sábado, 13 de marzo de 2010

HOMILIA 4 DOM CUARESMA (C)


Por el P. Adelino Dos Santos, HSIMC


Hoy es “laetare”, día de las rosas en Roma y día de alegría en medio de la penitencia. La pregunta es cómo combinar alegría y penitencia. Es necesario descubrir que la penitencia tiene por fin la alegría, porque el fin es Dios mismo. En el antiguo Testamento la penitencia se llama “volver”. Este mismo significado tenemos que resignificarlo hoy en nuestros días. Es el mismo significado que Lucas presenta en la parábola del hijo pródigo (Evang.) El hijo se fue para lejos, muy lejos del padre… geográfica, afectiva y moralmente lejos del padre. Pero, cuando siente falta del amor verdadero del padre, volvió vacío de sí e indigno a sus ojos de ser llamado hijo de tan bondadoso padre. Él volvió a su casa y este volver fue causa de alegría. Este es el espíritu de esta liturgia, el domingo “laetare”.
Mientras nosotros estamos todavía impresionados por nuestros fracasos, miedos, egoísmos, rechazos pasados, Dios nos abre los brazos porque ya ve la nueva vida que puede generar en nosotros y se alegra. Mientras estamos sumergidos en nosotros mismos, lejos o perdidos en nuestros pecados, Dios está en la puerta, ansioso, esperando nuestro volver para abrazarnos y devolvernos la dignidad de hijo. “El que estaba muerto, volvió a la vida; el que estaba perdido, fue encontrado” (Lc 15, 32).
La primera lectura de hoy nos ayuda a entender otro, desde otra mirada, porqué la alegría en medio de la penitencia. El pueblo de Dios celebra la entrada en la tierra prometida. Después de tanto sufrir hambre y sed, las dificultades mismas del desierto, entran en la tierra que Dios había prometido a Abraham. Ese hecho prueba que Dios no sólo acompañaba a su pueblo sino también su fidelidad. Dios es fiel y permanece con su pueblo. Dios, el que ES, el “YO SOY” es fiel a su alianza, a su Palabra. Israel puede olvidarse de su vergüenza, ser esclavo, porque ahora es un pueblo libre. Ya no necesita del maná, sino que comerá del nuevo pan, el pan ázimo. El pan sin la vieja levadura. Hay un gran simbolismo en todo eso. Es lo nuevo que surge de la Palabra y Promesa de Dios; es la vida nueva que renace para los que confían en la palabra del Padre. Todo es nuevo y la vergüenza de nuestros pecados son borrados. ¡Qué lindo pensar en todo eso! ¡Qué lindo saber que Dios no está aferrado a este pasado miserable nuestro!
Mucha gente puede interpretar mal todo eso. Se puede pensar que todo es muy fácil: salir, malgastar todo y después volver como si nada ha pasado o puede pensar que está bueno, vivamos a la orilla porque total Dios perdona. Pensemos que Dios no es un capataz sino el creador. Dios nos creó sin deber nada a nadie y nos amó primero. Tampoco debe a nuestros pecados cuando decide recriarnos. Volver no es tan fácil, pero es un proceso que debemos atravesar. Volver significa reconocer que sin el Padre no podemos vivir, que sin él perdemos nuestra dignidad, que sin él vivimos en el pecado, sin vida y sin sentido. Volver significa reconocer nuestros pecados y vencer a nuestro orgullo; es vaciarnos de nuestros mismos para ser llenados por el amor infinito del Padre. Volver significa convertir el corazón a Dios.
Todos nosotros somos hijos pródigos, un día nos apartamos del Padre otro día volvemos al Padre. Es bueno reconocerse como hijo pródigo, pero no de forma mecanicista. Debemos volver renovados, arrepentidos, humillados, reconociendo que no somos dignos. Muchos de nuestros cristianos se identifican con este hijo que se fue y otros se identifican con el hijo que se quedó con el padre. ¿Cuál es la diferencia? Como dije anteriormente, si nos identificamos con el hijo menor, hagámoslo transformando nuestra vida. Si nos identificamos con el hijo mayor, puede que estemos llenos de soberbia, de orgullo, de certezas. ¿Cuánta gente dice, orgullosamente, que desde que empezó a ir a la iglesia nunca se ha alejado? ¿No sería la misma actitud del hijo mayor que orgullosamente va al padre a decir que no es justo lo que está haciendo con este que volvió?
El hijo mayor tiene muchos pecados también, no más ni menos que el que se fue. Podríamos relacionar el evangelio del domingo pasado con el de esta semana. ¿Ustedes piensan que porque el hijo menor se fue es más pecador que el hijo mayor? O bien ¿piensan ustedes que porque el hijo mayor no se fue es menos pecador, menos impuro que el hijo menor? NO. La diferencia entre los dos es que el menor se reconoce pecador y vuelve al padre, el hijo mayor continúa en su soberbia, en su orgullo y no es capaz de recibir al hermano que volvió sin dignidad. ¿Cuántos hermanos nuestros, porque nunca se fueron, viven iguales al hijo mayor?
Tenemos mucho para decir del hijo mayor, pero la liturgia nos quiere decir que siempre hay un momento para volver, todo tiempo es tiempo de regresar al Padre y él, en su amor e infinita misericordia, estará esperándonos con los brazos abiertos, borrando nuestras faltas y devolviéndonos la dignidad: anillo (sello de la familia), sandalias y ropa nueva.

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