lunes, 21 de julio de 2014

LAS PARÁBOLAS Y LOS MISTERIOS DEL REINO 1




Desde hace dos domingos, la Liturgia dominical nos propone reflexionar respecto de las Parábolas del Reino de Dios que se encuentran en el Evangelio de Mateo, capítulo 13.
El Cap. 13 de ese Evangelio revela el deseo de Jesús en desvendar el misterio del cielo, lo que le va a llamar "el Reino de Dios", siendo consonante con el inicio de su predicación, cuando "anunciaba la buena noticia del reino", que viene de la mano con la curación de todas las enfermedades y dolencias, porque el Reino es liberación total (Mt 4, 23). El deseo de Jesús es que todos los que lo escuchan, especialmente sus discípulos, aprendan que el Reino tiene un dinamismo, una fuerza que no depende de las fuerzas, deseos, trabajos del hombre, sino que es una fuerza innata, porque está en el corazón del Padre. Es el Padre que hace crecer el Reino entre nosotros y ese reino está para todos los que lo quieran recibir.
En ese anuncio, Jesús utilizará el lenguaje corriente, conocido por todos, desde los que trabajan en el campo hasta aquellos que trabajan en el mar, como aquellos que trabajan en casa, en la cocina o el cuidado de ella, en este caso las mujeres. Desde aquí ya vemos que el Reino es para todos, porque Dios no hace acepción de personas y eso lo vamos viendo en cada una de las parábolas contadas por Jesús.
Jesús habla y Mateo reúne su mensaje en un bloque de 7 parábolas del Reino, eso significa que Jesús ha dicho otras parábolas que no están en relación don el crecimiento y dinamismo del Reino, sino cómo cada persona tiene que asumir el compromiso con el Padre, despertando en la gente otros aspectos del seguimiento.
Las Parábolas del Reino son:
1. El Sembrador
2. El trigo y la cizaña
3. El grano de mostaza
4. La levadura
5. El tesoro escondido
6. La perla gran valor
7. La red
 
Tales parábolas son denominadas por el mismo Jesús como "los misterios de los cielos" (v. 11). Ellas, tomadas en su conjunto, describen el resultado de la presencia del Evangelio en el mundo de aquel tiempo, pero también nos cuestiona a nosotros respecto de nuestros tiempos actuales. En aquel tiempo fue sembrado, en estos será la cosecha. Lo que tenemos que pesar es si nosotros hemos dado fruto, si hemos dejado que el reino crezca en nosotros, que nos llene la vida, porque ha comenzado con el ministerio público de Jesús y terminará cuando se cumpla lo que dicen los versículos 40-43, cómo sucederá y qué pasará con la cosecha respectivamente.
Lo primero que tenemos que aclarar es por qué se llaman misterio. Se llama misterio porque la verdad de Dios está oculta al hombre. Nosotros, por más esfuerzo que hagamos, no llegaremos a alcanzar la grandeza de lo que es Dios y por más que Dios se nos revele, quedará siempre algo en el lugar de misterio. En este sentido, Jesús dice "Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer" (Mt 11, 27). No nos olvidemos que uno de los objetivos de Jesús es dar a conocer al Padre, es decir, que no sigamos con la mentalidad de que Dios es sólo justicia, vengador, que castiga (mentalidad del AT), sino también que Dios es misericordia, es compañero, en una sola palabra, Dios es amor, como lo resume todo lo dicho por Jesús respecto del Padre San Juan (1Jn 4,8).
Jesús habla en parábolas, primero para cumplir las profecías (Mt 13, 14); después para utilizar un lenguaje muy conocido por ellos a través de referencias y alegorías; tercero, para que los que lo escuchan tengan la capacidad de reflexionar. En otras palabras podemos decir que ellos tienen que masticar lo escuchado para digerirlo (poner en práctica). Por eso la forma de redacción de Mateo es como si estuviese dándoles un problema a resolver, diciendo que Jesús les propuso esta otra parábola. Les propuso, como quien quiere decir que no están obligados a resolver el problema y al final les dice, el que tenga oídos, que oiga.
La mezcla de lo oculto con lo cotidiano, es la mejor manera de hacerles entender y todos los que estaban acostumbrados a ese tipo de lenguaje llegaron a entender el significado, menos los discípulos. Y es por eso que en un determinado momento le dijeron a Jesús que diciendo eso también les hace frente a ellos (Lc 11, 45).
Jesús no habla sólo a través de parábolas, también lo hace abiertamente para desvendar el misterio del Reino. Pero ahora tenemos que detenernos en las parábolas, en las 7 parábolas del reino.
Dentro del contexto de las parábolas, una cosa muy importante que no debemos dejar de tener en consideración, es que no se excluye a nadie, ni en su contexto general ni tomándolas por separado. Jesús les habla a todos, porque el reino es para todos y les habla de la situación de todos para que todos pasen a pensar y a accionar según lo dicho.
Nadie puede comprender el misterio revelado sobre el reino de Dios o sobre el mismo Dios, o sobre la dinámica de la Santísima Trinidad en su querer salvífico si no es dada esa condición por el mismo Dios. Comprender su misterio es un regalo que Dios nos da. Es un regalo que nos viene a través de la acción del Espíritu Santo (Jn 14, 15-17) y de modo muy claro nos habla San Pablo en la Carta a los Corintios: "Porque el mismo Dios que mandó que la luz brotara de la oscuridad, es el que ha hecho brotar su luz en nuestro corazón, para que podamos iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo" (II Cor 4, 6). La referida cita nos pone de manifiesto una doble acción de Dios: por un lado se revela para que lo conozcamos, por el otro lado nos da la capacidad para que lo conozcamos, porque por nosotros mismos, por nuestros medios no seremos capaces nunca de conocer a Dios. Nuestro corazón está inclinado siempre al otro lado. Todos, sin excepción carecemos de la gracia de Dios para conocerlo. De ahí se entiende la dificultad de los discípulos en comprender la parábola del sembrador, pidiéndole a Jesús que se los explique.
En su conjunto, las parábolas del Reino habla de cómo el reino llega al mundo, comenzando con la siembra de la semilla. Me gusta pensar esa parábola o el inicio del Reino con la llegada del mismo Jesús. Jesús es la semilla que Dios siembre en el mundo. Jesús es la Palabra del Padre que es dirigida a toda la humanidad, por eso no es en vano que el sembrador no elije un terreno para plantarla, sino que la esparce caiga donde caiga. Aquí ya está una de las pruebas de que Dios no hace acepción de personas. Él conoce al corazón del hombre, sabe qué corazón está preparado para recibir su palabra y, por consiguiente, la salvación. Sin embargo, la esparce hacia todos lados, así como hace nacer el sol para todos.
Así comienza el Reino, la palabra es sembrada. Crece con toda su fuerza como el grano de mostaza y como la levadura en la masa. Infelizmente, entre las cosas del reino de Dios, están las cosas que no pertenecen a él, porque vivimos en el mundo y no podemos estar exentos de las cosas de la sociedad a la cual estamos insertos. De ahí la importancia de saber distinguir entre el trigo y la cizaña, saber discernir. El problema es que el mal no está fuera de nosotros, sino que está muy dentro nuestro. Así como estamos atravesados por la gracia, también estamos atravesados por el pecado. En este sentido, somos llamados a ir trabajando en nosotros para que el amor venza al odio y dé lugar a la indulgencia. De lo contrario, será como la pesca que en la red viene peces buenos y malos que serán separados en el momento oportuno. Para que nuestro corazón esté preparado, debemos encontrar el tesoro. Un tesoro escondido. Un tesoro que fue escondido en nuestro propio corazón, el germen del amor que Dios nos ha dado. Al encontrarlo, debemos abandonarlo todo por ese tesoro, la perla de gran valor que es el Reino de Dios en nosotros.
 
Padre Adelino Dos Santos
 
 

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