martes, 12 de enero de 2010

REFLEXIÓN - LAS TRES VERDADES


Cierto día un hombre capturó un canario minúsculo, al que sujetó en la palma de la mano. El canario intentó negociar su libertad, diciendo al hombre:

-¿Qué quieres hacer conmigo? Soy muy pequeño. Dame la libertad y yo te diré tres verdades que te serán muy útiles en la vida.

-¿Pero cómo sabré que tus verdades tienen valor para mí? -replicó el hombre.

-Es sencillo: te diré la primera verdad mientras estoy todavía en tu puño; de ese modo podrás juzgar por ti mismo su valor, mientras estoy en tu poder. Te diré la segunda verdad cuando haya alcanzado la rama de ese árbol; si dudas de su interés, todavía me podrás alcanzar con una piedra. Finalmente, te diré la tercera verdad, la más justa, cuando ya vuele por el cielo.

El hombre encontró aceptables esas condiciones; después de todo, nada tenía que perder. Así pues, le pidió al pájaro que le revelase la primera verdad.

-Hela aquí -respondió el pájaro-. Si pierdes alguna cosa, aunque se trate de tu propia vida, no debes lamentarlo.

El hombre sonrió. "Ah -se dijo-. He aquí una verdad profunda. El desapego de las formas exteriores es el secreto de la verdadera libertad". Y dejó que el pájaro volase hasta la rama del árbol, desde donde le dijo:

-He aquí la segunda verdad: No creas todos los absurdos que te dicen, a menos que se te proporcione la prueba.

El hombre asintió una vez más. "Decididamente este pájaro es un gran sabio -se dijo-. Esta verdad es tan justa como la primera. El hombre se encuentra atraído de forma natural por la mentira y por la ilusión, causas de su codicia y de su falta de deseo de verdad. De ese modo se le puede hacer creer lo que sea". Y dejó que el pájaro volara. Pero apenas había abandonado la rama, cuando se puso a gritar:

-¡Desgraciado! No sabías que yo me había tragado dos enormes diamantes, gordos como tus dos puños. Si me hubieras matado, habrías hecho fortuna.

Al oírle tales palabras, el hombre montó en cólera e intentó tirarle piedras al pájaro, pero este se hallaba fuera de su alcance. Entonces el hombre empezó a lamentarse por su suerte y a dolerse por la fortuna que había dejado volar tan estúpidamente. Y en esto escuchó al canario que estaba riéndose.

-¿Por qué te ríes? -preguntó el hombre-. ¿Te estás burlando de mí?

-Sí -respondió el pájaro-. Porque tu codicia te hizo olvidar las dos verdades que te había enseñado. Te dije que no había que lamentar jamás una cosa, aunque fuera tan preciosa como tu vida, y tú ya te lamentas de haberme liberado. Te dije que no creyeras cualquier cosa sin una prueba, sobre todo cuando es algo que va contra el sentido común. Ahora bien, me has creído cuando te he dicho que me había tragado dos diamantes gordos como tus dos puños, cuando lo cierto es que todo mi cuerpo cabe en la palma de tu mano.

El hombre, lleno de confusión, no se atrevió a decir nada más. Pero el pájaro continuó:

-Eres un necio, y no mereces ni siquiera las verdades de un canario. Sin embargo, voy a decirte ahora mismo la tercera verdad, la más justa de todas. Hela aquí: Por culpa de su codicia y de las limitaciones de que es prisionero, de las cuales no logra librarse, el hombre se verá siempre pegado a la superficie de la tierra, y jamás podrá volar.

Y el pájaro remontó el vuelo hacia lo más alto del cielo, mientras el hombre se quedaba tristemente en tierra.

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