martes, 3 de noviembre de 2009

Si el grano de trigo...



Por Marcellino D'Ambrosio
Fuente: The Crossroads
Todos queremos lo mejor para nuestros seres queridos. Sin embargo, mientras luchamos por lograrlo nos damos cuenta de la realidad. “Lo mejor” resulta ser muy caro, ya sea que hablemos de casas, automóviles o colegios. Conseguirlo costaría mucho tiempo y dinero e incluso tal vez hasta sangre, sudor y lágrimas.

Entonces, se nos presenta la oportunidad de una “revisión de agallas”. ¿Qué tanto deseamos lo mejor? ¿Será que nuestro deseo es tan intenso como para impulsarnos hasta la meta? ¿O terminaremos conformándonos por algo inferior?

Mientras la cuaresma llega a su final abriéndole el paso a la Semana Santa, las lecturas de la liturgia ya no se enfocan en nuestra necesidad de redención, si no en la dramática elección que ha de enfrentar nuestro redentor. Había bajado de la gloria celestial a la simplicidad del establo. Dejo a su madre por una banda de discípulos veleidosos que no le comprendía. Ya esto era lo suficientemente duro. Sin embargo, si había de cumplir con el plan del Padre para liberarnos de las ataduras del pecado, se requeriría más de él. La epístola de este domingo nos habla sobre las lagrimas de Jesús y de su clamor a Dios, recordándonos la agonía que experimentó en el huerto. El huerto del Getsemaní, por cierto, se encuentra en la ladera de una montaña. Nuestro Señor habría visto a los guardias acercándose con antorchas desde muy lejos, mientras se movían en el valle Cedrón. Él los vio venir y pudo simplemente caminar hasta la cumbre del Monte de los Olivos y desaparecer en el páramo de judío.

A decir verdad, él los “vio venir” con muchas semanas de anticipación y pudo haberlos eludido en cualquier momento. Pero su ardiente deseo de salvarnos era mayor que su aversión natural a la tortura. Su amor es más fuerte que la muerte. Si el grano de trigo no cae al suelo y muere, sigue siendo solo un grano. Pero si muere, produce mucho fruto. Jesús sabía que su muerte traería frutos más allá de lo imaginable. Y dar frutos es más importante que permanecer en la comodidad y la seguridad.

Expresamos nuestro gran agradecimiento por este amor en la Eucaristía, recordándolo de manera más solemne durante la Semana Santa. Pero el Señor nos llama no solo a recordarlo, mas aun a imitarlo. Más que creyentes, estamos llamados a ser discípulos. Jesús perdió su vida humana, pero a cambio recibió una humanidad nueva que supera los límites de la humanidad que conocemos.

Todos nos aferramos a nuestras vidas, con personas, lugares cosas y actividades con las que nos sentimos cómodos. Pueda que mi vida no sea perfecta, pero es mía. El Señor me invita no solo a sacrificar mis postres por unas semanas, si no también a sacrificarme a mí mismo. Me invita a renunciar a mis planes y poner mi destino en sus manos. De hecho, eso es lo que el bautismo significa: ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mi (Gal 2:19b-20). Ahora es Jesús quien dirige mi vida. He puesto en el altar todo lo que es de valor para mí y solo lo tomaré si el Señor me lo regresa.

¿Por qué haríamos algo tan radical? Solo si verdaderamente creemos que al sembrar la semilla de nuestras vidas y sueños en el suelo fértil de la viña del Señor produciremos muchos frutos. Para que al igual que los apóstoles, podamos crecer más allá de lo que esperamos y que el Señor haga a través de nosotros, como lo hizo a través de ellos, más de lo que jamás soñamos.

Esta es la gran pregunta: ¿Acaso el dar mucho fruto es más importante es más importante para ti que estar cómodos, a salvo o seguros?




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