martes, 12 de julio de 2011

LAS PARÁBOLAS DEL REINO

Para explicar el Reino de Dios Jesús no hizo grandes y complicados discursos, sino que recurrió al uso de «parábolas». Una parábola es una narración de un suceso figurado, del cual se deduce, por comparación o semejanza, una enseñanza sobre una verdad importante. Es la parábola la forma literaria más característica en la que Jesús le habla a la gente en los libros del Evangelio, lo cual no es sorprendente si tomamos en cuenta que en los tiempos de Jesús la comunicación en parábolas era muy común entre los escribas.

Para poder entender las parábolas de los evangelios y adentrarnos así en el núcleo de la predicación de Jesús, hemos de tener en cuenta tres cosas:
1.Toda parábola tiene un mensaje central, incluso si es larga y llena de detalles. Por tanto, no hay que intentar ver el significado de cada detalle, sino preguntarse: «¿Qué idea principal me quiere comunicar esta parábola?»
2.Las parábolas del Evangelio intentan hacernos comprender algún aspecto o cualidad del Reino de Dios. Por eso tenemos que preguntarnos: «¿Qué me dice esta parábola acerca del Reino de Dios?»
3.Las parábolas pretenden provocar una reacción ante la llegada del Reino. Y por eso hemos de preguntarnos también: ¿Qué respuesta espera de mí?»

El capítulo 13 del Evangelio de San Mateo presenta un discurso parabólico sobre el Reino de Dios compuesto por siete parábolas, las cuales hemos escuchado los pasados tres domingos. Tres de ellas tienen explicación por parte del mismo Jesús, el resto deberán ser interpretadas bajo el auspicio de la tradición de la Iglesia e intercesión del Espíritu Santo.

“El que tenga oídos, que oiga”

La parábola del sembrador (Mt 13,3-9.18-30) es ante todo una parábola de esperanza y optimismo. Mateo recuerda que la acción libre del sembrador, se inspira en la acción libre de Dios y en su elección de los sencillos, para que continúen la misión fructuosa de Jesús. Lo que Jesús mira complacido tras las espigas cuajadas de trigo es el triunfo final del Reino de Dios.

Mas para aquellos que no estén dispuestos a escuchar y menos todavía en creer verdaderamente en las verdades relativas al Reino no les será fácil de comprender. Del mismo modo que para los fariseos y los escribas que habían tomado su decisión a propósito de Jesús (cf. Mt 12,24), así pues aunque el Reino de Dios había llegado a ellos, dado que no querían aceptarlo, les fue negado (Mt 13,14-15).

El Reino crece lentamente

Las parábolas del grano de mostaza (Mt 13,31-32) y de la levadura (Mt 13,33), destacan el contraste entre el inicio pequeño e insignificante y el resultado final impresionante. En el judaísmo contemporáneo de Jesús se pensaba que el establecimiento del Reino traería una depuración contundente del mal y los perversos, de modo que una coexistencia de los “hijos del Reino” y los “hijos del Maligno” les parecía inconcebible. Jesús, el Salvador, no vino a juzgar al mundo sino a liberarlo, a sanearlo de manera paulatina pero eficaz.

En el Reino terrenal hay buenos y malos

Las parábolas de la cizaña (Mt 13,24-30.36-43) y de la red (Mt 13,47-50) se refieren a que en la fase terrena del Reino de Dios, instaurada por Jesús y en la cual estamos viviendo, coexisten tanto buenos como malos, mas al final de los tiempos se llevará a cabo una separación, tal como lo sentenció Juan el Bautista (Mt 3,12) y posteriormente el apóstol San Juan (Ap 14,15).

Por lo que es importante permanecer en el Reino, unidos a Cristo para dar fruto: “Yo soy la vid vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden.” (Jn 15,5-6)

El Reino vale todos los sacrificios

Al igual que el trabajador en la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44), o el comerciante en la parábola de la perla preciosa (Mt 13,45-46), quien encuentra el Reino de Dios se ve inundado de una alegría tan grande que lo impulsa hasta el sacrificio absoluto de sí mismo y de todo lo personal con tal de adquirir el Reino. Estas dos parábolas son de contraste, comparan un primer estado pobreza o carencia, a un estado posterior de alegría y riqueza. Son una invitación para recibir el Reino de Dios renunciando a todo lo demás que nos ata a éste mundo. Jesús quisiera que nos entusiasmáramos por los valores del Reino que Él nos ofrece, y que el mundo no aprecia. Y que, llevados de esa alegría dejáramos todo lo secundario para conseguir lo realmente importante: El Reino de Dios.

Será hasta septiembre cuando volvamos a escuchar más parábolas acerca del Reino de Dios, mientras tanto meditemos las siete del capítulo 13 del Evangelio de San Mateo. Hemos de hacer un esfuerzo para leerlas una y otra vez, meditándolas, dejándonos interpelar por ellas. Si, con toda honradez y sinceridad, dejamos que las parábolas entren en nuestra vida, nos irán descubriendo las cosas que Dios quiere decirnos para que nuestra vida vaya cambiando según su amor y su proyecto.

Fuente: Nacer del Espíritu o Vivir en el Espíritu (nuevo nombre)

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