domingo, 7 de febrero de 2010

Homilia del 5 Dom. Ordinario


Hoy estamos con Jesús a la orilla del lago. Allí no hay ni inciensos ni flores ni ese ambiente de recogimiento que tenemos en nuestras Iglesias. Sólo hay una muchedumbre que rodea a Jesús apretujándolo. Se subió a una barca y comenzó a predicar.

Nosotros tenemos una vivencia de la fe muy distante de aquella en la que Jesús se movió. El paso de los años y la experiencia de siglos nos ha llevado a meternos en nuestras Iglesias y en muchas ocasiones a base de "¡¡aleluyas!!" queremos que el mundo se evangelice. Hay cristianos que se quejan con dolor y con pena de que la gente no va a la Iglesia y cuando van, están pensando en lo que tienen que hacer cuando salgan; las tareas les ocupa tanto el corazón y la mente que no dejan espacio para Dios y la Palabra que les cambia. Hay que decirle a la gente que entre a nuestras Iglesias con su vida; que no dejen su vida en la puerta del templo. Tenemos que cuidar que le fe y la vida vayan siempre por el mismo camino. Si una persona tiene una fe que camina por un lado y la vida por otra, nunca podrá recibir el mensaje porque nunca sabrás si estás hablando a su vida o a su fe. En cambio, cuando fe y vida van juntas en la vida de una persona, hablar a una es escuchar la otra... Dedicamos mucho tiempo a nuestras Iglesias pero no debemos de olvidar que tenemos que salir al encuentro de los otros que no vienen. Tenemos que salir a los caminos, a los mercados, a la orilla del lago...

La pedagogía espiritual de Jesús fue muy clara. Él no se quedaba esperando que la gente se acercara a Él; aunque el Evangelio nos cuente muchas y profundas experiencias de lo que lograron los que se acercaron al Señor. El púlpito de Jesús fue la propia vida de la gente con sus miserias y grandezas. Cuando Jesús hablaba conectaba de tal manera con el corazón de la gente que aquel mensaje se convertía en respuesta interior a las preguntas de su corazón. Las Palabras de Jesús podían irritar, calmar, orientar, pero nunca dejaban a nadie indiferente. Las palabras de muchos cristianos de hoy pueden que estén llenas de sabiduría teológica, de piedad epidérmica y de acciones de aparente conversión cuando no de exigencia moral, pero nada de esto conecta con los oyentes. Sólo un corazón con madurez espiritual puede hacer madurar la espiritualidad de otros. Hablar sobre Dios no es suficiente, hay que hablar desde Dios para que nuestros oyentes sean capaces de percibir el mensaje.

En la orilla del lago había mucha gente que apretujaba a Jesús; querían escucharlo porque su Palabra estaba cargada de esperanza y de promesas de salvación. La palabra de muchos predicadores de hoy es de tristeza y de amargura. Hay muchos cristianos que hoy viven instalados en lo que yo llamo "la pastoral de la queja". Todo el día quejándose de todo lo quejable y, cuando terminan de quejarse, vuelven de nuevo a plantear la queja como forma de evangelización. El Señor aceptó la realidad de las personas y de las cosas y desde ahí supo transformarlas. ¡Cuánta energía pierden muchos cristianos derrochando en quejas por todo y de todos, cuando en realidad la deberían emplear en crecer en el Señor! Ya saben: es más fácil quejarse que convertirse...

Jesús se sienta en la barca de Simón y empieza a predicar. Cuando termina le dice a Pedro que eche las redes lago adentro. Pedro ,experimentado pescador, duda de la pericia profesional del Maestro, pero acepta la propuesta de Jesús. Algo parecido nos pasa a los demás seres humanos para con el Señor. Es como si nuestra experiencia anterior nos dejara ya inmunes a cualquier invitación de Dios. Los verdaderos predicadores del Evangelio tienen que seguir echando las redes una y otra vez, aun cuando parezca que no recogen nada. Evangelizar es escribir una historia invisible en el corazón de un ser humano visible. Pedro no veía los peces, sólo hizo caso de la Palabra...

Continúa el Evangelio diciendo que cuando lo hicieron, recogieron tal cantidad de peces que las redes se rompían. La fe no es algo estático. La fe es siempre un hacer. La fe cuando se estanca se muere. Una fe que no produce frutos de Dios es más que estéril, es simplemente un engaño. Cuando echamos las redes tras la Palabra de Dios, estamos asegurando la rapidez y la abundancia de la captura.

Jesús utiliza dos imágenes para ilustrar el deber de sus seguidores: la de los pescadores y la de los pastores. En ambas profesiones queda reflejada lo que debe ser la misión del evangelizador. En la Iglesia todos debemos ser pastores y ovejas, pescadores y peces. En la vida hay muchas personas que pasan por los momentos de tormentas y dificultades, para ellos nuestra misión será la de pescadores. Pero también nosotros pasamos por momentos duros en los que necesitamos la cercanía humana y espiritual de los demás. Por desgracia algunos quieren ser más pescadores y pastores que peces y ovejas, a tanto llega su soberbia. La conversión siempre nos invitará a mantenernos en estas dos realidades de ayudar y ser ayudados en el camino hacia Dios.

Termina el Evangelio reconociéndose Pedro un pecador. Cuando una persona percibe la mano de Dios en su vida no le queda más remedio que ver la grandeza del creador y experimentar la propia pequeñez humana. Jesús le dice que no tenga miedo. Desde ahora vas a pescar hombres. La pesca de personas para Dios es mucho más difícil que la pesca de peces y sin embargo Jesús le invita a que no tenga miedo. Buena enseñanza para todos los que tenemos alguna responsabilidad pastoral. Tener una acción evangelizadora sin miedo es señal de que Jesús navega con nosotros en la nave de la Iglesia, y, lo que es mucho más importante: que nosotros también navegamos con Él.

* * *

1.¿Te quejas mucho de los demás cristianos, de su forma de ver, entender y vivir la fe? ¿Por qué?
2.De todo el tiempo que llevas quejándote ¿Has sacado algo de provecho espiritual?
3.¿Tu vida de cada día está unida a la fe? ¿En qué lo notas?
4.¿Te desesperas porque no ves los frutos de tu trabajo pastoral? ¿Qué hacer?
5.¿A qué cosas de tu vida tienes todavía que perderle el miedo? ¿Cómo lo puedes hacer?

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