica y nuestros esquemas mentales. La oración nos dispone a acoger la acción sorprendente de Dios, que nos conduce muchas veces por caminos que no entendemos y hacia metas que escapan a nuestro control.

Para el envío misionero

Hemos visto cómo el envío de Pablo y Bernabé para la primera gran misión se discierne y se decide en oración. Pero una vez tomada la decisión, el texto continúa: «después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron» (13,3).

También hemos visto que la comunidad se siente responsable de la misión. Y lo hace sobre todo sosteniendo a los misioneros con la oración. Unos parten, la mayoría se quedan; pero todos oran y ayunan con insistencia y fervor para que los evangelizadores puedan realizar con fruto esa misión realmente sobrehumana. Con este gesto los encomiendan a la gracia de Dios (14,26; 15,40). La misión se apoya en la oración. Sólo después de haber ayunado y orado los envían. Los misioneros parten apoyados en el Señor y sostenidos y confortados por la oración de la Iglesia.

También tras la elección de los siete, se nos refiere que los apóstoles «habiendo hecho oración, les impusieron las manos» (6,6). Han recibido una misión que ha de ser arropada con la oración. Por muy material que parezca –en este caso, el servicio de las mesas– toda misión en la Iglesia es sagrada. La oración lo pone de relieve, a la vez que implora la gracia para que quien la ha recibido la realice en el espíritu de Cristo.

A medida que el Evangelio se va extendiendo, es preciso instituir responsables en las nuevas comunidades que surgen. En la primera misión, después de evangelizar Antioquia de Pisidia, Listra, Iconio, Derbe, «designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído» (14,23). Toda misión en la Iglesia tiene un carácter netamente sobrenatural y sólo puede cumplirse adecuadamente vivificada por la oración.

Después del impresionante discurso a los presbíteros de Efeso, que suena a testamento, Pablo se despide de ellos en Mileto con la convicción de que no volverá a verlos. Pero antes de despedirse, nos refiere Lucas: «Dicho esto, se puso de rodillas y oró con todos ellos» (20,36). En este caso no es tanto oración «por» ellos cuanto oración «con» ellos. Oran juntos encomendando al Señor aquellas comunidades, a sus responsables, y al propio Pablo, a quien aguardan «prisiones y tribulaciones» (20,23).

Perseveraban en la oración (1,14; 2,42)

Esta actitud en que hemos sorprendido al grupo inicial de discípulos (1,14) es la que nos presenta también Lucas como una característica de la primera comunidad (2,42). La oración impregna toda la vida de la Iglesia primitiva. Oran las comunidades y oran los individuos. Constatamos que se trata de una Iglesia en oración, literalmente colgada del poder de Dios.

Saulo está en oración cuando ve que un tal Ananías le impone las manos para devolverle la vista (9,11-12). Y el propio Ananías debía estar en oración –aunque no se diga explícitamente– cuando percibe la llamada del Señor a ir donde Saulo (9,10-11) a pesar de sus resistencias (9,13-16).

Esteban ora en el momento del martirio. Muere orando. Mediante su oración confía su vida en manos del Señor Jesús (7,59) y suplica ardientemente –«con fuerte voz»– el perdón para sus asesinos (7,60).

También vemos a los apóstoles poniéndose en oración antes de los milagros. Ciertamente todas las curaciones se realizan «en el nombre de Jesucristo» (3,6; 9,34). Pero en algunos casos se dice explícitamente que la curación va precedida de la oración. Cuando le llevan ante la discípula Tabita, ya muerta, Pedro «se puso de rodillas y oró» (9,40); sólo después le dijo: «Tabita, levántate». En Malta el padre de Publio, que ha hospedado a Pablo y a sus compañeros, se encuentra enfermo; Pablo «entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y le curó» (28,8). De este modo se pone de relieve que es el Señor quien obra los prodigios, aunque sea «por mano de los apóstoles» (5,12).

Cuando Pedro es encarcelado, Lucas nos refiere que «mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (12,5) y da a entender que la prodigiosa liberación posterior (12,6-11) es fruto de esa oración de la Iglesia. La oración rompe las cadenas, derriba los muros y arranca de las manos de los enemigos. Cuando Pedro queda libre y se dirige a casa de María, madre de Juan Marcos, en busca de los hermanos, encuentra que «se hallaban muchos reunidos en oración» (12,12).

Particularmente conmovedora resulta la oración de Pablo y Silas en la cárcel de Filipos, pues después de haber sido azotados con varas, «hacia la media noche estaban en oración cantando himnos a Dios» (16,25). No se quejan, ni siquiera suplican: alaban. Cantan a Dios reconociendo su grandeza y su poder. Y la respuesta no se hace esperar: un terremoto conmueve los cimientos de la cárcel, las puertas se abren y caen las cadenas. La alabanza es liberadora. El poder de la alabanza libera de la prisión y cambia el curso de los acontecimientos, provocando la conversión del carcelero y de su familia.

La oración se hace presente en toda circunstancia y ocasión. Al despedir a los hermanos de Tiro, con quienes han permanecido siete días, Lucas nos refiere: «en la playa nos pusimos de rodillas y oramos» (21,5). Y al ser recibidos por los hermanos de Roma que salen a su encuentro, Pablo «dio gracias a Dios» (28,15).

La oración impregna y sostiene toda la vida de la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles, hasta el punto de que casi se podría definir a los cristianos como «los que invocan el nombre del Señor» (2,21; 9,14.21; 22,16).

«Nos dedicaremos a la oración» (6,4)

Siendo la oración algo propio de toda la comunidad cristiana, aparece especialmente resaltada en la vida de los apóstoles.

Ya hemos visto diversos textos donde los apóstoles aparecen en oración. La curación del tullido se produce cuando Pedro y Juan «subían al Templo para la oración de la hora nona» (3,1).

Ante las dificultades que encuentra en Corinto, Pablo es confortado y alentado en la oración. Durante la noche oye al Señor decirle: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad» (18,9-10). Y del mismo modo, «estando en oración en el Templo», entiende que debe marchar de Jerusalén porque su testimonio no va a ser recibido» (22,17-18).

Pero la conciencia que ellos tienen del valor absolutamente prioritario de la oración en su misión apostólica la vemos sobre todo cuando aumenta el número de los discípulos y se acrecientan las tareas. Entonces optan por encargar a otros el servicio de las mesas y dedicarse ellos a la oración y al ministerio de la Palabra (6,1-4). Siendo el servicio de las mesas una tarea de caridad, totalmente digna y santa, entienden que su misión especifica es la oración y la predicación.

No es casual que a renglón seguido se nos diga que «la Palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos» (6,7). La consecuencia inmediata de esta decisión es el crecimiento de la comunidad. Cuando los ministros de la Iglesia oran y anuncian a Cristo, el Evangelio se extiende y la Iglesia crece.

La fracción del pan

Otro de los pilares de la primera comunidad, tal como la presenta San Lucas, es la eucaristía: «acudían asiduamente a la fracción del pan» (2,42).

Es interesante constatar que ya desde elprincipio la Eucaristía era fuente de vida cristiana, que desde los inicios mismos del cristianismo los discípulos entendieron que Cristo es el Pan de vida (Jn 6,48).

La fracción del pan se celebraba «por las casas» (2,46), lo que contribuía a afianzar en la Iglesia los lazos de familia alrededor de la mesa eucarística.

Es conmovedor contemplar a las primeras comunidades reunidas «el primer día de la semana para la fracción del pan» (20,7). El domingo, como memoria de la resurrección del Señor y día de la eucaristía, es ya signo de identidad para los cristianos. No tiene nada de particular que sea también día de vida nueva y de resurrección para los discípulos, como lo fue para el joven Eutico (20,9-12).

Oración y ayuno

En varias ocasiones hemos podido ver que la oración se presenta unida al ayuno (13,2.3; 14,23). Además de las numerosas privaciones originadas por las tareas apostólicas y evangelizadoras, se añade en ocasiones el ayuno explícito.

En este punto la Iglesia primitiva sigue la práctica judía, aunque enriquecida por el sentido nuevo dado por Jesús.

Ya en el A.T. el ayuno (por ejemplo, Lev 23,27-32) tiene un sentido profundamente religioso –como, por lo demás, en otras religiones–. Expresa de manera también corporal una vinculación espiritual con Dios. Lejos de ser una hazaña ascética que llevaría al orgullo (y frente a la cual Jesús pone en guardia: Mt 6,16), el ayuno, acompañado de la oración suplicante, sirve para expresar la humildad delante de Dios. El que ayuna se vuelve hacia el Señor en una actitud de dependencia y abandono totales (Dan 9,3; Esd 8,21). Aun con variedad de matices, se trata siempre de situarse con fe en una actitud de humildad para acoger la acción de Dios y ponerse en su presencia.

Por esto es significativo que Jesús comience su vida pública con cuarenta días de ayuno. Es una manera de expresar que inaugura su misión mesiánica con un acto de abandono confiado en su Padre (Mt 4,1-4).

La Iglesia de los Hechos nos manifiesta así el manantial secreto de su fuerza y su vitalidad. Por la oración vive de Dios. Y tiene una vida sobrehumana, sobrenatural, divina.

La Iglesia prolonga en la historia la oración de Cristo, el Verbo encarnado. Gracias a la mediación orante de la Iglesia, las bendiciones de Dios descienden constantemente sobre el mundo y el mundo es salvado de sí mismo e introducido en el Paraíso.

En cambio, una Iglesia sin oración es una Iglesia impotente, como Sansón sin su cabellera. Con la oración es capaz de romper todo tipo de amarras y cadenas por muchas y fuertes que sean, como Sansón las ataduras (Jue 16,6-14). Sin la oración, la Iglesia se queda sin vigor, es sometida fácilmente por sus enemigos y queda ciega y dando estérilmente vueltas a sí misma (Jue 16,16-21).

Sólo la oración hace milagros, pues nos conecta con el poder de Dios. Ella es el arma poderosa otorgada por Dios a su Iglesia para ganar las batallas en medio del mundo y alcanzar la conversión de los hombres y los pueblos. La oración y el ayuno son el arma secreta para la difusión del Evangelio. Con la oración la Iglesia es omnipotente, pues permite que resida en ella el poder de Dios para quien nada hay imposible (Lc 1,37). La oración es capaz de cambiar el curso de los acontecimientos. Verdaderamente, la Iglesia que ora «tiene las manos en el timón de la historia» (S. Juan Crisóstomo)

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