domingo, 6 de diciembre de 2009

Aporte para la prédica del 2º domingo de Adviento


La liturgia de este segundo domingo de adviento tiene un tono muy particular que está en relación con la liturgia del domingo pasado y anticipa, en cierta medida, lo que vamos a celebrar en el próximo domingo, la alegría de esperar al Señor que viene. Todo eso está dentro de la dinámica del Adviento, donde somos llamados a vivir la esperanza, la confianza y la conversión.
El domingo pasado nos planteaba la cuestión de que no vaya que el día del Señor nos agarre de sorpresa con el corazón lleno de preocupaciones... debemos estar preparados. Hoy la liturgia empieza volviendo a tocar el mismo tema ya con la oración colecta: "Dios todopoderoso y rico en misericordia, que nuestras ocupaciones cotidianas no nos impidan acudir presuroso al encuentro de tu Hijo..." . Por el otro lado la 1ª Lectura (Bar 5, 1-9) los pone en marcha para que no nos pase eso, diciendo: "Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios..." Sería bueno que nosotros pasásemos a pensar con seriedad que Dios nos habla a nosotros hoy. Si cambiamos el nombre de Jerusalén por el nombre de cada uno es fácil darnos cuenta. Eso significa que no podemos estar aferrados al pasado, no podemos dejar que el duelo, el sufrimiento, la angustia, la desilusión invada y nos llene el corazón.
Quitarse la ropa del duelo es dejar para trás lo que es del pasado, porque Dios no se fija en este pasado, Dios se fija en el presente: ¿qué hago hoy yo? ¿Qué cosas hago o he dejado de hacerlas? El pasado, aunque haga parte de nuestra historia no puede estar en el presente determinando nuestro existir.
Y continúa la profecía de Baruc diciendo:"Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente..." Aquí encontramos la Esperanza. Sólo cuando estamos a cielo abierto podemos ver el horizonte, podemos llenarnos de esperanza, podemos ver que hay caminos todavía por caminar. Cuando estamos a cielo abierto nos damos cuenta que no estamos solos porque no vivimos en una isla, sino que estamos acompañados de hermanos y más aún de la gracia de nuestro Dios.
Y dice más:"Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios..." Percibamos que Dios allana, endereza el camino, cambia la naturaleza para su pueblo camine seguro. Dios nos prepara el camino para que tengamos protección. Es la acción de Dios. En este sentido podemos hablar de una dialéctica. Hay siempre una acción de Dios y una acción humana. Dios obra enderezando los caminos dándonos seguridad. Este es su accionar, su obrar, su hacer. Nuestra parte entonces es hacer lo mismo, con el mismo sentido: es enderezar el camino para que Dios pueda llegar. La dinámica, la dialéctica es en doble sentido. Dios endereza el camino para que pasemos nosotros, nosotros endrezamos el camino para que Dios llegue a nosotros. El segundo sentido es: Nosotros que vamos, Dios que viene.
Aquí entra el Evangelio de hoy con la prédica de Juan Bautista. Dios hizo su parte, aplanó el camino, hizo para nosotros una llanura para que pasemos seguros. Hoy Dios quiere que quitemos nuestra ropa del pecado, del duelo, del sufrimiento, de la tristeza y de la desilusión, vivamos con alegría porque estamos con la diadema de la gloria del Señor, preparemos el camino para el Señor que viene. Preparemos el corazón para que Dios pueda llegar a él.

P. Adelino DOS SANTOS, HSICM

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