sábado, 13 de febrero de 2010

Aporte para la liturgia del 6 Domingo durante el año


Reflexionando sobre la liturgia con el P. Adelino.

La liturgia de este domingo 6 nos habla de las Bienaventuranzas que Jesús propone, pero no nos olvidemos que también nos habla de los "Ayes", que no serían exactamente lo contrario de ser bienaventurados, sino una advertencia para que no caigamos en ese error de poner nuestra confianza en las cosas materiales o en personas. En este sentido no podemos pensar que Dios, por estar del lado de los pobres, no quiere, no ama, no acepta a los ricos...
Es necesario saber separar las cosas... Hay una diferencia entre saber usar los bienes de este mundo y ser dominado por ellos. Es lo mismo que decir: saber bien usar las cosas de este mundo para alcanzar el Reino de Dios. Es eso que la liturgia nos enseña hoy: los que tienen posesión de bienes que vivan como se no los poseyeran, nos dice San Pablo. De lo contrario, los que poseen se identifican con sus bienes (necesariamente no es un bien material, puede ser también un lugar en la camada social, un privilegio, cuando eso es tomado como un bien).
Hablar de las bienaventuranzas es plantear el tema de la felicidad. Tanto que podemos cambiar la palabra "bienaventurados" por "son felices". La cuestión pasa a ser más compleja para nosotros, porque tenemos que ver qué significa ser feliz.
Si pensamos que ser feliz es poseer bienes, es la diversión, es tener y poder gastar cada vez más, es tener poder ante otros... entraremos en la advertencia de Jesús: Ay de ustedes que...
La felicidad no consiste en poseer bienes materiales. Éste es el sentido que Jesús nos habla hoy. Ser feliz va más allá de todas las cosas terrenales, porque él no nos invita a vivir apenas el hoy, sino el mañana (la vida eterna). Nos acordemos de sus palabras cuando nos dice: "donde está tu tesoro ahí estará tu corazón".
Muchos dicen que "no hay felicidad, sólo hay mometnos felices". Es una verdad y a la vez es una mentira, depende de nuestra mirada. Es una verdad si pensamos que vamos a encontrar la felicidad así como nos fue pintada por la poesía, la canción y la sociedad. Pero es una mentira cuando pensamos que lo que nos hace felices es ver al otro feliz, sea quien sea. Es decir, la felicidad consiste en realizar y proporcionar momentos de alegría y de felicidad para tantos y tantas que ya pasaron a perder el sentido de vivir o tantos y tantas que aparecen en nuestro camino.
Aquí entramos de lleno en el tema de la liturgia: felices los pobres, los que lloran, los que tienen un corazón humilde, los humillados... ¿Por qué? Supuestamente estos no tienen soberbia, no son arrogantes, no son mesquinos, no son individualistas... si así no lo somos, cairemos en los ayes de Jesús, porque seremos iguales. Tales actitudes crean apenas la división, la pelea, la indiferencia, la competencia, barreras...
Otra de las cosas que la liturgia nos propone pensar cuando hablamos de felicidad es que ningún bien es eterno, no es definitivo (1 lect). Sólo hay una cosa que es eterna, es el amor de Dios.
Jesús vino anunciar la Buena Noticia a los pobres (3 domingo), hoy este anuncio se hace concreto. El Reino de Dios es de los pobres. Pero hoy vale decir que Jesús no habla solamente de pobres de bienes, porque sabemos que hay pobres que son peores que los ricos (causar divisiones, la ambición, la avaricia, el orgullo, la soberbia, la envidia...).
El Reino de Dios y la felicidad es para los que tienen un corazón de pobre, o sea, que vive con humildad, que sabe recibir al hermano, que es constructor de paz, que respeta los derechos de los demás, que sabe ser solidario, que tienen los mismos sentimientos de Cristo.

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