domingo, 11 de abril de 2010

HOMILIA 2 DOM DE PASUCA - Ciclo C

P. Adelino



Las oraciones de este domingo están contemplando a los nuevos bautizados, acentuando la nueva existencia del cristiano, regenerado o renovado por el bautismo y para los que ya éramos bautizados, por la renovación de las promesas bautismales. Esta vida nueva se manifiesta causando la admiración entre los hombres (1 lectura).
Un punto muy importante que la liturgia nos presenta es la prueba de la resurrección de Jesús. Esta es la segunda prueba: las apariciones de Jesús resucitado. La semana pasada la liturgia nos presentaba la primera prueba, el sepulcro vacío. Estas dos pruebas tienen que estar unidas porque solas o aisladas no prueban nada. En este sentido el evangelista Juan nos propone pensar todos los hechos que están dentro del misterio de la resurrección del Señor en el mismo día. La semana pasada decía: “Al amanecer del primer día de la semana, las mujeres…” Hoy dice: “Al atardecer del primer día de la semana, estando cerradas las puertas, Jesús aparece y dice: la paz esté con ustedes… Sopla sobre ellos y les dice: ‘reciban el Espíritu Santo’…” Vemos entonces, en el mismo día, el sepulcro vacío, Jesús que se aparece, traspasa la pared, come con ellos, les envía el Espíritu Santo, le pueden tocar las llagas, les envía en misión y establece el Sacramento de la Penitencia, reafirmando el Sacramento del Orden Sagrado que fue instituido el jueves santo (se podría hablar aquí de la importancia de la presencia del sacerdote para la confesión: no es lo mismo confesarse directamente con Dios, como muchos piensan).
Es el mismo Jesús que estaba en la Cruz que aparece a los discípulos, pero no con las mismas condiciones. Eso es un hecho de fe que somos felices los que podemos creer. Pero no juzguemos a Tomás por su falta de fe o por su duda. Nosotros nos asemejamos a él en muchos momentos de nuestra vida cristiana, hasta el punto de usar sus palabras como un dicho popular: “Soy igual a Tomás, si no veo no creo”.
Ojalá podamos salir de nuestras dudas con la misma seguridad y la misma actitud de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. En estas palabras está la más profunda profesión de fe, que no se diferencia de la profesión de Pedro: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios”. Jesús no reprocha la profesión de Tomás, sino la actitud de no creer en sus compañeros, de no creer en la Palabra y Promesa del Padre, de no creer que la Vida es capaz de vencer a la muerte. Jesús le reprocha la actitud de no recordar las palabras dichas antes de que todo pasara, tanto por Jesús mismo como también por los profetas. Tomás estaba con los ojos de la fe enceguecidos, pero no es distinto de los discípulos de Emaús que estaban con los ojos cerrados y no reconocieron al Señor, para ellos fue necesario que el Señor les abriera la inteligencia.
Otro hecho que el evangelista deja claro y lo repite porque quiere remarcarlo es que las puertas estaban cerradas. Una forma de decir que Jesús simplemente entró y no se sabe por dónde. Eso fortalece el hecho de las apariciones. Es una realidad nueva como se sugiere en las dos lecturas anteriores. Desde esta perspectiva de la resurrección la comunidad cristiana aparece, en el mundo, como un mundo nuevo, escatológico. Las personas se adhieren a esta nueva realidad para ser salvadas, por eso la visión de Juan presenta a Jesús como el Juez de la Historia, el Señor de señores, el Hijo del Hombre antes dicho por Daniel (1, 12). Ese Señor de la historia fue muerto, pero ahora vive, es vencedor.
Pidamos al Señor la gracia de no tibiar en la fe; de no necesitar ver las obras de Dios para poder creer en su poder, sino que podamos creer para ver que Dios es fiel.

LA DIVINA MISERICORDIA

La celebración de la Divina Misericordia, como el mismo Señor había pedido que la celebrase en este domingo de pascua, está totalmente acorde con la liturgia de hoy. Jesús dijo a Santa Faustina que la hora de la Misericordia es la hora de la pasión. No podemos celebrar la gracia de la resurrección sin pasar por la pasión, es lo que vivimos la semana pasada. La resurrección es el fruto de la actitud misericordiosa de nuestro Dios y de su Hijo Jesucristo.
Somos llamados a penetrar en el misterio de la entrega amorosa de Jesús, de su dolor y de su muerte para encontrarnos con su misericordia.
“Felices son los que creen sin haber visto”. Felices son aquellos que se confían en la infinita misericordia del Señor, mismo antes de recibir las gracias abundantes de su misericordia. La paz que el Señor nos ofrece hoy es el fruto de su misericordia. Sólo el que se encuentra con tamaña misericordia puede decir que se ha encontrado con la paz del Señor que no es la misma paz fingida o mentirosa de la sociedad. La Paz es el primer don del resucitado. Una paz que calma, que alivia, que fortalece, que sostiene, que irradia, que alimenta. Es la paz que fue otorgada desde la cruz.
Del corazón abierto de Jesús brotan sangre y agua, la iglesia unida al Señor; la Sangre que simboliza la vida de las almas y el Agua que purifica las almas.



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