Madre, una gracia te pido, 
que me sanes en cuerpo y alma.
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miércoles, 22 de noviembre de 2017

NUESTRAS LÁMPARAS ENCENDIDAS



Estamos en el contexto de fin del Año Litúrgico y, ¿por qué no mencionar que en el contexto de inicio del Nuevo Año Litúrgico? Dentro del contexto del fin, la liturgia nos ha propuesto en estos domingos, la reflexión del Evangelio de Mateo 25, 1-13, la Parábola de las 10 vírgenes. 
No nos detendremos a hablar de la actitud de las vírgenes de la parábola, porque en cada iglesia del mundo católico se hizo la reflexión correspondiente en ese domingo (22 Domingo del Año, ciclo A). Aquí pensaremos desde otro lugar, el de los contextos de fin y de inicio.
Dentro del contexto del fin, estamos llamados a caminar hacia la fiesta de la Boda, a celebrar el casamiento de la Iglesia con su Esposo, aquel a quien proclamaremos Rey del Universo en el próximo domingo. Para caminar, para transitar en este mundo, para alcanzar al novio y seguirlo, acompañarlo y con él festejar, necesitamos las lámparas encendidas.
Para que nuestras lámparas permanezcan encendidas, necesitamos llevar repuesto, necesitamos que nuestro recipiente no se vacíe. El aceite es fundamental, es esencial, es vital. El aceite tiene muchos usos prácticos en la vida: para cocinar, para suavizar, para curar, para alimentar lámparas. Por eso es también símbolo de realidades más profundas: luz, paz y suavidad (poner un poco de aceite en las relaciones de una comunidad), amor, alegría, salud. En el uso religioso, ya en el AT se empleaba la unción (el masaje con aceite) como signo de la elección y consagración de reyes, profetas o sacerdotes de parte de Dios. Las muchachas que tenían sus lámparas encendidas, símbolo de fe, de atención, de interés, de amor, entraron a la fiesta de las bodas. No aparece dificultad en el momento de hacer comparaciones con el mundo actual y podrían dar muchos ejemplos de eso. 
En este contexto del fin, debemos pensar cómo tengo mi lámpara, cómo tengo mi aceite. Todos los días, Dios te da la oportunidad para tomar tu lámpara. ¡Todos los días! Sí, todos los días cuando abrís tus ojos al despertar, Dios está regalándote una nueva oportunidad para que tomes tu lámpara y para que tomes la cantidad de aceite necesaria para ese día. ¿Cuántas veces sentís que ya no das más? ¿Cuántas veces la cosas parecen más difíciles? ¿Cuántas veces ser bueno, honesto, paciente, generoso, servicial cuesta y hasta dudamos de serlo? En esas situaciones es cuando percibimos que el aceite no fue suficiente; que actuamos con imprudencia. En cada oportunidad que Dios nos da, en ese momento del despertar con vida (aunque parezca ser una cuestión biológica y natural), es para que seamos más buenos, para que desde la experiencia de fe seamos luz para los demás. En este contexto es como nos preparamos para que cuando estemos adentro, celebrando las bodas, el Señor, Padre del Novio, no nos mire desde arriba y perciba que no tenemos la vestimenta adecuada. Sólo en este contexto, con lámparas encendidas, con la fe inamovible, con una esperanza viva, a pesar de todas las vicisitudes de la vida, es que podremos ser vencedores.
Por otro lado, en el contexto de inicio, también debemos tener nuestras lámparas encendidas. Iniciaremos en tiempo de Adviento para prepararnos para la Navidad. Debemos ir al encuentro del Señor niño recién nacido con la lámpara (nuestro ser) lleno de fe, de una fe renovada, fortalecida, esperanzada. Lámparas encendidas para iluminar ese Gran momento del Amor del Padre. Lámparas encendidas para el gran encuentro con el Príncipe de la paz, el Consejero maravilloso, el Dios fiel. Lámparas encendidas para contemplarlo, amarlo, venerarlo y permitir que él nos mire a los ojos.
En estos contextos, entre el fin y el inicio o entre el inicio y el final, tenemos el contexto del día a día, el contexto del recorrido. Somos llamados a vivir el presente y sólo el presente. El día a día, no el inicio tampoco el final. En nuestro quehacer cotidiano, tener la lámpara encendida es fundamental, porque debemos fortalecernos, pero esencialmente, debemos ser luz para las naciones. Si no te pensás digno para tanto, pensá que debes ser luz para los que tenés al lado en los diferentes contextos de tus realidades. Y pensá que si no puedes ser luz, es porque tu lámpara ya no tiene luz y tu aceite ya no tiene la capacidad que le corresponde. Reflexiona y piensa donde dejaste tu lámpara, porque te ha faltado el aceite.
Al fin y al cabo, tener la lámpara encendida de amor, de justicia, de fe, de esperanza, de bondad para contemplar al que Nace, el Dios Emanuel; para celebrar con el Rey Universal y para convivir entre nosotros. Que tu lámpara esté siempre encendida. Aprovecha cada oportunidad que Dios te da. Toma tu lámpara y toma el aceite que te ayudará a ser fiel.


P. Adelino, HSICM
Parroquia San Antonio de Padua



martes, 6 de abril de 2010

RESUCITÓ COMO DIJO, ¡ALELUIA! (II)


El encuentro del hombre con el Resucitado
En los evangelios se describen varios "encuentros" de Jesús Resucitado con varios de sus discípulos; hay cosas en común en estas experiencias:
Jesús se "deja ver", para que salgan de su incredulidad y de su desconcierto.
El encuentro afecta a la totalidad de sus personas: transforma el miedo en celo por el evangelio; la ignorancia por sabiduría; la debilidad por fortaleza; la tristeza por alegría. (Gal 1,23)
Les descubre los enigmas de la fe: "se les abren los ojos" "ven y creen".
Los encuentros siempre conducen a una llamada a la evangelización "vayan y digan" (Mt 28, 18-20; Mc 16,15; Lc 24,28; Jn 20,21).
Comprenden que deben vivir su vida cotidiana con otro sentido y otra profundidad, el encuentro con el Resucitado es una experiencia prolongada en la vida. (2Cor 4,10).

Se buscan testigos del Resucitado
Jesús dijo a Tomas: "Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto" (Jn 20, 29)
Estas palabras de Jesús: "Felices los que creen sin haber visto", se refieren a nosotros, a los cristianos de hoy que seguimos encontrando a Cristo Resucitado, aunque "no lo veamos" con los ojos del cuerpo, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos "felices", porque tenemos la certeza de que creemos en algo real; porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen; porque vamos por la vida luchando por hacer realidad el sueño de Jesús: vivir el Reino de Dios entre los hombres.
Piensa, a quién le debes tu fe: ¿a tus padres?, ¿a un sacerdote?, ¿a un catequista?, ¿a algún amigo?. La fe es un don de Dios que recibimos en el bautismo, pero también es consecuencia del testimonio de alguien que ya se encontró con Jesús Resucitado. Quizá tú has sido la causa de la fe de alguna persona. ¡felicidades!, esa es la tarea de todos los cristianos.
Pero…. si tu eres alguien que siente que su fe no es firme, es probablemente porque no has hallado a alguien que te de testimonio de su encuentro con Jesús Resucitado, ¿o no lo has querido ver? ¡no te desanimes!. Vale la pena que busques entre las personas que conoces; busca a alguien que ya lo haya encontrado, desde luego tienes que entrar en el "ambiente" donde están estas personas: es gente común, pero se distingue en que vive los valores cristianos: la verdad, la justicia, el amor y la paz; seguramente están entre tus compañeros de trabajo o de escuela; quizá entre tus vecinos; ven a Misa los domingos, o acércate a algún grupo parroquial; puedes encontrar aquí a esos testigos de la Resurrección que viven inmersos en el mundo transmitiendo el amor de Jesús de Nazaret.
Cada vez que veas a alguien que vive esos valores del Reino de Dios, es porque es un Testigo del Resucitado; obsérvalo, pregúntale por qué cree y por qué vive de tal manera. Con toda seguridad su testimonio de contagiará y tú también serás un testigo más, ayudando a Jesús a transformar al mundo.

lunes, 5 de abril de 2010

RESUCITÓ COMO DIJO, ¡ALELUIA!


¿Qué se entiende por Resurrección de Jesús?
La Resurrección de Jesús es un HECHO REAL, HISTÓRICO -como todo lo que dicen los Evangelios sobre Jesús de Nazaret- y META HISTÓRICO, -vá más allá, pues anticipa nuestra propia resurrección-. Cuando pienses en esta VERDAD DE FE, toma en cuenta estas cuatro afirmaciones:
La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior, para volver a morir de nuevo. Jesús entra en la vida definitiva de Dios; es "exaltado" por Dios (Hch 2,23); es una vida diferente a la nuestra. (Rm 6, 9-10)
Jesús resucitado no es una "alma inmortal", ni un fantasma. Es un hombre completo, con cuerpo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte, del dolor, de las limitaciones materiales, con todo lo que constituye su personalidad.
Dios interviene, no para volver a unir el cuerpo y el alma de Jesús, sino que ocurre un nuevo prodigio, una intervención creadora de Dios. El Padre actúa con su fuerza creadora y poderosa, levantando al muerto Jesús a la vida definitiva y plena.
No se trata de que Jesús resucitó "en la fe" de sus discípulos, o "en su recuerdo". Es algo que aconteció verdaderamente en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación. Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.

Pruebas de la Resurrección.
La máxima obra de Dios, la Resurrección de su Hijo, no tuvo testigos. Sin embargo sí se puede comprobar; hay "evidencias":
El sepulcro vacío.- Los cuatro evangelistas lo mencionan. Lo reconocen incluso los soldados, los sacerdotes y las autoridades romanas. Aunque no es una prueba directa, es un signo especial, es el primer paso para el reconocimiento de la Resurrección. Juan dice: "vió y creyó (20,8).
Las apariciones del Resucitado.- En ellas se basa el argumento definitivo para afirmar la Resurrección. NO FUERON VISIONES subjetivas, sino HECHOS OBJETIVOS, HISTÓRICOS. Se describen (en los últimos capítulos de los evangelios), como presencia real y hasta carnal de Jesús; come, camina, deja que lo toquen, platica con ellos. Son una base sólida de la fe en la Resurrección.
El testimonio de los que creemos.- Aunque no hubo testigos de la resurrección, sí los hay del Resucitado. Quienes lo vieron comenzaron a decir que el "Crucificado estaba vivo" y así es como surge la Iglesia. Nuestra fe procede de los primeros que creyeron y continuamos hoy transmitiendo esa misma fe en Jesús de Nazaret que murió por nosotros, y que RESUCITÓ como primicia de lo que será nuestra propia resurrección. ¡desde hace dos mil años, hombres y mujeres han dado testimonio de la fe en la Resurrección y así seguirá ocurriendo hasta el fin de los tiempos! .

jueves, 1 de abril de 2010

EL MANDAMIENTO DEL AMOR


Consideremos en primer lugar que Nuestro Señor quiere que su alegría esté en nosotros. Es necesario asombrarse y llenarse de esperanza ante ese deseo divino de hacernos partícipes de su felicidad, por insólito que nos parezca. Ciertamente insólito, pues habla Jesús de una felicidad imposible para el hombre, que cuenta sólo con sus capacidades humanas, por muy excepcionales que pudieran ser. Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa, dijo a sus discípulos. Es, pues, el Amor de Dios origen de esa felicidad inimaginable: un bien siempre mejor que cualquiera de nuestros "locos" sueños de este mundo.

Por fabuloso que fuera nuestro sueño sería imposible que llegáramos a pensar en lo que Dios desea otorgarnos: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman, según afirma san Pablo. Por otra de parte, ya sabemos que jamás llega a satisfacernos plenamente lograr nuestras más atrevidas ilusiones: casi inmediatamente sentimos la necesidad de intentar nuevos y sucesivos objetivos que, en la práctica, tampoco serán capaces de satisfacer esas inevitables expectativas de felicidad colmada naturales en todo hombre. Jesús, en cambio, promete a sus apóstoles su alegría, una alegría para ellos completa. Todo ha de ser consecuencia del amor de Dios en nosotros; un amor por los hombres como el amor que el Padre eterno tiene por su Hijo, Jesucristo.

Ese amor de Dios, que nos quiere saciar por completo, llega a ser eficaz si es correspondido por nuestra parte: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Jesús, en efecto, va por delante, se nos anticipa, nos da ejemplo al cumplir en todo la voluntad del Padre: así permanece en su amor; y así debemos cada uno permanecer en el amor de Jesucristo. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa, declara a los doce, tras haberles revelado que en adelante podrían vivir su misma vida, su mismo amor, guardando sus mandamientos. Ciertamente no es posible pensar en una felicidad mayor sobre la tierra, que sentirse en posesión de la vida íntima de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, amados por las divinas Personas con un Amor tan inmenso como dulce y eterno: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

Recordemos además que el amor de Jesús, ese que contemplamos como reflejo del amor trinitario, es de entrega completa en favor de los hombres; así lo había mostrado hasta entonces, durante los tres años de su vida pública junto a sus discípulos, y así, sobre todo, lo iba a consumar inmediatamente, en las largas horas de su Pasión: las úlimas de su vida mortal en este mundo. Su entrega amorosa hasta ese día, había sido ejemplo y como el preludio de su definitivo anonadamiento por el hombre. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado, dice a sus apóstoles, que queremos ser cada uno. Fijándonos, pues, en su amor: entrega de su propia vida por la humanidad, aprendemos cual debe ser la medida de nuestro amor con obras por los demás.

Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos, nos recuerda también a nosotros. Pues entendemos que amar mucho a otro supone hacer por él, por su bien, cuanto podamos, desvivirse por él: "la vida ya no me la para más", tendríamos que poder decir sinceramente. Y siendo Jesucristo perfecto Dios y perfecto hombre, de Él proviene el mayor amor que podemos pensar. En efecto, al día siguiente de hablar así iba a cumplir en sí mismo –dando la vida por la humanidad, sus amigos– ese modo ideal y perfecto de amar.

Ama a los hombres hasta el extremo, dando su vida, porque nos ha tomado como amigos. La entrega de Cristo por cada uno –prueba de su amistad– sin merecimiento nuestro, es de un afecto que no hemos buscado los hombres. Tampoco se debe de algún modo a nuestra virtud, como tantas veces sucede en las amistades entre nosotros. Dios nos llama amigos y lo somos por pura iniciativa suya. A partir de esa oferta divina, cada uno es libre para aceptar o no a Dios. Cristo, por propia iniciativa, nos eleva al orden sobrenatural, nos quiere como amigos, y por ello podemos sentirnos con razón por encima del resto de las criaturas de este mundo, que deben atenerse –sin libertad– a unos criterios que les son preestablecidos. Tampoco pueden ofender a Dios ni pueden amarle. Sólo el hombre es en este mundo capaz de la divinidad, aunque también sólo él pueda condenarse.

Que nos enseñe y proteja en nuestro deseo de corresponder al amor divino, la que mejor entendió y correspondió a su Creador: María.

viernes, 12 de marzo de 2010

COMBATIR EL PECADO PERSONAL





Fragmento de la Catequesis de SS. Juan Pablo II, audiencia de los miércoles (25/08/1999)
Al dirigir nuestra mirada ahora al mundo contemporáneo, debemos constatar que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente. A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de cuanto la recta razón y la Revelación nos dicen acerca de Dios, muchos hombres y mujeres pierden el sentido de la alianza de Dios y de sus mandamientos. Además, muy a menudo la responsabilidad humana se ofusca por la pretensión de una libertad absoluta, que se considera amenazada y condicionada por Dios, legislador supremo.

El drama de la situación contemporánea, que da la impresión de abandonar algunos valores morales fundamentales, depende en gran parte de la perdida del sentido del pecado. A este respecto, advertimos cuán grande debe ser el camino de la "nueva evangelización". Es preciso hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado que pone al hombre contra su Creador. Es necesario reconocer y defender como don precioso de Dios la consistencia de la libertad personal, ante la tendencia a disolverla en la cadena de condicionamientos sociales o a separarla de su referencia irrenunciable al Creador.

También es verdad que el pecado personal tiene siempre una dimensión social. El pecador, a la vez que ofende a Dios y se daña a sí mismo, se hace responsable también del mal testimonio y de la influencia negativa de su comportamiento. Incluso cuando el pecado es interior, empeora de alguna manera la condición humana y constituye una disminución de la contribución que todo hombre está llamado a dar al progreso espiritual de la comunidad humana.

Además de todo esto, los pecados de cada uno consolidan las formas de pecado social que son precisamente fruto de la acumulación de muchas culpas personales. Es evidente que las verdaderas responsabilidades siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social en cuanto tal no es sujeto de actos morales. Como recuerda la exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia, "la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras naciones y bloques de naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. (...) Las verdaderas responsabilidades son de las personas".

jueves, 11 de marzo de 2010

¿QUÉ ES EL PECADO?







Por Luís Martínez Sistach, arzobispo metropolitano de Tarragona

El evangelio nos habla de la misericordia de Dios para con los pecadores. ¿Somos pecadores? ¿Tenemos conciencia de nuestros pecados? ¿El pecado es una realidad presente en nuestro mundo moderno? Pablo VI decía que "el pecado es hoy una palabra silenciada". Actualmente tenemos poca conciencia de pecado. ¿Por qué? Porque nuestra vida se halla un tanto alejada de Dios, y adquirimos conciencia de los propios pecados cuando nos acercamos a Él.

Debe leerse la Biblia para darse cuenta de que en casi todas sus páginas se habla de la existencia del pecado. En el libro sagrado se explica la naturaleza y la malicia del pecado y se manifiesta el amor constante y la misericordia infinita de Dios para con el pecador.

No cabe duda de que la historia de la salvación es la historia de las tentativas repetidas infatigablemente por el Dios creador a fin de arrancar al hombre de su pecado. La encarnación del Hijo de Dios da testimonio de que Dios busca al hombre. Sin embargo, ¿por qué le busca? Porque el hombre se ha alejado y se ha escondido como Adán entre los árboles del paraíso terrestre. Buscando al hombre, Dios quiere inducirle abandonar los caminos del mal en los cuales tiende a adentrarse cada vez más.

El pecado es una ofensa a Dios. El salmista escribe: "Contra Ti, contra Ti solo he pecado, y aquello que ofende a tus ojos, yo lo he hecho." El pecado se alza contra el amor de Dios por nosotros y separa de Él nuestros corazones. Como afirma san Agustín, "el pecado es el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios".

Cuando descuidamos el mandamiento nuevo del amor que Cristo nos ha dejado, despreciamos también a aquél que nos lo ha dado. Por eso despreciamos toda la ley: ya no amamos al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todo el entendimiento, ni al prójimo como a nosotros mismos. Entonces, los cristianos ya no amamos como el Señor nos ha amado. Ese menosprecio es la raíz de todos nuestros pecados.

La experiencia nos enseña a todos lo que los clásicos señalaban con gran clarividencia: "Veo lo mejor y lo apruebo, pero después hago lo peor." También san Pablo nos habla de esa experiencia que él mismo había vivido. El Apóstol nos dice en su carta a los romanos: "Veo que soy capaz de querer el bien, pero no de practicarlo: no hago el bien que querría, sino el daño que no querría." Y continúa dando la razón de esta manera de proceder: "Si hago, pues, aquello que no quiero, claro está que no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mi."

El Catecismo de la Iglesia católica recuerda que "la raíz del pecado está dentro del corazón del hombre, en su voluntad libre". Recordamos que Jesús afirmó que "del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, injurias… Éstas son las cosas que hacen impuro a un hombre".

El tiempo de Cuaresma es el tiempo propicio para adquirir una mayor conciencia de nuestros pecados y para acercarnos más a Dios, que quiere perdonar setenta veces siete, siempre que sea necesario. Porque Jesús ha venido a perdonar los pecados. Así lo anunció el ángel a san José: "Han de ponerle por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados." La conciencia de pecado, la conversión y el perdón de los pecados son realidad y expresión de crecimiento y de progreso humano y cristiano.

jueves, 4 de marzo de 2010

DESIDERATA, poema


Desiderata – Max Ehrman


Camina plácidamente entre el ruido y el bullicio
y observa la paz que pueda haber en el silencio.
Hasta el punto en que te sea posible,
procura estar en buena armonía con todos.


Expón tu parecer en forma reposada y clara,
y escucha a los demás que,
aunque sean lerdos e ignorantes,
ellos también tienen algo que decirte.
Evita las personas ruidosas y agresivas
que constituyen una vejación para el espíritu.

Si te comparas con otros,
puedes volverte petulante o amargado
porque siempre hay alguien que es inferior o superior.
Interésate siempre por lo que haces,
por muy humilde que sea tu tarea
porque es algo que siempre perdurará,
aunque las circunstancias cambien.


Se precavido en tus negocios
porque el mundo esta lleno de astucia.
Pero, que la precaución no te impida ver
donde está la virtud,
pues hay muchas personas que luchan en pro
de elevados ideales
y toda vida está llena de heroísmo.


Sé sincero. En especial, no finjas afecto
ni seas cínico en relación con el amor,
porque a fin de cuentas, la aridez y el desencanto
son tan perennes como la hierba.
Toma resignadamente el consejo de los años,
renunciando gallardamente a las cosas de la juventud,
y no te preocupes por temores imaginarios,
pues muchos de ellos son producto
de la fatiga y de la soledad.


Por encima de toda disciplina edificante,
sé benévolo contigo mismo.
Tú eres un ente del universo,
no inferior a los árboles y los planetas.
Tienes derecho a estar aquí.

Y lo entiendas o no,
el universo se desarrolla
como debe hacerlo.
Por lo tanto, procura estar en paz con Dios,
cualquiera sea la forma en que le concibes.


Y cualquiera que sean tus obras y tus aspiraciones,
en la ruidosa confusión de la vida,
procura estar en paz contigo mismo,
porque con todo desequilibrio,
con toda maldad,
es, sin embargo, un hermoso mundo.

Así es que ten cuidado.
Esfuérzate por ser feliz.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El sentido de la cuaresma


"En cambio nosostros somos ciudadanos del cielo" Flp 3, 20


Nuestra alegría, esperanza y certeza, como cristianos, es saber que tenemos la promesa del que es fiel, la promesa de vivir en la gloria. Permanecer contemplando el rostro amable del Padre, alimentarnos de su sabiduría y de su gracia. Sentarnos a la mesa con el Eterno y Sumo Sacerdote, Jesús, que nos ha preparado una mesa con fartura para el banquete eterno. Ser llenados de la Luz del Divino Espíritu Santo, sumergidos en el agua de su amor. ¡Eso no es una ilusión!

El error de la sociedad es creer que todo no pasa de una utopía. Es creer que tiene valor apenas esta vida, que nosotros valemos lo cuanto tenemos. Por eso cada vez más vivimos en un individualismo desenfrenado. Lo peor de todo es que no nos damos cuenta. La sociedad tiene una forma muy sutil, su astucia nos engaña a todos. ¡Debemos estar despiertos!

La posesión de bien, en su origen, no es para que nos tornemos mesquinos, que causemos divisiones, que excluyamos a los menos favorecidos, que algunos tengan mucho y muchos no tengan nada. El poseer no es para que nos aferremos a los bienes materiales, sino para que aprendamos a hacer un buen uso de ellos para alcanzar la vida eterna.

La cuaresma nos propone el tiempo de ayuno, oración y caridad. En otras palabras y muy resumidamente, nos propone no apegarnos a esta vida, porque "nosotros somos ciudadanos del cielo". El despegarse de los bienes nos ayudará a darnos cuenta en dónde está el verdadero valor de las cosas, de la vida misma.

¡Nosotros estamos en esta vida de paso! Eso significa que no pertenecemos a este mundo, aunque lo amemos y lo sintamos nuestro. Nuestra Patria es el cielo, en el seno de la Trinidad Santa, donde Jesús nos ha preparado un lugar.

Debemos desapegarnos de todas las cosas que nos divide el corazón: "donde está tu tesoro ahí estará tu corazón". Nuesro tesoro es la gracia que Dios nos ofrece a través de su Hijo. Nuestro tesoro es la Vida Eterna que nos fue dada por la muerte y resurrección de Jesucristo.

La cuaresma nos proporciona este tiempo de gracia, de reencuentro con Dios a través de la confesión. Reconocernos pecadores delante de Dios es vencer al orgullo que nos divide y aliena. La reconciliación con Dios nos abre de vuelta el camino que estaba cerrado por nuestros pecados. El encuentro con Dios nos hace percibir la necesidad de estar en paz con los demás.

Desde la oración, el ayuno y la limosna (caridad), las tres prácticas cuaresmales, somos insertados en las obras de caridad espirituales y corporales.

Vivir la cuaresma es volver a la casa del Padre. Es buscar vivir el cielo que comieza ya aquí para que un día lo podamos ver cuando seamos glorificados en Crsito Jesús.


P. Adelino



domingo, 21 de febrero de 2010

REFLEXIÓN DE CUARESMA - Audio Mp3

Queridos hermanos, al encontrarme con este audio de reflexión sobre la cuaresma, decidí en lugar de escribir sobre la liturgia de hoy, dejar este mensaje para que meditemos sobre nuestra vida y la nueva oportunidad que Dios nos regala en este Teimpo fuerte en preparación a la Pascua de Cristo y nuestra pascua.
Te pido, antes de escucharlo, pausar el sonido del blog que está en el iPod, costado derecho. Gracias y Feliz y Santa Cuaresma.
P. Adelino